3. La flor del tabaco-Trabajo – Jairo Henry Arroyo


Jairo Henry Arroyo Reina

 

 

Recibido: 30 de julio 2013. Aprobado: 20 de Agosto de 2013

 

 

Resumen

Este artículo se ocupa de presentar la novela La flor del tabaco escrita por Gregorio Sánchez Gómez, en su dimensión histórica en la medida que revela datos de las poblaciones protagonistas que son definitivos en una investigación que tome los textos literarios como fuente de conocimiento histórico.

 

Palabras clave: La flor del tabaco; Gregorio Sánchez Gómez; Novela colombiana.

 

Absrtact

This article deals with present La flor del tabaco novel written by Gregorio Sánchez Gómez in its historical dimension to the extent that data reveals that the protagonists are final populations in research that take literary texts as a source of historical knowledge.

 

Keywords: La flor del tabaco; Gregorio Sánchez Gómez; Colombian novel.

 

 

 

Algo había muerto en ella; jamás, de ahora en adelante, podría hallar encanto en lo que ayer fue causa de ingenuas alegrías para su corazón y de turbulentas dichas para su juventud inquieta, de muchacha curiosa y ávida: las fiestas tradicionales de San Juan, por el río abajo; los viajes a los centros comerciales, donde compraba con polvo de oro telas vistosas y baratijas; las pescas, cuya época se anuncia por el roncar del bocachico, y a las cuales concurren gentes numerosas de la región fluvial; las excursiones a la selva, a presenciar la caza de los venados, zainos y guaguas, o más cerca, a las labranzas, a coger las panojas, el fruto del árbol del pan y la cañíafístula.

 

Sánchez, Gómez Gregorio, La flor del tabaco. En: La novela semanal. Bogotá: 1924

 

 

La flor del Tabaco es una novela corta dividida en cinco capítulos precedidos por sus nombres respectivos. Fue escrita en 1924 en Roldanillo y publicada en La novela semanal la revista dirigida por el escritor Luis Enrique Osorio, a quién está dirigida la novela.

La flor del Tabaco es una novela de amor protagonizada por Felisa, una campesina ribereña del Río San Juan, de 18 años y a quién todos la conocen como La flor del Tabaco, y Alberto Zamudio, Ingeniero bogotano blanco de 30 años.

Es una novela narrativamente sencilla que provista de un narrador omnisciente describe los amores fallidos de los protagonistas anteriormente descritos. La historia se da comienzo con la descripción de un caserío ubicado en un recodo del Sanjuán y termina cuando Felisa muere decepcionada y triste, engañada y humillada por Samudio que al final asume la situación final como otra de las aventuras comunes que había tenido en la vida.

Este narrador omnisciente conoce lo que piensan los personajes, describe sus sentimientos y en el relato pasa de describir el personaje principal de un estado a otro: de hermosa, enamorada y alegre a ser una persona abatida, triste y rencorosa. La historia descrita linealmente logra articular el color de las voces de los campesinos del caserío en diálogos cortos y a veces intrascendentes, pero con descripciones lugareñas que logran impactar sociológica y antropológicamente a quién los lee con mayor atención

Por ejemplo, al describir el caserío manifiesta que:

 

En el ancho recodo que forman las aguas del San Juan, en aquel lugar apartado y agreste, levantase un caserío irregular, asimétrico, de construcciones toscas y humildes, a donde no parece haber llegado siquiera un vientecillo de la civilización material moderna. Las casas, verdaderos bohíos, están enclavadas caprichosamente en la ribera, avanzando la edificación hacia el corazón del monte, y dejan entre ellas grandes espacios desocupados y pasadizos que hacen el oficio de calles y que forman una red sinuosa y complicada. Aunque el caserío ocupa un terreno elevado, que baja en declive hasta tocar la margen fluvial, sus moradores tienen buen cuidado de mantener las viviendas a la mayor altura posible, por temor a las avenidas imprevistas del río, que cuando menos se espera se desborda turbulentamente anegando las tierras ribereñas y ocasionando males ingentes De aquí que, con lujo de previsión, cada cabaña tenga por cimientos fuertes guayacanes que la sostienen en el aire como un palafito y que le dan aspecto de palomar[1].

Más adelante prosigue:

 

El caserío mencionado es uno de esos hacinamientos desordenados de chozas, tan comunes en las riberas de los grandes ríos que bañan la región chocoana. Generalmente se hallan situados a gran distancia de los núcleos de población donde se concentran las febriles actividades del comercio, y muy apartados entre sí, como si cada uno pretendiera aislarse de los otros y desvincularse del mundo. Sus habitantes son aficionados a los viajes, y tienen un fiero apego a la vida libre, lo cual explica su predilección por la caza, la pesca y las excursiones. La minería, que da fáciles y pingües rendimientos, les gusta también pero por cuenta propia, pues no hay cosa que más detesten que depender de un patrón. Aman la molicie, el licor, las mujeres, y aunque temen y respetan la autoridad, poco la tienen en cuenta para sus actos, acaso porque la autoridad se encuentra habitualmente lejos[2].

 

Estas descripciones nos ponen ante los procesos de poblamiento en las riberas de los ríos y, particularmente, la interacción que se establece entre el espacio las diferentes prácticas de la comunidad. Terrenos apartados y agrestes, casas enclavadas en las riberas en la mayor altura posible y con cimientos de madera son rasgos que nos definen las formas de vida y las apropiaciones de estos lugareños. Igualmente se establece, aunque sin mayores precisiones, la diferencia entre el campo y el espacio urbano comercial. Pero quizás dónde mejor se pueden apreciar las prácticas que permiten la conversión de una geografía física y natural a un paisaje cultural es la construcción de la vivienda y la alimentación. Respecto a la primera sostiene:

 

… Las curiosas viviendas tienen algunas el techo cónico, lo que les da semejanza con los caneyes indios; sus paredes y suelos son de guadua; su cubierta de paja, hojas de iraca, o también de palma y guadua como las paredes y suelos. Contadas son las que se dan el lujo ostentar ventanas con barrotes de chonta y puertas con batientes de madera nueva y olorosa, o pintados con colores chillones. A todas estas residencias dan acceso unas escalas primitivas, de estructural rudimentaria, para ascender, las cuales es preciso ser equilibrista consumado pues están hechas de troncos delgados de árbol y de gruesos bambules con hendiduras de trecho, en trecho para apoyar el pie, y pueden ser quitadas a voluntad de los dueños. En el interior pueden verse bancos, baúles desmesurados con cerraduras antiguas, imágenes de santos y lechos empinados como barbacoa; no falta en los rincones la atarraya para las épocas de pesca, ni el haz de anzuelos de todo tamaño, ni la escopeta de fisto, ni el machete de hoja filosa y escalofriante, (…)[3]

 

No solamente nos da a conocer los materiales apropiados para construir las viviendas, bambules, guaduales, hojas de iraca y guayacán, materiales aportados por la naturaleza y que sirven para construir los techos, las paredes, el suelo y las escalas, sino que el escritor nos pone ante un conjunto de relaciones que van, como ya lo leímos, desde la ubicación en el territorio hasta la apropiación de los alimentos de origen animal pasando lógicamente por las tecnologías que usan, como por ejemplo, una escopeta de fisto, anzuelos y machetes.

En cuanto a las prácticas que tienen que ver directamente con la alimentación la novela plantea que:

 

Estos ribereños nadan lo mismo que un pez, saben echar el taco en los charcos, persiguen con perros el venado y la guagua por el jaral adentro. De cuando en cuando convergen hacia las regiones mineras o se van a lavar el oro y el platino en los puntos de libre mazamorreo. La agricultura no les seduce, limitándose por tanto sus actividades al cultivo del plátano, que se da espontáneamente, y de la caña, cuyo jugo almibarado chupan con deleitación. No se ve por ahí la sombra de una res, y es cosa inaudita escuchar el gruñido de un cerdo o el cacareo impertinente de un ave de corral. De manera que en estos vegetarianos parajes si se sirve a la mesa un trozo de carne, es traído de muy lejos, salado, ahumado y curado, y a precio de metal fino. En cambio, de las vigas de los techos, y de las cuerdas que tienden sobre el fogón, penden balanceándose majestuosamente, al amor del aire o del Humo, respetables lonjas de pescado y de animales de monte[4].

 

Es decir la combinación de múltiples actividades de distinta naturaleza como la caza y la pesca, con el mazamorreo del oro y el platino orientan las actividades productivas, que además permiten desplazarse de unos lugares a otros con plena libertad. También en la descripción del universo el narrador introduce un elemento clave: lo que no se ve, caracterizando de esta forma la tendencias pronunciada a un desarrollo de prácticas de caza y pesca, pero dejando bien claro su relación natural con algunos productos y sus prácticas de intercambio a través del oro ubicándonos en aspectos económicos.

Llama mucho la atención la percepción étnica y las clasificaciones tradicionales que se presentan en el relato novelesco. De entrada sostiene:

 

En aquel caserío, habitado por gentes de color cuyos rasgos étnicos presentan las más singulares variaciones (…)[5]

 

Y más adelante nos hace una caracterización étnica utilizando las categorías propias de clasificación utilizadas en la época colonial por parte del imperio español:

 

Esta población rural es una mezcla híbrida de razas, en que se ve desde el negro puro, pasando por el zambaigo, hasta el mulato y el cuarterón. Los indios moran de costumbre en sitios más retirados, congregados en tribus que procuran conservar sus usos y caracteres físicos; y en cuanto a los blancos se refiere, observase que prefieren vivir en los centros, al amparo de las comodidades que estos ofrecen. Es cosa común encontrar entre la gente de color apellidos ilustres como Mosquera, Córdoba, Caicedo, y hasta nombres antiguos, de legendaria fama; mas no se piense que ello se deba a herencia genésica: nadie ignora probablemente que antes de la manumisión los siervos tomaban el apellido de sus señores y lo transmitían a sus sucesores[6].

 

Este universo étnico que tiene en cuenta a los blancos y a los indios establece relación entre el afromestizaje y los apellidos reconocidos y propios de las familias esclavistas, estableciendo de esta forma indicios de reconocimiento del territorio. Otro aspecto importante dentro de este universo es la denominación de la población como “población rural”, hecho importante a la hora de un análisis histórico, pues nos libera de cualquier irregularidad anacrónica.

También la percepción étnica del relato incluyó la descripción pormenorizada del cuerpo. Una descripción de este tipo fue realizada teniendo en cuenta a Felisa, la protagonista de la novela. Con metáforas muy cercanas a nuestro mundo cultural rural como “tinte mate”, “pelusa de mazorca”, “color de la canela” y “pulpa tierna del cacao” nos objetiva el cuerpo femenino:

 

(…) los cabellos ondeados, endrinos, abundantes y suaves como la pelusa de las mazorcas (…). Más que todo en ella sorprendía y agradaba el tono de la piel, de un tinte mate indefinible, semejante al color de la canela; y su apariencia mórbida, fresca y pulida como si la hubieran amasado con la pulpa tierna del cacao[7].

 

ASPECTOS GENERALES

 

Son solo dos personajes con sus nombres propios los que soportan la historia del relato y la comunicación en si misma. Felisa Morcillo y Alberto Zamudio. Estos personajes carecen de relaciones sociales objetivas y uno solo de ellos, Felisa, es presentada con historia. Al respecto el autor sostiene

 

La protagonista de esta historia se llamaba sencillamente Felisa, y como era hija del amor natural llevaba el apelativo de su madre: Morcillo. Fue su padre un extranjero que anduvo por Allí en busca de minas, y que después de cambiar por chucherías un Potosí de metales, desapareció de la noche a la mañana dejando a su progenitora encinta y con un mísero puñado de monedas. Pero las gentes del caserío, especialmente los mozos, la rebautizaron con el remoquete de Flor del Tabaco, y así era conocida de todos[8].

 

Como podemos observar el relato ha trazado para nuestra protagonista una historia trágica parecida a la de su madre (que no aparece con nombre sino con apellido, y tampoco aparece el nombre propio de su padre). Una historia sin el apellido de su padre y que parce culminar en la muerte. Aspectos dolorosos que plantea Gregorio Sánchez cuando novela a los sectores populares, especialmente a las mujeres.

En la descripción de Felisa el escritor también recurre a las descripciones pormenorizadas del cuerpo dándole importancia, en este caso al contraste de los colores y resaltando tanto el cuerpo como los atuendos que lo adornan:

 

El vestido de la moza era pintoresco: una camisa blanca, que dejaba al descubierto los brazos magníficos y parte del pecho, ceñía el busto de apretados contornos; de la cintura para abajo, dibujando con trazo audaz la curva de la cadera, caía graciosamente hasta media pierna una pollera azul de indiana sin adornos. Grueso collar de hilos de chaquiras circundaba su cuello; en las muñecas tenía rojas manillas, y zarcillos de coral, de forma de grandes aros, en las orejas[9].

 

Como ya dijimos este narrador omnisciente tiene un pleno conocimiento de los aspectos más mínimos que suceden en la historia de la novela. Presenta preferencia por un personaje como Felisa que además de ser mujer, hace parte de la gente negra y habita en un caserío del pacífico colombiano. Aspectos que logra oponerlos en la novela cuando nos describe a Samudio como hombre blanco, ingeniero, de la ciudad y con más edad. Preferencias, oposiciones y dos aspectos claves para estudiar en profundidad. El autor le da la palabra a los personajes y nos permite a todos como lectores conocer la forma como hablaban, como se expresaban los habitantes de este caserío, y paralelamente utiliza directamente su voz de narrador omnisciente para mostrar sus desacuerdos políticos y su denuncia. Por ejemplo, cuando sostiene “Yanquis, propietarios de Quibdó e Istmina”, igualmente al hacer referencia “… y que para nadie es un secreto que acudían a llevarse la riqueza regional a cambio de un puñado de águilas”, o cuando sostiene “Cumbia regional, degeneración del bambuco clásico”.

 

A pesar de su preferencia y su defensa por uno de los personajes-que puede ser asumido como la defensa de ciertos valores y preferencias sociales-el autor no puede ocultar en su relato de la historia de vida de Felisa (hija de un amor natural), aspectos claves del padre (que nunca menciona) y de la madre que vivió en tragedia, y que podemos ubicarlos como indicios de estructuras de sentimiento o de experiencia como las suele llamar Raymond[10], o lógicas de la vida práctica como las denomina Bourdieu[11]. Estos indicios nos sirven para mantener no solamente la tesis de que el autor logra colocar al modernismo colombiano de las primeras décadas del Siglo XX una significación trágica y un reproche continuo, también y, sin proponérselo, deja al descubierto que la tragedia social está ligada a la historia, a las relaciones y a los mismos sentimientos de los personajes que asumen sus vidas.

 

 

 

[1] Pp. 299

[2] Ibid. Pp. 301, 302

[3] Ibid. Pp. 300

[4] Ibid. Pp. 300

[5] Ibid. pp. 301

[6] Ibid. Pp. 302

[7] Ibid. Pp. 301

[8] . Ibid. Pp. 302

[9] Ibid. Pp. 305

[10] Williams, Raymods. Marxismo y literatura. Barcelona: Ediciones Península, 1988.

[11] Bourdieu, Pierre. Bosquejo de una teoría de la práctica. Buenos Aires, Argentina: Editorial Prometeo, 2012

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