6. Sab – Ethan Frank Tejeda


Ethan Frank Tejeda

 

Recibido: 12 de julio 2013. Aprobado: 20 de Agosto de 2013

 

 

Resumen

El siguiente texto asume el reto de una lectura apreciativa de la novela Sab de Gertrudis Gómez de Avellaneda, al considerar en ella los elementos que la sitúan en la condición de texto romántico y en el destacamento de los rasgos que permiten comprender la relación de la obra con las inversiones en tanto a valor, destino y drama, pues es excepcional que lleve por título el nombre de un hombre subalternizado, subsumido y determinado por los estigmas de la impureza. Este estudio aporta en el proceso de aprendizaje del Caribe como un espacio para la síntesis y la subversión que determinaría el cambio o fin de las claves relacionales propuestas por el expansionismo europeo y está articulado a la labor que como investigador he asumido de realizar las arqueologías literarias que permiten establecer la relación de lo romántico americano con el constructo de la otredad, con los discursos abolicionistas y con la representación de las africanías y africanidades pervivientes, evidentes y enmascaradas tanto en la América insular como en la América continental. De tal manera, la siguiente es la lectura sincrónica y detallada de una obra donde esclavizados y mujeres se adivinan hermanados en la sujeción.

 

Palabras clave: Sab; Gertrudis Gómez de Avellaneda; Literatura cubana.

 

Abstract

The following assumes the challenge of an appreciative reading of the novel Sab Gertrudis Gómez de Avellaneda, considering it the elements that lie in the romantic text condition and the detachment of the features that allow us to understand the relationship of the work with investments in both value, destination and drama, it is exceptional that takes as its title the name of a subalternized, subsumed and determined by the stigma of impurity man. This study contributes to the learning process of the Caribbean as a space for the synthesis and subversion that would determine the order or change the relational key proposals by the European expansionism and is hinged to the work as a researcher I assumed making literary archaeologies that establish the relation of the American Romantic with the construct of otherness, the abolitionist speeches and the representation of africanías and pervivientes evident africanidades and masked both insular and continental Latin America. Thus, the following is the synchronous and detailed reading of a work in which slaves and women united in the divine subject.

 

Keywords: Sab; Gertrudis Gómez de Avellaneda; Cuban literatura.

 

 

 


 

Sab, ignorada y vital:

 

 

Más allá de la palatabilidad de un texto, más allá de los goces que cada época determina en medio del placer estético, más allá de un ambiente donde España se debate en el sentir de orfandad por sus colonias y América se ve obligada a pensarse como proyecto, la novela Sab, publicada en Madrid en 1842, muestra el poder de una voz consciente de los riesgos de la condición de autor sometida al desasosiego y a la desesperanza.

Dentro de los rótulos ofrecidos a la obra de la llamada Tula está el de primera novela abolicionista, título que, como todos los que hablan novedad, bien pudiese resultar injusto con obras de menor proporción y promoción. Sin embargo, es necesario decir, en beneficio de un Sab que no requiere del efecto propio del llegar primero, que Gertrudis Gómez de Avellaneda en dicha novela se presenta en la comprensión del autor como sujeto político que requiere y exige el denominado realismo social, al tiempo que se nos muestra como maestra en el manejo de las ironías en las filigranas descriptivas asociadas a los cronotopos comunes de los movimientos románticos. Estos elementos en su obra se fusionan, lo hacen como símbolos de una de tantas transformaciones que han de ser en el mundo que se dispone a una de las crisis mejor referenciadas: la de la mutación de las rutinas de lo expresivo.

La autora se mueve en el momento donde el átomo acaba de ser dividido y los electrones empezarán a pretenderse centro, es un instante en que la metrópoli se reconoce no incólume de debilidades y las nuevas patrias no saben cómo desmontar los vicios heredados de sus antiguos regentes. Tras dicho proceso, la violencia de los amos se ratificaría disimulándose entre gritos de libertad maquilados por la oportunidad, se fortalecería de la mano de los pucheros de resignación que habrían de servir de acicate a las evocaciones de “la madre” que habitaban a los mal llamados rostros prosapia.

Los que hablaban desde los balcones, los que en los estrados elevaban sus peroratas en latín y los que aún daban la misa de espaldas para no ver al pueblo eran los portadores de máscaras antónimas a un universo de sentido en construcción que se preparaba para nuevos colonialismos. Gómez de Avellaneda se cuela en medio de la génesis de los nuevos pretextos para el desprecio y construye una historia de isotopías múltiples donde se destacan dos renglones principales: la desconfianza a los positivismos y la purga de culpas a la imagen de Dios.

En este ensayo hemos de recorrer la novela en su linealidad interrumpida por intromisiones aclaratorias, asumiéndola como a un dispositivo simbólico que sirve para presentar el discurso de la dimensión falaz de la resignación y lo pétreo de los teatros de la dominación.

 

 

De la mujer que nació en la tierra roja y murió en el país donde nuestro oro mantiene a raya las dos orillas de la sangre de caciques:

 

 “No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y viril; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tenían las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. … . Más: la Avellaneda no sintió el dolor humano: era más alta y más fuerte que él; su pesar era una roca…”

José Martí.

(No resulta gratuita la utilización del epígrafe de este texto, pues confirma cómo en la historia expresiva se le ha negado a la feminidad la capacidad de acción sustentada en profundas reflexiones; más allá de todos los genotextos, hay uno que determina a la mujer: el de la negación y la sub-ponderación que se escapa a las meras clasificaciones históricas; construcción que se fortalece hasta en la voces que suponemos más potentes. La palabra de Gómez de Avellaneda si bien tiene mucho de palabra de mujer tiene también mucho de voz de hombre, de niño, de niña, de jóvenes; la cubana tiene la voz que requiere la autoría para prevalecer en la condición de documento y de testimonio)

 

 

Circunstancia, preponderancia:

 

En  el primer capítulo de la novela Sab de Gertrudis Goméz de Avellaneda (Camagüey 1814- España 1873) se cuenta una historia entre sujetos que, aunque pertenecientes al mismo mundo, se saben con una constelación de por medio: el mulato hijo natural de la familia del dueño de la hacienda que se resigna a su esclavitud (y siente como propia la crisis del ingenio) y el perfil del señorito rico que más allá de las crisis ve a las tierras como presente y futura propiedad,  por eso el paso incierto de su alazán es el de aquel que estudia las características de un negocio, del que quiere establecer linderos y descubre que recorre un mundo en el que ha de ser dueño hasta de los mal llamados bastardos.

Sab es hijo de una princesa africana y del amo que se repitió en la práctica conocida como negrear y por su color de piel ha sido sometido a la condición de prenda y de propiedad. Enrique es hijo de los emergentes, poblaciones de reciente arribo, estirpe de especuladores que por sus ojos azules habrán de pretenderse con los derechos de las cortes. La voz del uno es profunda y no se detiene en imprudencias, pues termina por denunciar la condición de crisis del ingenio, la obsolescencia de la explotación y la presencia insostenible de la maquinaria accionada por la injustamente llamada tracción animal[1]; la voz del otro pretende al trueno, se alimenta de una poética donde la orden es un fenómeno natural.

La mirada de aquel que proviene de acuerdos sustentados en supuestos beneficios mutuos de frente a las genealogías y los simbolos es más que errática: muestra al mundo de la hacienda en condición de desventaja ante los prestigios de los hijos de los comerciantes (el relato habrá de desmontar poco a poco la belleza de la primera impresión que causa el joven inglés, pues le desnudará como un hombre sujeto a las pobrezas de pensamiento y a las faltas de espíritu). Sab conoce las consecuencias de sus palabras; al dejar escapar un lamento profundo por la condición del esclavo, nos muestra sus dimensiones:

“Es una vida terrible a la verdad… bajo este cielo de fuego el esclavo casi desnudo trabaja toda la mañana sin descanso, y a la hora terrible del mediodía jadeando, abrumado bajo el peso de la leña y de la caña que conduce sobre sus espaldas, y abrasado por los rayos del sol que tuesta su cutis, llega el infeliz a gozar todos los placeres que tiene para él la vida: dos horas de sueño y una escasa ración. Cuando la noche viene con sus brisas y sus sombras a consolar a la tierra abrasada, y toda la naturaleza descansa, el esclavo va a regar  con su sudor y con sus lágrimas al recinto donde la noche no tiene sombras, ni la brisa frescura: porque allí el fuego de la leña ha sustituido al fuego del sol, y el infeliz negro girando sin cesar en torno de la máquina que arranca a la caña su dulce jugo, y de las calderas de metal en las que este jugo se convierte en miel a la acción del fuego, ve pasar horas tras horas, y el sol que torna le encuentra todavía allí… ¡Ah!, sí; es un cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud y en su alma la desesperación del infierno”.

 

La medra de sus gestos es automática por expresar dos aspectos que los amos le niegan al esclavo: el juicio y la reflexión. El discurso del campesino confunde al extranjero y este supone de él la condición de propietario; hay que recordar que en las Antillas antes del establecimiento de la patria de negros de Haití los criollos y los mestizos habían recibido el derecho a la tierra y replicado el modelo esclavista, de tal manera los vestidos del campesino caminaban la condición de estampa folclórica, para disimular, tras la idea del orgullo por la movilidad, toda la brutalidad de los nuevos dueños.

Ante el equívoco del hombre del caballo, Sab se identifica como un Mulato, el tono del extranjero cambia de un segundo a otro, enfermándose del desprecio que mora la condescendencia del amo que se supone justo. La expresión mulato está viciada de la mayor de las violencias, pues es de fácil asociación con la expresión muleto o mula que se utiliza para denominar al cruce entre borricos y rocinos, mezcla que se origina en la intención de mejorar la capacidad de trabajo de una especie que simbólicamente se considera superior, que se asume mayor en eso de manejar los ímpetus de un individuo que no encuentra iguales para propagarse y que vive en la vergüenza de los tercios que se vencen ante el gozo de las proporciones. Para el muleto, al igual que para el mulato, ninguna consideración, pues su valor dependerá de la capacidad de su lomo, tendrá que alimentarse de lo que el entorno le tribute y se destinará a los trabajos que le comprometan en riesgos profundos.

Es increíble la supervivencia del pensamiento sub-ponderativo de la mezcla más allá del desmonte del sistema esclavista.  En el Siglo XX  podemos encontrar en América latina pensamientos retrogradistas (fusión entre el perfil de estadista y el constructo retrogrado) como el de Luís López de Mesa, nacido en 1883 y destacado en 1983 por la asamblea del departamento de Antioquia (Colombia) con la condición de ilustre; López de Mesa es celebrado con placas, con bustos y con su nombre en bronce para coronar las casas de la cultura de un sinnúmero de municipios en un proyecto de nación que no le ha dado pausas a sus tufillos reaccionarios. López de Mesa asume una posición biologista, zoológica-piramidal. Al describir los perfiles de la mezcla entre blancos y negros, el pensador paisa actúa con la brutalidad de todos los afanes clasificatorios y generalizadores:

 

“el mulato elevará a orgullo la ingenua vanidad del negro, trocará la desordenada fantasía en mejor organizada imaginación; seguirá siendo voluptuoso, pero ya más activo y emprendedor; igualmente amable, más ya rebelde. Tendrá, pues, amor por la literatura, por la oratoria y la poesía en primer término, gustará del lujo, derrochará fácilmente sus propios caudales y parte de los ajenos con una exagerada confianza en su capacidad y su destino”.

 

Su voz se eleva coqueteando con los establecimientos que requieren hacer práctica de la poética excluyente; rescatando, en actitud diferencial y cualitativa, rasgos de las razas en lo que él llamó la amalgama: la vanidad, la inocencia, el desorden, la voluptuosidad, las asocia con trazas de la negritud, mientras el universo de los gustos, el orden, la capacidad de empresa son conceptos que vincula a la pureza que supone habita al hombre blanco. López de Mesa es uno de tantos cosecheros de las atávicas bajas estimas de las poblaciones tórridas, es uno de tantos cultores de los segregacionismos que echó mano de las maneras del discurso legitimador cientificista para hacer patrimonios de las más diversas ignorancias.

Gertrudis Gómez de Avellaneda nos presenta un caso donde, a través del fenómeno de la escisión, el discurso literario vapulea al discurso científico, asegurándose las glorias de adelantarse a los revisionismos y de escarnar a los determinismos. En el panorama planteado en Sab, es innegable el valor como escena cuestionadora de los discursos dominantes que posee la conversación entre una figura que Gertrudis Gómez de Avellaneda describe como: “Joven de hermosa presencia” y un otro del que habla como:

Un joven de alta estatura y regulares proporciones, pero de una fisonomía particular. No parecía un criollo blanco, tampoco era negro ni podía creérsele descendiente de los primeros habitadores de las Antillas. Su rostro presentaba un compuesto singular en que se descubría el cruzamiento de dos razas diversas, y en que se amalgamaban, por decirlo así, los rasgos de la casta africana con los de la europea, sin ser no obstante un mulato perfecto

Se ve ratificada esa mirada que construye de las razas una cuestión elemental, donde la extensión en los rasgos hace que la particularidad se encuentre bajo sospecha.

La descripción del hombre blanco va en frases cortas, pues la voz del enunciador habitual le considera natural a todos los contextos; sentir de potestad absoluta que les legó el molesto gesto de considerarse dueños de todo; mientras la figura del mulato requiere un esfuerzo mayor en su caracterización pues es vista con extrañeza hasta en su propio lugar de asiento.

 

Educación sentimental, entre lo pragmático y el enamoramiento:

 

“Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡Nunca si fuere error la verdad mire!
¡Qué tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire!

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano;
mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano”.

Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Ante la mirada del extranjero, que se pretende fundante de los mundos, y la escucha del blanco, la voz campesina debe sonar más que ridícula en motivaciones: “Una morena me mata, tened de mí compasión, pues no la tiene la ingrata que adora mi corazón”. La educación sentimental da cosecha de rosas en boca del mulato (gesto que Luís López de Mesa confundiría con voluptuosidad) y se convierte en figurillas de plomo en la antónima frialdad ante las relaciones de aquel que reconoce en el matrimonio solamente su aspecto contractual; juego de contrastes que Sab propone sin agotar las legitimidades en pinceladas moralizantes; Gómez de Avellaneda muestra la tendencia a imponerse de la posición de vida que se leería entre maquinadores como el éxtasis del pragmatismo, al tiempo que dispone ante la pila infernal a los que se deben a la inocencia; su autoría dibuja en el mismo teatro al sujeto que persigue inspiraciones y a aquel que reduciría a la frialdad de la administración de una taquilla al camino que lleva al reino de los castos.

Ante Enrique,  Sab se muerde los labios. Ante Sab, a Enrique no le cabe la plenitud de una sonrisa; relación habitual entre el hombre del caballo y el sujeto de a pie.

El segundo capítulo, en su amanecer, nos entrega una conversación entre mujeres, donde Carlota se adivina en la no particularidad de su destino, mientras en la voz de Teresa los tiempos se leen en su condición de edificio: “Hija adorada, ama querida, esposa futura del amante de tu elección, ¿qué puede afligirte, Carlota? Tú ves en esta noche tan bella la precursora de un día más bello aún: del día en que verás aquí a tu Enrique. ¿Cómo lloras pues?… Hermosa, rica, querida… no eres tú la que debes llorar”.

De pupa a mariposa, hermosa, rica y querida. Elementos constitutivos del perfil de la princesa, que es una especie de personaje-atmósfera construido más por la mirada de la tercera persona que por la edificación controlada del carácter, moviéndose en una escena donde la sanción es social y la motivación no respeta a las particularidades de los sujetos.

Sabemos que Carlota ha hecho el viaje de la hacienda a la ciudad para merecer su destino futuro, ante el cual su origen es una forma simbólica de la muerte de la madre (la hacienda, proveedor, madre única, se encuentra en crisis ante las voces del comercio y los afanes de otros modelos de empresa). Ese mundo que se establece en los techos altos, en el minimalismo del mobiliario que es obligado por el calor, es otro teatro para que el narrador pensado por Gertrudis Gómez de Avellaneda continúe con su afán clasificatorio del ser según su origen y su circunstancia; de Carlota escribe:

“Examinado escrupulosamente a la luz del día aquel rostro, acaso no hubiera presentado un modelo de perfección; pero el conjunto de sus delicadas facciones, y la mirada llena de alma de dos grandes y hermosos ojos pardos, daban a su fisonomía, alumbrada por la luna, un no sé qué de angélico y penetrante imposible de describir. Aumentaba lo ideal de aquella linda figura un vestido blanquísimo que señalaba los contornos de su talle esbelto y gracioso, y no obstante hallarse sentada, echábase de ver que era de elevada estatura y admirables proporciones.”.

 

Es la noche para la hacienda, la perfección velada es necesaria para las descripciones de la figura de la criolla; se establece el paralelismo por oposición entre los amantes: ella de ojos pardos, él de ojos azules, ella a contexto, él con la majestad de la figura principesca que le brinda la licencia de transformar esos contextos. De Teresa la voz enunciadora expresa: “tenía una de aquellas fisonomías insignificantes que nada dicen al corazón. Sus facciones nada ofrecían de repugnante, pero tampoco nada de atractivo”.

De tal manera, se establece otro paralelismo entre las figuras de la dama con dote y la pequeña huérfana. Será un juego futuro el completar a los sujetos en mancuernas: de un lado una pareja sustentada en los primores del origen, Carlota y Enrique; del otro los sujetos que están condenados por la negación de las estirpes, Sab el bastardo y Teresa la hija natural. Juego de relaciones que ratifican a la monolítica pirámide simbólica; es de sorprendente primacía una aseveración directa sobre la desprovista de linajes vista en descarnada comparación con la hija de los señores: “El destino parecía haberla colocado junto a Carlota para hacerla conocer por medio de un triste cotejo, toda la inferioridad y desgracia de su  posición”.

Encuentra, Gómez de Avellaneda, una suerte de contradicción entre la descripción de una mujer fría, y con un pobre tesoro en su corazón, que se sobresalta con el sonido de los cascos de arribo de un prometido ajeno; Sab propone una interpretación de las prefiguradas estampas románticas y de sus temperancias, donde la gélida estampa es una fachada de envidia por el deseo negado en sí y ratificado en tercera persona, es una mampostería del relato donde la inquietud obedece a la potestad de reclamarle al mundo un preconcebido inventario de ilusiones.

Estancias y distancias

El teatro de las escenas de muestra y reiteración (los perfiles establecidos, el idilio prometido, la inocencia de la adolescente casadera que ve en su primer amor a una suerte de Dios) se ve atentado por un calificativo que Gómez de Avellaneda constantemente habrá de asociar a los prejuicios de la falta de laboriosidad y de atraso: la Isleña. La autora ha escogido un cuervo como para-texto del primer número primo que no se conoce unidad: “Mujer quiero con caudal”.

En medio de la tranza, de las riquezas tradicionales y de las acumulaciones derivadas de la especulación, Gómez de Avellaneda hace de una mujer todas las mujeres. Después de hablar del cariz de la mirada virginal que orla al amado, eleva la narración al efecto de preguntas que buscan el beneficio de la matrícula del lector en una lógica de la divinidad asociada a los destinos femeninos; Gómez de Avellaneda nos relata un mundo donde las historias están pre-dictadas y el porvenir no es cuestión de misterios (la mujer, las mujeres, encarcelada, encarceladas, en una adolescencia sempiterna que se confunde con la entelequia de la virtud):

“¿Y cuál es la mujer, aunque haya nacido bajo un cielo menos ardiente, que no busque al entrar con paso tímido en los áridos campos de la vida la creación sublime de su virginal imaginación? ¿Cuál es aquella que no ha entrevisto en sus éxtasis solitarios un ser protector, que debe sostener su debilidad, defender su inocencia, y recibir el culto de su veneración?”.

Gertrudis Gómez de Avellaneda nos narra a la mujer que asume genéricamente su indefensión, su debilidad y su inocencia, mientras ofrece la estela de la que sin reflexión ha de ser despojada, relegada y beneficiada de lo que decidan para ella las circunstancias; en un juego de escisión de la mujer de los avatares de la voluntad en medio de la superioridad de la mente masculina; sin embargo, la superioridad total de lo masculino y de lo central no se instala, pues la gigantea de lo social se convierte en un escudo donde el apropiador no es admisible a un censor que va más allá de las místicas y de los aspectos románticos: el origen de Enrique en su brevedad es trazable, en él se ve tanto al buhonero que fue su padre como al hereje que suponen de él las miradas de los mayores.

Existe gran distancia entre la ponderación que hace de Enrique la institución de la familia suprema y el atisbo enamorado en la voz de la enunciación que nos hace del extranjero un sujeto primoroso en su temprana presencia. Pertenecen estas administraciones adjetivas a dos distintos universos fabulares: el que todo lo negocia en la búsqueda de lo impoluto y el que se mueve a mitad de camino de la figura del caballero y de la promesa del príncipe.

 

 

Extranjero y criollo, positivismos probatorios del carácter:

 

La laboriosidad y la capacidad de transformación de los recientemente prestigiados contrasta con el poder de la sanción a la figura del padre de Carlota: “D. Carlos era uno de aquellos hombres apacibles y perezosos que no saben hacer mal, ni tomarse grandes fatigas para ejecutar el bien”.

Fue una constante de los que se entregaron al afán de lo que Gómez de Avellaneda llama lo positivo, lo constatable,  el intentar demostrar la relación de esa falta de carácter con el contexto; son bastante conocidas las “nordo-manías” que señalaban con todas las valencias a las gentes de climas fríos y cargaban de señalamientos denigratorios a las personas que habitan las zonas cálidas. Al respecto, Luís López de Mesa dice: “A la pobreza de la tierra hay que sumar este adarme de culpa que consiste en dar a la fantasía el dominio de la casa intelectual. De índole un poco perezosa, tenemos que dejarnos conducir por esta línea de menor esfuerzo, y revestirla, para ennoblecer nuestro orgullo, de vistoso ajuar”.

Sab nos muestra una versión por ser desmontada de la noción de una América distraída, evocativa de las dinámicas coloniales, donde la condición primordial fue la impostación de un nosotros en lo que aspirábamos de un ellos; construcción de polípticos que nos dictaron una historia sustentada en la baja estima mientras nos obligaron un relato de “el dejarse estar” donde la mano nunca se decidió a cerrarse para parar lo que se escapaba entre los dedos.

Una Carlota inocente y desentendida resulta, en el último suspiro de este capítulo de claridades, el perfecto símbolo de la temperancia de un continente que tarde se habría de dar cuenta de su cárcel instrumental, de su perturbada ponderación al interior de una transacción donde luciría imposible el dejar atrás el rótulo de los “obligados” ; Carlota es, joven y susceptible a la sugestión, el cúmulo de las bellezas ignoradas a los pies de la única belleza que aseguraba la acumulación, carácter fácil de vencer ante promesas que de estar al toque de la mano han de convertirse en quimeras, perfil genérico con un profundo entrenamiento para el melodrama donde los abandonos se agradecen con la resignación de los suspiros.

 

En medio de la naturaleza,  la no sincronía entre la pareja, una palabra secreta y un testigo fantasmal:

 

La palabra secreta que Enrique ha dejado escapar en el retorno del paseo, jornada que en el romanticismo sellaba los idilios, y el temor a las sombras en condición de escuchas suman el elemento dramático que se ha de constituir en cuestión estructural: ¿Ratifica aquel susurro la mirada de partida de Enrique hacia Carlota o la niega? ¿Ese que pretende partir y dilatar el regreso ha empezado a desarrollar la necesidad de compartir con quien en la previa consideró bajo un tenor exclusivamente maquinal? Las dudas se siembran solas y para prevalecer han de usar, cual mandrágoras, el piloto que se suponía dispuesto para el idilio. Las distancias entre los deseos juveniles y la certeza de lo verdadero se construyen  a fuerza de la diferencia de la actitud entre un hombre cuya fortuna deriva de la derrota a las tempestades y una mujer que ha visto cómo el viento peina la inmensidad con la calma suficiente para reconocer aves en medio de los colores diversos de las panorámicas sentimentales.

Los primeros desacuerdos habitan entre lo que se considera o no se considera necesario y las ponderaciones de los sujetos. Enrique expresa la inutilidad de educar a Sab, pues es alguien que debería resignarse con ser esclavo; expresa una falseada simpatía, mientras Carlota deja adivinar el aprecio verdadero en la esperanza de una libertad que habrá de sellarse al cumplir el mulato los 25 años; de ahí en adelante, el capítulo estará determinado por la no sincronía de la pareja, el retorno a la casa se da por fuera de la coordinación coreográfica que determina a los personajes románticos y se establece un gran vacío entre el gesto sostenido de la mujer que adivina en la tormenta la oportunidad de prolongar un encuentro y el miñoco súbito de un hombre que no parece estar dispuesto a dejarse distraer en su empresa.

Enrique se detiene en una cortesía hacia Teresa, mientras Carlota le pide a Sab que cuide a Enrique. En la fragilidad del amado, en el sentir de una expectativa no compartida, la novia parece tomar distancia con aquello que su educación religiosa le dictaba como total:

“Cubrió sus ojos llenos de lágrimas y gimió: porque levantándose de improviso allá en lo más íntimo de su corazón no sé qué instinto revelador y terrible, acababa de declararle la verdad, que hasta entonces no había claramente comprendido: que hay almas superiores sobre la tierra, privilegiadas para el sentimiento y desconocidas de las almas vulgares: almas ricas de afectos, ricas de emociones… para las cuales están reservadas las pasiones terribles, las grandes virtudes, los inmensos pesares… y que el alma de Enrique no era una de ellas”.

Mientras las dudas se revelan ante la dama, el caballero es desnudado en sus certezas: se ha enamorado. Pero el sentimiento aún no posee el impulso suficiente para vencer a la codicia.  La enunciación es contundente: “se reconvenía a sí mismo de no ser bastante codicioso para sacrificar su amor a su interés, o bastante generoso para posponer su conveniencia a su amor”.

El juego del entre-dientes que escogió Gertrudis Gómez de Avellaneda se refuerza con la palabra que en boca de Sab se acompasa con el principio de la tormenta: Miserable. El esclavo conoce el corazón del joven inglés, tiene en su mano la vida del caído, pero no acciona por el recuerdo de la voz de Carlota. De este segmento, se destaca la autoproclama de superioridad del mulato; la capacidad de amar es la que hace la diferencia, mientras una decisión habrá de aplazarse para sostener la trama del relato.

 

 

 

Tras la tormenta y el rechinar de dientes,

el cronotopo del jardín y el melodrama de los amos:

 

 

Dos vestigios se contradicen ante la mirada de la enamorada: el caballo de Enrique que ha llegado como testimonio del accidente y la carta que porta Sab donde Enrique le explica el desarrollo de los sucesos. El ambiente es de optimismo: Carlota parece asegurar se replique la historia de los padres, la disposición de los sucesos es lo suficientemente bella para merecer una solitaria lágrima de envidia por parte de Teresa.

La autora sigue demostrando su maestría en los gestos mínimos, alcanza un punto máximo con el beso del mulato que quema la mano de la que en agradecimiento le ofrece la libertad. Posteriormente, se detiene en una suerte de congelamiento del tiempo, al ubicar a Carlota en un jardín en el que el mulato ha seguido todos los caprichos de la amada amita; donde, en medio de juegos infantiles y del contacto con la frugalidad, Gómez de Avellaneda deja escapar un suspiro sostenido por lo que ratifica la evocación de las figuras principales; el sometido-enamorado medra en su legitimidad ante una principal que se esfuerza y encuentra la felicidad en capturar a una mariposa:

“Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres irreflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la prisión y la libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan vehementes como profundas. ¡Ah!, ignoran ellos que conviene a las almas superiores descender de tiempo en tiempo de su elevada región: que necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a quienes no satisface todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarle. Si se hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad de respetar sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas”.

La idea del espíritu superior enferma la totalidad del relato de Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero es quizás el momento más dramático de su defensa de la leyenda de la nación de las encomiendas y de las haciendas  (de la leyenda de la dominación evocable, sustentada en la imagen del esclavo feliz y de la estampa del amo de justicia inconmensurable) la conversación de los oídos dispuestos y las manos llenas que se da en un juego simbólico entre el paraíso estático (el jardín) y el paraíso en movimiento (la hacienda y sus rutinas):

 

“Carlota fue interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio de los esclavos que iban a sus trabajos. Llamoles a todos, preguntándoles sus nombres uno por uno, e informándose con hechicera bondad de su situación particular, oficio y estado. Encantados los negros respondían colmándola de bendiciones, y celebrando la humanidad de D. Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que llevaba en sus bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los esclavos se alejaron bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con los ojos llenos de lágrimas.-¡Pobres infelices! -exclamó-. Se juzgan afortunados, porque no se les prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres, y los ven vender luego como a bestias irracionales… ¡a sus hijos, carne y sangre suya! Cuando yo sea la esposa de Enrique -añadió después de un momento de silencio-, ningún infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud. Daremos libertad a todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos? ¿Seremos por eso menos dichosos? Una choza con Enrique es bastante para mí, y para él no habrá riqueza preferible a mi gratitud y mi amor”.

Este parlamento demuestra que ha compartido la misma educación de quien le ama desde la esclavitud;  no obstante, uno de los para-textos nos ayuda a desmontar esa pretensión de afecto hacia el esclavo, pues en la violencia del correlato se adivina la animalidad asociada a dicha figura: “Y mirando enternecido al generoso animal le repite: «mientras viva mi fiel amigo serás»”. Carlota es la adolescencia utópica, es aquella que piensa que el mundo se puede cambiar, pero que necesita de las violencias establecidas para poder seguir siendo.

 

 

 

En el establo, los heroísmos se nos enseñan como cuestión estética:

 

Si bien el espacio de Carlota fue el jardín, el espacio de Sab es el establo. En aquella metáfora de lo intensivo y del presidio, después de comparar el corazón del extranjero y el corazón del mulato, el personaje usa al jamelgo y al taparo como a condensaciones de sentido donde poder ratificar a sus pensamientos. El mulato le habla al caballo descastado que soportó con valentía la tormenta y que regresó a la calma con su amo en el lomo:

“-Leal y pacífico animal -le dijo-, tú soportas con mansedumbre el peso de este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te impulsan a sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga mientras ese hermoso animal sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre feliz, cuya vida es querida, cuya muerte sería llorada. ¡Pobre jaco mío! Si fueses capaz de comprensión como lo eres de  afecto conocerías cuánto bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido de la tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas… ningún vacío dejaría en la tierra el pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una carga más noble”.

 

Después, Sab genera una suerte del espejo donde su condición de amo se pone al servicio del fortalecer la lógica de sus amos: “El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera comprenderle. Luego le lamía las manos y parecía decirle con aquellas caricias: «Te amo mucho para poder complacerte; de ninguna otra mano que la tuya recibo con gusto el sustento»”.

El amo es sustento, es obligación, es destino y, según el ethos construido en la dominación de la hacienda, es justicia.

Sab está muerto en el no nacer de una remota posibilidad para que sus deseos o intenciones marchen. Enrique está vivo, está vivo para que el paisaje se re-signifique y la gloria de la naturaleza sea plena en la presencia suya como ingrediente.

 

Hacienda, ciudad y puerto, universos disímiles:

 

En el área urbana de la isla, los avatares de la especulación, la suerte y el juego. La narradora enaltece al joven y envilece al padre, mientras Sab se profundiza en su condición de testigo. Los cálculos están hechos, 40 mil duros harían posible el matrimonio que ya incomoda, por la riqueza no libre de riesgos de Carlota, a Jorge Otway.

En la recurrencia de lo que ya se muestra como valoración y valuación, los isleños vuelven a ser presas de señalamientos en su carácter, mientras se envilece al límite de la caricatura a un rector del destino de la historia que paga desprecios con desprecio. La amenazante mirada de Sab conquista el calificativo de recurrente; por derecho ganado, la conversación entre el mulato y el inglés se dará sin la distancia y la supremacía que le brindaba a Enrique la mirada hacia abajo determinada por la distancia del lomo del caballo al ras de suelo. El recorrido es el mismo que el de la noche de la tormenta, pero ha de resultar antónimo: se da a la luz del día y se sustenta en claridades. Sab teme que su amor por Carlota se descubra más allá de lo filial. Enrique teme que el mulato descubra el porqué del interés en la actualidad del negocio del padre de Carlota. Este segmento es de aquellos donde los perfiles se ponen al servicio del juego de la verdad y de la mentira, didáctica para farsantes, donde el personaje se sopesa más por lo pretendido que por lo expuesto. Sab, al sentir una pregunta cual acusación sobre sus sentimientos por la amita, responde con el espíritu que la época le permite en la ponderación de la figura femenina: “-¿Y quién que conozca a la señorita Carlota podrá no amarla? La señorita de B… es a los ojos de su humilde esclavo lo que debe ser a los de todo hombre que no sea un malvado: un objeto de veneración y de ternura”.

¿Objeto de veneración? Carlota vuelve a convertirse en la hacienda, que, no importa que tanto la acaricie y la conozca el esclavo, siempre será ajena. El nativo nunca ha de recibir la potestad absoluta sobre la tierra a la que es propio, pues han de llegar nuevos poderes, nuevas castas y nuevos prestigios. El tema del poder y de la potestad ha de colmar los ojos de Sab en instantes donde sus ánimos serán disputados entre las lágrimas y la sangre.

 

En el espejo, primer encuentro:

 

A cada fragmento del juego de los pretendidos uno del juego de los sorprendidos. Recurso técnico que sirve de equilibrio en la trama. Este truco de relaciones se da en la mirada que comparten en el espejo Sab y Teresa; en ella los personajes se reconocen iguales y deben pronunciar sus nombres para diferenciarse: los une el amor por interpuesta persona.

Gertrudis Gómez de Avellaneda demuestra, capítulo a capítulo, su maestría en el manejo de los recursos literarios, tanto los estructurales como los parciales, haciendo que las decisiones del montaje de su universo narrado vayan de lo expresivo a lo narrativo con una facilidad sorprendente. La condición de lo súper-estructural amarrada a los para-textos y a los epígrafes de cada capítulo se deja deslizar sin traumas a los campos de la acción, de la interpretación y de la reflexión. El sentir que determina a los sujetos narrados salta entre lo expuesto y lo velado. Estos recursos alcanzan una alta cresta en los juegos indiciarios que soportan a la novela como género,  lo hacen gracias a las suertes de los mecanismos anticipatorios, trucajes que se ven representados en la letra de una canción que Carlota usa para hablar a Carlota:

“Es Nice joven y amable y su tierno corazón un afecto inalterable consagra al bello Damón. Otro tiempo su ternura pagaba ufano el pastor; mas ¡ay! que nueva hermosura le ofrece otro nuevo amor. Y es Nice pobre zagala y es Laura rica beldad que si en amor no la iguala la supera en calidad. Satisface Laura de oro de su amante la ambición: Nice le da por tesoro su sensible corazón. Cede el zagal fascinado de la riqueza al poder, y ante Laura prosternado le mira Nice caer. Al verse sacrificada, por el ingrato pastor la doncella desgraciada maldice al infausto amor. No ve que dura venganza toma del amante infiel, y en su cáliz de esperanza mezcla del dolor la hiel. Tardío arrepentimiento ya envenena su existir, y cual señor opulento comienza el tedio a sentir. Entre pesares y enojos vive rico y sin solaz: huye el sueño de sus ojos y pierde su alma la paz. Recuerda su Nice amada y suspira de dolor; y en voz profunda y airada así le dice el amor: «Los agravios que me hacen los hombres lloran un día, y así sólo satisfacen, Damón, la venganza mía: »Que yo doy mayor contento, en pobre y humilde hogar, que con tesoros sin cuento, puedes ¡insano! gozar».”

Canción que porta enunciación y escena donde Carlota se prevé y Enrique se siente desenmascarado. Ante la canción, el amado cae a los pies de Carlota; con aquel gesto, el discurso viaja a la acción. Enrique es desbordado por las palabras que ante Sab dejó escapar signado por el afán de no ser descubierto: “Carlota tiene una dote más rica y apreciable en sus gracias y virtudes.” Enrique termina de descubrirse, los preponderantes se aplazan, pero no existe la determinación para la derrota total de los mismos, pues el enamorado es un pusilánime que no habrá de olvidar la obligación ante la ambición del padre. Gómez de Avellaneda parece hacer de las bajezas una cuestión de herencias y se traiciona en medio de las lecturas genéticas propias de los positivismos que ella misma propone atentar.

 

 

El cronotopo del camino, los perfiles convertidos en comparsas. La maravilla del paisaje y la carnavalización de las intenciones.

(Perfiles de lo amado)

 

El tránsito es una constante en el libro. En el moverse entre la estancia, el campo, la ciudad y el puerto, Gertrudis Gómez de Avellaneda construye la opción de la voluntad expresiva de lo romántico. La autora exhibe una profunda conciencia de estilo al vincular la descripción de la naturaleza a la frugalidad de su protagonista; se resalta el perfil de lo que pudiésemos llamar un multinivel del sentimiento, ubicándose en la base el enamoramiento rudimentario que se sustenta en la mirada de la negación y del imposible; dicho efecto se dibuja en la perspectiva afecta de Sab: “Sab seguía de cerca a Carlota y contemplaba alternativamente al campo y a la doncella, como si los comparase: había en efecto cierta armonía entre aquella naturaleza y aquella mujer, ambas tan jóvenes y tan hermosas”.

De tal manera, es la joven Carlota la representación de una patria susceptible a los engaños, de una historia joven que no entiende sus voluptuosidades y es proclive, por figuras pre-construidas desde los atavismos melodramáticos, a la exageración de lo amado; ella tarde habrá de descubrir las iniquidades y las purezas que habitan a la pretensión del amor.

Ocupa un segundo lugar en importancia el amor de lo capitular, donde la posesión ha perdido cualquier pretensión de promesas sustentadas en purezas; por eso, para ratificarse, requiere de cuentas claras y de aspectos trazables; el amor de “los comercios” urge de la aprobación de diversos filtros, se expresa desde diversas fuentes (1. En la figura de los Otway, en los pleitos por sucesiones que ante el riesgo de la mezcla de historias se resuelven en la protección de los que se matriculan en las tradiciones; 2. En la renuncia de Sab a la concreción de sus afectos). El panorama transaccional es una dimensión donde el amor por el amor se mueve entre el miedo y la confusión. Enrique ante los sentimientos se asume víctima de embrujos y del olvido de sus planes iniciales: “-¡No hay remedio! Esta mujer será capaz de volverme loco y hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz”.

Junto al amor filial, se desarrolla un amor de lo silenciado, de lo negado, de lo que la autora se esfuerza por mostrar envilecido (ese afecto se expresa en la confusión de sentimientos de la prima Teresa). Como figura amada, Carlota ofrece la opción de ser leída más que como un simple perfil de maquila para lo folletinesco, pues sus maneras de pensar atentan a las lógicas del mundo que le circunda; a pesar de las insensibilidades dominantes, ella se estremece ante la injusticia que significaron las empresas de la conquista y se niega a borrar (con el miñoco despectivo de Enrique) de su memoria la historia de los primeros habitantes de sus tierras. La damita-joya se conmueve ante la leyenda del cacique Camagüey, lo hace de una manera distinta a la que determina a su padre: Carlos teme la venganza, Carlota se duele por la raza exterminada.

 

La madre sin hijos, el hijo sin madre, el vínculo entre las razas que el blanco suele desvirtuar, el dato que el dominador negocia en leyenda para desdibujarlo:

 

Tomándola de Martina, su madre adoptiva, descendiente última de su pueblo, Sab cuenta la historia de Camagüey de la siguiente manera:

 

“A esa vieja pues, a Martina es a quien he oído, repetidas veces, referir misteriosamente e interrumpiéndose por momentos con exclamación de dolor y pronósticos siniestros de venganza divina la muerte horrible y bárbara que, según ella, dieron los españoles al cacique Camagüey, señor de esta provincia; y del cual pretende descender nuestra pobre Martina. Camagüey, tratado indignamente por los advenedizos, a quienes acogiera con generosa y franca hospitalidad, fue arrojado de la cumbre de esa gran loma y su cuerpo despedazado quedó insepulto sobre la tierra regada con su sangre. Desde entonces esta tierra tornose roja en muchas leguas a la redonda, y el alma del desventurado Cacique viene todas las noches a la loma fatal, en forma de una luz, a anunciar a los descendientes de sus bárbaros asesinos la venganza del cielo que tarde o temprano caerá sobre ellos. Arrebatada Martina en ciertos momentos por este furor de venganza, delira de un modo espantoso y osa pronunciar terribles vaticinios”.

Carlota y Martina representan a los universos en riesgo, son las últimas joyas de sus mundos, presas para los advenedizos, opuestas en los favores que la descripción hace de ellas; mientras la naturalidad de Carlota es adosada en beneficio con adjetivos, la estampa cargada de gestos solemnes de Martina es ridiculizada. Son dos clasificaciones distintas de la pobreza, la extrema y la de la no suficiencia, ante las cuales el extranjero se cree justo con la recompensa de pobres limosnas, mientras se burla de sus teatralidades que no comprende a tiempo ni entiende justas; ¿los reclamos de una historia negada, arrancada a una raza derrotada y a las licencias de lo inspirado o lo sublime, se leen como síntomas de atraso? Martina y Carlota terminarán siendo la misma cuando ante la tumba de Sab los imaginarios populares vean en Carlota a la figura, en medio de la pugna entre las cotidianidades-carcelarias y los dispositivos de leyenda que han de mostrar la enormidad atentatoria, de una Martina insepulta, triunfo de los velos que hacen de las posibilidades del reconocerse carne de lo innombrable. Leal es el nombre de un ser que les acompañará en la incapacidad de relatar la historia, de discernir entre el dato y el mito; la criolla venera la memoria del mulato, pero lo hace con el rostro negado por las utilerías de la piedad cristiana, circunstancia que ante la diferencias y las resistencias camufladas recordará que todas las decrepitudes al final de cuentas son la decrepitud.

Señorito y señorita, más que una letra de diferencia:

Teresa expresa la lógica del afanado en empresas, del que se negocia en progresos, de aquel que sopesa el tiempo, la entrega y la vivencia bajo otra carta de valores: “¿quieres que un hombre abrumado de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies”.

Un mundo se devorará a otro, porque las calmas se enfermarán radicalmente de prudencias; en medio de suspiros les sorprenderá la extinción, mientras la alarma no se considera admisible para las poblaciones de muecas construidas por grandes sorbos de dormidera: “Serás desgraciada si no moderas esa sensibilidad, pronta siempre a alarmarse”.

Gómez de Avellaneda se expone, en una voz que se podría llamar moralizante y conductista, en defensa de la sociedad de la inocencia, en pro de la virginal estancia que no requiere de convulsiones ni de sinceridad, en beneficio de los síntomas de la historia adjetivada para la inutilidad:

“»¡Oh, vosotros, los que ya lo habéis visto todo, los que todo lo habéis comprendido y juzgado, vosotros los que ya conocéis la vida y os adelantáis a su último término, guiados por la prudencia y acompañados por la desconfianza! Respetad esas almas llenas de confianza y de fe, esas almas ricas de esperanzas y poderosas por su juventud…; dejadles sus errores… menos mal les harán que esa fatal previsión que queréis darle»”.

Gertrudis Gómez de Avellaneda termina por invitar a preservar la figura de la señorita ilusionada que es el soporte simbólico de una patria histérica, preparada para la pose y para la regularidad de las promesas idílicas. La de Sab es una nación que no se comprende cual nación de naciones, pues en ella sólo poseen derechos los que demuestren el puro origen que distingue a los apropiadores.

 

El fantasma del levantamiento, la sublevación se da en la acumulación de sentidos, no en la animalidad supuesta por los blancos (CONVERSACIÓN EN EL CAÑAVERAL):

La tensión de un amor que está por mostrarse en sus maquinales aspectos oculta las fuerzas de los que están a un paso del levantamiento. La venganza de Camagüey requiere de poco para ser, para construir un universo nuevo donde las orfandades encuentren verdaderas oportunidades; no basta con degollar al amo, hay que cortar las amarras de un andamio que en el empobrecimiento del modelo de la hacienda deja ver sus puntos débiles. El universo de prestigios que se cimentó en derredor de la propiedad está por caer por las suertes del comercio. En medio de sus confesiones, Sab dice a Teresa: “los esclavos arrastran pacientemente su cadena: acaso sólo necesitan para romperla, oír una voz que les grite: ¡sois hombres! Pero esa voz no será la mía, podéis creerlo”.

Teresa inicialmente no entiende el nosotros propuesto por Sab, el nosotros de dos asidos a los amores imposibles, e incurre en el deíctico de los amos: “-¡Sab! -dijo entonces con trémula voz-; ¿me habrás llamado a este sitio para descubrirme algún proyecto de conjuración de los negros? ¿Qué peligro nos amenaza? ¿Serás tú uno de los…?”.

Ante la profundidad del sentimiento y de la expresión de Sab, se comprende que es posible un momento para amar a otras estampas. Más allá de la promesa de los iguales, se da el tiempo para dejarse confundir con la vehemencia de los líderes; ese sentir nace en escuchar la fortaleza de un Sab que no termina de olvidarse en el amor a los imposibles:

“vos no sabéis qué culpables deseos he formado, qué sueños de cruel felicidad han salido de mi cabeza abrasada… arrebatar a Carlota de los brazos de su padre, arrancarla de esa sociedad que se interpone entre los dos, huir a los desiertos llevando en mis brazos a ese ángel de inocencia y de amor… ¡oh, no es esto todo! He pensado también en armar contra nuestros opresores, los brazos encadenados de sus víctimas; arrojar en medio de ellos el terrible grito de libertad y venganza; bañarme en sangre de blancos; hollar con mis pies sus cadáveres y sus leyes y perecer  yo mismo entre sus ruinas, con tal de llevar a Carlota a mi sepulcro: porque la vida o la muerte, el cielo o el infierno… todo era igual para mí si ella estaba conmigo”.

De frente a estas acechanzas que no pasarán del deseo, Carlota se convierte en la propiedad, en la tierra, en la libertad y en la condena; la dominación se ratifica en la hacienda, las inquietudes se ahogan en el temor a un caney con amos más dispuestos a la empresa que a las maneras aletargantes del rostro patricio.

 

El recuerdo de una luz en la ventana, el cielo bajo techo:

Carlota es el deseo sobre lo que se adivina ajeno de nacimiento, es el sentir que el esclavo debe limitarse a mirar en la distancia, es la figura angélica que pertenece a otros reinos. Sab ve a Carlota suspendida en el aire, etérea y en el segundo previo a desvanecerse; la asume cargada con un magnetismo que es mayor en efectividad que la voz del látigo, la intuye orlada por el resumen de las fascinaciones que hicieron que el negro se olvidara de sí y de los suyos: “Nada había de terrestre y mortal en aquella figura: era un ángel que iba a volar al cielo abierto ya para recibirle, y estuve próximo a gritarle:¡detente! ¡Aguárdame! Dejaré sobre la tierra esta vil corteza y mi alma te seguirá”.

En medio de las sugestiones, ninguna tan brutal como la del enamoramiento del esclavo por su amo; en medio de las esperanzas secretas, ninguna tan violenta como la que hace al hombre ver cómo lo adorado va a parar a manos de un extranjero. La propuesta que el esclavo eleva a los oidos de Teresa está impulsada por las premuras de un afecto, mientras la lectura que la huérfana hace de la misma es un efecto que replica a los pragmatismos: Sabe a Sab rico por un golpe de suerte, desea un corazón como el del mulato para compartir el suyo; en tibiezas, la huérfana exhibe el manejo total de las utilerías que duermen en un corazón adolescente.

La lectura melodramática que se elabora del desengaño en el corazón de Carlota es la misma que resulta fácil de prever de parte del corazón del esclavo; su mesura se adosa de la voz potente y familiar, la prudencia es dictamen y la resignación una condena inegociable. Ante esa sujeción simbólica, Sab se lastima con sus arrebatos: “Esclavo he debido pensar como esclavo, porque el hombre sin dignidad ni derechos, no puede conservar sentimientos nobles”.

 

¿La otredad? Eufemismo y tolerancia. Mirada y voz que destrozan el destino del relatado:

 

Por momentos, la voz que lega Gómez de Avellaneda es clara en la negación de las prestezas del negro, pues le presenta víctima de la inmersión profunda entre las fascinaciones que se requieren para hacer de la inocencia un lastre irremisible; en medio del hábito de pintar siluetas y recortar la proyección de los espejismos, luce cercenadora de las facultades de lo humano y sintomática de la baja estima propia de los corazones que han asumido enteros a los discursos de quienes se pretenden dueños:

“soy solo en el mundo: nadie llorará mi muerte. No tengo tampoco una patria que defender, porque los esclavos no tienen patria; no tengo deberes que cumplir, porque los deberes del esclavo son los deberes de la bestia de carga, que anda mientras puede y se echa a tierra cuando ya no puede más. Si al menos los hombres blancos, que desechan de sus sociedades al que nació teñida la tez de un color diferente, le dejasen tranquilo en sus bosques, allá tendría patria y amores…, porque amaría a una mujer de su color, salvaje como él, y que como él no hubiera visto jamás otros climas ni otros hombres, ni conocido la ambición, ni admirado los talentos. Pero, ¡ah!, al negro se rehúsa lo que es concedido a las bestias feroces, a quienes le igualan; porque a ellas se les deja vivir entre los montes donde nacieron y al negro se le arranca de los suyos. Esclavo envilecido legará por herencia a sus hijos esclavitud y envilecimiento, y esos hijos desgraciados pedirán en vano la vida selvática de sus padres. Para mayor tormento serán condenados a ver hombres como ellos, para los cuales la fortuna y la ambición abren mil caminos de gloria y de poder; mientras que ellos no pueden tener ambición, no pueden esperar un porvenir. En vano sentirán en su cabeza una fuerza pensadora, en vano en su pecho un corazón que palpite, «el poder y la voluntad», en vano un instinto, una convicción que les grite: «levantaos y marchad»; porque para ellos todos los caminos están cerrados, todas las esperanzas destruidas”.

 

Salvaje, sin patria, bestia de carga, desprovisto del derecho a la voluntad, colectivo sólo en la confusión de lo heterogéneo con el desorden, turbamulta sometida al arreo, sujetos al poder; ronda y colección de sanciones que fueron los pilares de las actividades de los tratantes y que lograron que los amos se movieran entre la tranquilidad de la consciencia y el temor a morir degollados.

Orfandad y esclavitud,  ¿mellizas idénticas?:

En Sab la orfandad y la esclavitud se presentan como hermanas, en medio de la tendencia del Siglo XIX de convertir en enfermad a las particularidades de los sujetos, en medio de esas miradas escrutadoras que sólo ven santorales y cortes en las genealogías de los individuos y eximen de sospechas a los seres más perlados. El mundo relatado por Gertrudis Gómez de Avellaneda ofrece opciones para los movidos por el pragmatismo, los 40 mil duros de la lotería, la carta de libertad y la promesa de amor de Teresa le brindarían al mulato una nueva existencia; opciones a las que renuncia Sab, pues las cadenas no están asidas a sus tobillos, lo están al imaginario, a su dimensión sentimental. (La novela no es un dispositivo metafórico al servicio de las emergencias).

Sab decide mantenerse ligado a un mundo al que en cada segundo se le notan más las obsolescencias y termina por ahogarse en un paroxismo por amor que se convierte en una profunda crisis nerviosa; dicho ataque vincula lo rastrero al mulato, mientras ensalza la sangre del inglés: el primero es merecedor del desprecio de su propio ser por la pureza de su sentir, el segundo es visto como un gigante cuya mano ha de cobrar grandes dotes por la mezquindad de su espíritu: “Enrique no pensó ni remotamente en contrariar la enérgica voluntad de su padre, y ni aun siquiera intentar persuadirle”.

Mientras Sab ve en Carlota a la fuente de todas las inspiraciones, Enrique ensaya en ella todas las maneras de la culpa. Para el inglés el amor es el síntoma de un trastorno del juicio, mientras para Sab el perderlo por el objeto amado es la prueba de lo natural. El paralelismo entre lo confesional de Sab y los pensamientos de Enrique detenido más allá del cumplimiento de sus obligaciones es el contraste de universos de sentido determinados por educaciones disímiles: el elevado ante las obligaciones de lo sacro y lo supremo que corresponde a un mulato sujeto de formas diversas a la esclavitud y el de la supremacía del dinero y de la existencia prestacional que signa al “príncipe” de los ojos azules.

Ante el sentimiento, las salidas también están ligadas a resoluciones diferentes: Sab desea la muerte; Enrique planea escapar para, mediante la distancia, “distraer su pasión”.

Orilla uno: Enrique, torrente de pasiones. Orilla dos: Sab. ¿La canoa? La soledad de la amada imposible:

En las dos orillas parece verse la idea de la figura femenina sacralizada, por el imperio de la soledad que la expectativa masculina del Siglo XIX le exige a la mujer considerada como un objeto del sentir. Sab ha expresado la velada esperanza de que Carlota no encuentre un espíritu a su medida, mientras los celos de Enrique hacia la mujer abandonada, que encuentra sosiego en otro amor, transforman a la enunciación en la justificación de los cautiverios nacidos para el imperio del pensamiento machista: “El hombre, egoísta por naturaleza, se irrita de ver gozar a otro la felicidad que él mismo ha despreciado, y muchas veces cesando de amar se cree todavía con el derecho de ser amado”.

Esas orillas tan lejanas son catalogadas por la autora como la gloria y el oro; siendo ambas cuestiones susceptibles a la extinción, en medio del discurrir de los ladrillos que conforman las fortalezas del olvido. Los planes de cada personaje del libro se adivinan marcados por la voluntad superior que en la diégesis se denomina destino y que técnicamente es asociable a la conciencia de las posibilidades que la anécdota relatada le brinda a la autora. Circunstancia que es manejada por Gómez de Avellaneda sin el menor descuido del bordado elaborado con la conmensura de los antagonistas en la disputa por el amor de Carlota: El esclavo que revienta su caballo por cumplir el deber de llevar el recado; el joven inglés que se excusa bajo cualquier pretexto y sin mediar consecuencias. La resolución de uno es la encarnación de los sacrificios, la decisión del otro llega en el sopesar los beneficios. En esa relación gloria y oro, la distancia entre el gran hombre y el futuro gran señor.

La muerte para el del relato en honores no podría llegar suministrada por mano propia; la escritora deja escapar en su texto sus profundos nexos con la fe católica, por eso la enfermedad del mulato se lee en el libro como un regalo divino que llega después del cumplimiento de una misión. (Esa revelación constante de la voz narrativa asociada a la figura de Gertrudis Gómez de Avellaneda es uno de los recursos estructurales del texto; la autora se desnuda en constancias, un ejemplo de ello se da cuando el relato nos ha llevado al exterior de la casa de Cubitas y el enunciador se funde al testigo lector: “Nosotros nos permitiremos penetrar dentro y descubrir quiénes eran las personas que velaban solas, en aquella hora de reposo general”).

 

La extinción, cuestión en cadena:

La agonía de Luís y la muerte de Sab son el final de dos mundos. Luís es el último descendiente de los habitantes originales de las islas, estirpe que la autora se esfuerza por mostrar como a una raza defectuosa; Sab es el final del esclavo dispuesto a dar la vida por el melodrama de los amos. El lejano deceso del hijo varón de Carlos refuerza el panorama del final de un tiempo específico, extinción que se sincroniza con una hora exacta para el drama que alcanza las cumbres de un dolor no asumido, de un “duelo” manifestado en las siluetas de la claridad excesiva o en las sombras que nos hablan de la imposible quietud cuando la penumbra dicta cuidadosos pasos: “Sab expiró a las seis de la mañana: en esa misma hora Enrique y Carlota recibían la bendición nupcial”.

La riqueza del juego con los epígrafes sigue en escena con gratificante exactitud: “Esta es la vida, Garcés; Uno muere, otro se casa, Unos lloran, otros ríen… ¡Triste condición humana!”. Con el matrimonio, la partida del padre. Después se evidencia la pusilanimidad del Enrique enamorado; es Teresa la encargada de ordenar el retorno a la regularidad de las rutinas en la casa de los hacendados y de enfrentar las noticias que circulan en esa familia; Sab nos deja en claro que en la repetición de los actos duerme la clasificación y la discriminación de las tragedias: “Esta noticia que algunos días antes hubiera sido dolorosísima a Carlota, apenas pareció afectarla en un momento en que tanto había sufrido. Acababa de separarse de su padre, su hermano espiraba tal vez en aquel momento, y la pérdida del pobre mulato era bien pequeña al lado de estas pérdidas”.

No obstante, queda la carta del esclavo como un espacio para que las resoluciones de la historia se desencanten de hábitos y de costumbres. El equívoco del mayoral en el destinatario de la misiva permite que uno de los elementos reclame su verdadero valor como símbolo: el brazalete hecho con los cabellos de Carlota; permite, la caída al piso del mismo, el subsanar el error del mensajero, mientras se expresa el amor por el mulato de parte de la huérfana. La reacción de Enrique es sintomática de su estupidez y de lo que Gómez de avellaneda da a llamar pobreza de espíritu (pobreza que Carlota también vincula a la supuesta incapacidad de amar que lee en Teresa; pues el principal perfil actante de Sab nunca piensa en la posibilidad de leer a la frialdad de la huérfana como a un síntoma de la resignación).

En medio de un cuadro que se completa (con la partida de Teresa al convento y con las resoluciones que han de devenir al matrimonio entre hacendados y comerciantes que Gómez de Avellaneda se esfuerza por hacer aparecer como determinado por un sino trágico), Enrique deja escapar todos los prejuicios hacia la figura femenina, afloran las taras de clase y el egoísmo propio del pensamiento machista:

“-¡Sola! ¡Abandonada, Carlota!- repitió Enrique ciñéndola con sus brazos-, cuando estás con tu esposo que te adora, cuando yo estoy aquí, a tu lado, apretándote contra mi corazón. ¡Querida mía! Sensible es la pérdida de un hermano, aunque sea de un hermano que no ves desde hace tres años, y cuya débil y enfermiza constitución estaba ya de largo tiempo preparando para este golpe; sensible la separación de un padre, aunque esta separación será tan corta; sensible la muerte de un mulato que fue para tu familia un esclavo fiel; y sensible también que una loca amiga enamorada de él se quiera hacer monja, aunque se conozca qué es lo mejor que puede hacer. Pero ¿es todo esto motivo suficiente para desconsolarte en estos términos, y amargarme el día más feliz de mi vida? ¿No es esto una injusticia, Carlota, una ingratitud para con tu Enrique? En vez de dicha has de darme dolor, lágrimas en vez de caricias? ¡Ah! Tú me amabas hace cuatro días… hoy… hoy no me amas”.

 

La figura femenina, ante la negación total:

En un día sobrecargado de emociones, Enrique, a su parecer, es la única y total víctima de las circunstancias. No nos sorprende el joven inglés que exige placer en el rostro de la mujer que ha sido presa del desmonte de sus certezas: “Mi padre, mi hermano, Teresa, Sab… ¿qué son todos al lado de mi amor? Yo no tengo ahora a nadie más que a ti… pero tú lo eres todo para el corazón de Carlota”.

El referirse a sí misma en tercera persona es un síntoma de una creciente psicosis, es el primer paso de un revisionismo que la llevará a la total consciencia de sí, es el instante de epifanía donde surge el reconocerse desprovista de una historia propia, donde se expresa el saberse existente sólo en la condición de aditamento de una persona superior. A las tres de la tarde de aquel día, se dirige al Gólgota todo un mundo, mientras la escritora proclama el triunfo de la bienaventuranza del amor, pues el amor se ratifica en la propiedad: “ya soy tuya y tú eres mío”. En un contraste entre el infierno y la divinidad, el universo de la hacienda va hacia su final; el mundo al que pertenece Carlota está destinado a la condena infernal, mientras el nuevo matrimonio se presume proclamado al cielo.

El paraíso no es más que una pretensión, Gómez de Avellaneda nos habrá de mostrar la plenitud en la renuncia y la infelicidad en la realización de los sueños románticos. De tal manera, cabe preguntar: ¿Es Sab un texto para enaltecer a la mujer inutilizada ante sus ilusiones, es un texto dispuesto para negociar al sujeto femenino en un ente que debe renunciar hasta a sus dolores más profundos? La renuncia al dolor encuentra un pretexto insostenible en los panoramas de la reivindicación: “Ellas” son un elemento de la promesa idílica que no se le puede incumplir al “ellos”. Gómez de Avellaneda en los estertores del libro declara la lógica que considera en Carlota:

“Carlota era una pobre alma poética arrojada entre mil existencias positivas. Dotada de una imaginación fértil y activa, ignorante de la vida, en la edad en que la existencia no es más que sensaciones, se veía obligada a vivir de cálculo, de reflexión y de convivencia. Aquella atmósfera mercantil y especuladora, aquellos cuidados incesantes de los intereses materiales marchitaban las bellas ilusiones de su joven corazón. ¡Pobre y delicada flor!, ¡tú habías nacido para embalsamar los jardines, bella, inútil y acariciada tímidamente por las auras del cielo!”.

 

La voz de la clausura:

La voz de una Teresa moribunda es la última parte de un círculo que se cierra; la poderosa declaración es posterior al descubrir del verdadero perfil de Enrique y de Jorge por parte de Carlota. En lo que se refiere a la ambición, existe una sensación de cansancio que extingue a los enamoramientos: Carlota ha cumplido 22 años, la ausencia del marido se da en lo físico y en lo sentimental;  la ilusión por Enrique ya no existe, su verdadero ser ha quedado al descubierto con la muerte de Carlos, pues en una triquiñuela los Otway han despojado de su herencia a las hermanas de Carlota (ella ha tenido que enfrentarse a la no escucha de parte de su esposo y a la ridiculización por parte del suegro). Teresa conoce la circunstancia, compara el mundo al que ellas pertenecen con el de la especulación citadina, pondera lo perdido y advierte las condiciones del universo que avanza y que ya no les corresponde, mientras en el suspiro final establece la comparación entre el amor del mulato y el amor del inglés: “Tú has poseído sin conocerla una de esas almas grandes, ardientes, nacidas para los sublimes sacrificios, una de aquellas almas excepcionales que pasan como exhalaciones de Dios sobre la tierra”.

La carta de Sab deja de aplazarse, la que expira vincula el escape al cansancio de lo material, a la credibilidad total en el amor que representa una misiva lacerada por las lágrimas donde más que una declaración de afecto encontramos a un sujeto político, a un líder extinto sin ser, a un cuerpo sin elevaciones que en medio de claridades no viajó a la acción, a una víctima perfecta de los sacrificios que reclama la caprichosa diosa en que se erigió la educación sentimental:

“Me acuerdo que cuando mi amo me enviaba a confesar mis culpas a los pies de un sacerdote, yo preguntaba al ministro de Dios qué haría para alcanzar la virtud. La virtud del esclavo, me respondía, es obedecer y callar, servir con humildad y resignación a sus legítimos dueños, y no juzgarlos nunca. Esta explicación no me satisfacía. ¡Y qué!, pensaba yo: ¿la virtud puede ser relativa? ¿La virtud no es una misma para todos los hombres? ¿El gran jefe de esta gran familia humana, habrá establecido diferentes leyes para los que nacen con la tez negra y la tez blanca? ¿No tienen todos las mismas necesidades, las mismas pasiones, los mismos defectos? ¿Por qué pues  tendrán unos el derecho de esclavizar y los otros la obligación de obedecer? Dios, cuya mano suprema ha repartido sus beneficios con equidad sobre todos los países del globo, que hace salir al sol para toda su gran familia dispersa sobre la tierra, que ha escrito el gran dogma de la igualdad sobre la tumba; ¿Dios podrá sancionar los códigos inicuos en los que el hombre funda sus derechos para comprar y vender al hombre, y sus intérpretes en la tierra dirán al esclavo, «tu deber es sufrir: la virtud del esclavo es olvidarse de que es hombre, renegar de los beneficios que Dios le dispersó, abdicar la dignidad con que le he revestido, y besar la mano que imprime el sello de la infamia?» No, los hombres mienten: la virtud no existe entre ellos”.

Se adivina, en esas palabras, la relación entre esclavitud y matrimonio, dos circunstancias sujetas a la virtud y sostenidas en la resignación.

 

La sujeción y la sugestión:

 

Mientras el enajenamiento echa mano del gran batallón de orgullos que niega al individuo, triunfa la frialdad de la reflexión en una verdadera alianza con la acción que amenaza a la estabilidad de la sonrisa cínica; la acción congelada es esa que esclaviza tanto como el puño dentado, como la palma que se aprendió origen de la marca de carimba, como el grillete que no ha sido advertido en su inutilidad para eso de evitar el vuelo de las aspiraciones.

Sab es lección: El amor requiere de las réplicas del Otelo, necesita de los que derrotan a las barreras intelectuales, morales y políticas; pero el poder le es escaso a los corazones ilusionados y sus prendas hacen de los heroísmos meras cuestiones de segundos de exaltación. Sab se convierte en ídolo de otras veneraciones, es el símbolo sepulto que nos deja la responsabilidad de una nueva vida donde la multitud no se distrae en elevaciones; Sab es un africano tras-terrado, un americano malbaratado, un caribeño negociado en leyenda que requiere de la declaración de igualdad civil, sólo de eso, para transformarse en arrobo: “«¡Quitadme estos hierros!», gritaba en mi delirio: «¡quitadme esta marca de infamia!, yo me elevaré sobre vosotros, hombres orgullosos: yo conquistaré para un nombre, un destino, un trono»”.

Todos los entusiasmos han sido devorados por un solo sentimiento: el amor. El amor que distrae a los demás imposibles de un ser, de todos los seres, que tienta, que tientan, las profundidades de su alma, de sus almas. El esclavo habla al Dios que han sembrado en sus temores:

“¿Es culpa mía si Dios me ha dotado de un corazón y de un alma? ¿Si me ha concedido el amor de lo bello, el anhelo de lo justo, la ambición  de lo grande? Y si ha sido su voluntad que yo sufriese esta terrible lucha entre mi naturaleza y mi destino, si me dio los ojos y las alas del águila para encerrarme en el oscuro albergue del ave de la noche, ¿podrá pedirme cuenta de mis dolores? Podrá decirme: «¿Por qué no aniquilaste el alma que te di? ¿Por qué no fuiste más fuerte que yo, y te hiciste otro y dejaste de ser lo que yo te hice?»”.

 

Sab declara una inocencia compartida con Dios y hace culpables a los hombres que creen que a ellos les corresponde la potestad de la franquicia del Hombre y el uso de lo divino y de lo humano como aditamentos-herramientas de la dominación. Lastimero, vencido, ¿resignado?, el mulato anticipa un alto precio aún por pagar ante la iniquidad y ante la explotación del hombre por el hombre.

 

La trilliza de los negados, el matrimonio:

En medio de aquella dominación: la casada y el mulato, la perfecta esposa y el fiel esclavo:

“¡Oh!, ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo eligen un dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad: pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: «En la tumba»”.

Aquel discurso es posible sólo en el desengaño de dos que han visto derrumbarse a sus inocencias; uno en la automaticidad de su condena, la otra en el trascurrir de un lustro de cadenas que la asfixian entre la opulencia. Carlota y Sab son iguales, lo son ante la voz de los fuertes, ante la exigencia, en tono afectuoso, de incurrir en la brutalidad que supone la resignación. Ante esa circunstancia, la de los sometidos a los inexorables de la espada y de la negación sacramental, el pensamiento se convierte en el mayor de los suplicios, se transforma en un peso que tiende a fortalecerse cuando lo aprendemos cual testimonio que atenta a los que tienen su fe puesta en las supremacías.

Sab anuncia la caída, pero no es más que la esperanza del que se apaga; la decrepitud se ratifica sobre mundos, sobre modelos, pero la esclavitud es presta a reinventarse, a sofisticarse, a reedificarse. Entre las versiones de mundos que se supone ya no existen, supervive el amor que distrae y no corre el riesgo de ver aniquilado a su candil.

Mientras los capitales viajan de geografía en geografía y los abolengos pagan a quienes gustan de edificarlos, el mundo no debe olvidar a sus esclavos, no debe ignorar a sus esclavas, de lo contrario, un mundo huérfano de entusiasmos, ya no tendrá tiempo para desaprender la fidelidad como a una cuestión de fantasmas y de animales de rutina.

 

 

 

 

 

 

 

[1] A considerar como tracción humana, el látigo no distingue entre “bestias” y el arreo suma impulso y amenaza al vacío de los reconocimientos.

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