2. Diana Cazadora


Enrique Santos Molano

 

 

Recibido: 12 de julio 2012. Aprobado: 20 de Agosto de 2012

 

 

Resumen

Este artículo versa sobre la novela Diana cazadora de Clímaco Soto Borda, prosa caracterizada por el humor sostenido y formidable. La importancia que tuvo De sobremesa novela de José Asunción Silva en la obra de Soto Borda es motivo de diversos cuestionamientos sobre la imitación y la inspiración, aludiendo desde el ejercicio del lector / escritor al palimpsesto que encierra cada obra de arte. Novela jocosa y divertida, construye una versión caricaturesca de la sociedad de la época, retratada por el continuador de toda una tradición literaria.

 

Palabras clave: Clímaco Soto Borda, Diana Cazadora, Novela colombiana

 

Abstract

This article is about the novel Diana Cazadora by Climaco Soto Borda, prose characterized by sustained and formidable humor. The importance that novel De sobremesa by Jose Asuncion Silva in the Soto Borda’s work is motive of various questions about imitation and inspiration, citing from the exercise to the reader / writer palimpsest enclosing each artwork. Humorous and funny novel, build a cartoon version of the society of the time, portrayed by the continuation of an entire literary tradition.

 

Keywords: Clímaco Soto Borda, Diana Cazadora, Colombian novel

 

 

Cuando Clímaco Soto Borda publicó su novela en 19151 la obra, escrita en 1900, cumplía quince años de expectativas entre los admiradores de Casimiro de la Barra, quizá el periodista más leído y famoso de su tiempo. Fue recibida con la natural alegría y una lluvia de aplausos. Se la consideró la “novela bogotana” por excelencia, aunque no había otra a la que aplicarle esa bogotaneidad, excepto El Mudo, de Eladio Vergara (1848), primera y única novela urbana de ambiente bogotano que se editó en el país hasta la aparición de Diana Cazadora. La lluvia de aplausos para Soto Borda fue casi unánime, exceptuadas algunas consideraciones adversas, como la de declararlo “muerto… literariamente” por parte de los conservadores, a quienes el autor trata con bastante aspereza en su novela.

Cometió Soto Borda, antes de escribir, e incluso antes de soñar la Diana Cazadora, un error pecaminoso mayúsculo, del que con seguridad nunca tuvo conciencia, ni tiempo, ni ganas para arrepentirse. Haber leído los manuscritos de la novela de José Asunción Silva, De Sobremesa, le hizo mucho daño, pues Soto Borda, como es notorio en el texto y en el contexto de su libro, se obsesionó en imitar a su admirado amigo y maestro, y sólo consiguió una mala imitación.

Algunas de las críticas favorables a Diana Cazadora provenían de amigos de Soto Borda, y no eran, ni podían ser imparciales, como tampoco lo eran las críticas desfavorables de los conservadores. Dice por ejemplo, Luis María Mora, mejor conocido como Moratín: En Diana Cazadora “hay cuadros de hiriente y sórdido realismo y páginas de helado pesimismo. Sus personajes se fijan para siempre. Su prosa es fluente y rica en vocablos vernáculos. Su estilo no se puede comparar con el de escritor alguno, y en él relampaguean sorprendentes imágenes, atrevidas metáforas, graciosos e inesperados símiles, todo dentro del más puro y deslumbrante ambiente semisantafereño”.2 A estas exageraciones puede oponerse el más pensado y razonado análisis del historiador de la literatura colombiana, Antonio Gómez Restrepo: “Esa novela es realista, y aun toca con el naturalismo, por la crudeza de ciertas escenas; pero de esa desnuda descripción de los bajos fondos sociales, de esa odisea trágico-cómica de joven libertino al través de los escollos y bajo el imperio de Circes que convierten a los hombres en puercos, se deduce una lección moral, reforzada por la descripción, hecha con minuciosidad clínica, de la muerte del héroe, víctima de prematuro agotamiento”.

Clímaco Soto Borda fue un humorista excelso, y esa virtud constituyó el segundo mayor defecto –después del intento de imitar a Silva—que padeció Diana Cazadora. Dickens, humorista genial, siempre subordinó el humor a la novela y de ahí que lograra construir una monumental obra narrativa. Soto Borda subordinó la novela al humor, y la narración, la trama y los personajes se le ahogan en el mar de risa que producen sus apuntes y gracejos. “Serían las seis y media cuando empezaron a sonar las seis en los campanarios”, es el chispazo inicial de la novela, prometedor en cuanto a que nos permite esperar que detrás de ese aperitivo risueño vendrá un banquete literario, con personajes cuya psicología nos estremecerá tanto como nos hace reír el fino ingenio de Soto Borda, y una trama que nos agarre y que no nos suelte hasta la última página. En verdad, el banquete se minimiza en modestos platos de comida criolla, sazonados con el humor sostenido y formidable que caracteriza la prosa de Soto Borda. Ni aun el magnífico nivel literario evita el desastre narrativo. La trama es simple, los personajes también. Un joven libertino que sólo brilla por la estupenda descripción de su agonía y muerte; un hermano abnegado y escéptico que no es capaz de salvar a su extraviado pariente y cuyo escepticismo es más bien indolencia; una prostituta cuya maldad no produce ni lástima. Los únicos personajes que tienen algún relieve, porque sí representan a ciertos especímenes de la vida bogotana –inclusive de la de hoy—son los secundarios, el bueno de Pelusa, el bribón de Manzaneque y la celestina doña Eufracia Cavral (sic), los únicos que, concluida la novela, perduran por un rato en el recuerdo del lector. Los demás son insípidos e incoloros.

Soto Borda escribió Diana Cazadora entre enero y junio de 1900, encerrado en su casa, mientras pasaba la guerra. Tenía a la mano todos los elementos para haber forjado una novela colosal sobre los Mil Días. Conocía bien a los protagonistas del conflicto, conocía como ninguno el ambiente bogotano –que acierta a describir a medias—las personalidades que en el se movían, las intrigas políticas y palaciegas. La misma guerra le hubiera dado tema de sobra, con personajes legendarios como el valeroso y sapiente guerrillero Ramón Marín o el patibulario Arístides Fernández. También habría tenido tiempo para escribirla con calma y con algo de distancia sobre los sucesos, mientras se desvanecía el efecto obnubilador, que no consiguió asimilar, de la novela de Silva. Una lectura comparada de De Sobremesa y de Diana Cazadora nos da idea, sin mucho ahondar, de hasta dónde se impresionó Soto Borda con el estilo de Silva y quiso plasmar algo semejante; pero basta con leer los finales para comprobar lo dicho. Termina así la novela de Silva: Adormecíase en la semioscuridad carmesí del aposento. El humo tenue de los cigarrillos de oriente ondeaba en sutiles espirales en el círculo de luz de la lámpara atenuada por la pantalla de encajes antiguos. Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta, y en el fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzing, los átomos de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda, fantástica como un cuento de hadas”. Y la de Soto Borda: “Estaba pensativo, trágico, mirándolos arder. La llama, como un fuego fatuo, corrió unos instantes sobre los extraños papeles, que sollozaban al quemarse; y en tanto que maquinalmente aquel hombre escéptico encendía un cigarrillo, y que, como un ave gris, plegaba sus alas la ceniza, un hilo débil de humo se escapaba por el balcón y se perdía en el aire como un espíritu.

 

En resumen, las virtudes de Diana Cazadora se fincan en el humor soberbio y en la bien trabajada prosa con que está escrita; y sus defectos, en la poca credibilidad de los personajes y en la debilidad de la trama. Al poner en la balanza las unas y los otros, se inclina hacia las virtudes y nos invita a leerla, pues se deja leer, sin buscar en ella nada distinto al goce que encontramos ante el ingenio bogotano en acción. Que ya es bastante.

 

La vida chispeante de Casimiro de la Barra

Clímaco Soto Borda nació en Bogotá el 22 de febrero de 1870. De ingenio fácil, y de inspiración poética a mano, su vocación auténtica era el periodismo, como él mismo lo confiesa por boca de su personaje Fernando Acosta que, antes de caer en los pérfidos brazos de Diana, era un periodista a fondo: “Por encima de todas sus aficiones, como un manto luminoso se desenvolvía el periodismo, su pasión más fuerte hasta entonces. En su cuarto, atestado de periódicos de todo el mundo, entre los montones blancos de papel, sobre una alfombra de hojas sueltas y recortes, se caminaba como en el Polo, por entre bancos de hielo. Allí, moviéndose, con sus chinelas de piel de ternero, su cachucha, su gran bata, la pluma en la oreja, la pipa de ámbar en los labios, flaco, exangüe, ojeroso, las pupilas ardientes llenas de curiosidad, parecía un repórter del Herald tomando notas en el corazón de la Groenlandia. Ninguna carrera para el tan generosa, tan brillante como la del periodista, a un tiempo médico, abogado y sacerdote auténtico del progreso humano. Noches enteras, al amor de una lamparilla rosada cuyos reflejos sanguíneos lo rejuvenecían, llenaba páginas y páginas de menudos signos negros que se movían como insectos sobre planchas de mármol; a veces animaba los párrafos escribiéndolos con tinta roja y se veía la hoja blanca, llena de puntos sangrientos, como la espalda recién azotada de un penitente. Gratis et amore, como es de estilo aquí, logró hacerse colaborador de un periódico, al que enviaba gacetillas, cuentos cortos y crónicas sociales y de teatros, todo anónimo. Se sentía Director en jefe de un gran diario. Veía el Despacho lleno de reporteros, de colaboradores, de poetas inéditos suplicantes, de anunciadores, de agentes viajeros, de empresarios de teatros, de políticos, de literatos. Oía la algazara de los muchachos que en ola abigarrada y movible invadía la Administración para regarse luego por las calles como una bandada de pájaros vociferantes. Sentía el olor fresco y húmedo de las docenas recién sacadas de la máquina. A lo lejos, como un himno a Gutemberg, el canto de las prensas, los gritos de los empleados, el trajín de los tipos, el caer del agua que moja las resmas, y cerca, muy cerca, como un frote de alas, o como rezos en voz baja, el ris ras de las plumas de acero sobre las cuartillas satinadas”3.

Todo esto es una descripción, en prosa muy fina, de lo que había sido la vida, no de Fernando Acosta, el libertino, sino del propio Clímaco Soto Borda, el bohemio, desde que publicó en 1893 su primer artículo, en El Correo Nacional, hasta el momento en que, siete años después, escribió Diana Cazadora, mientras se abaleaban y se destripaban en los campos los jóvenes liberales y los jóvenes conservadores.

 

 

De C.S.B. a Casimiro

Clímaco Soto Borda ingreso en la vida periodística con un artículo4 en el que relata la graciosa historia de unos binóculos parlanchines que le sirven de repórter y espía en un palco del Teatro Municipal de Bogotá. La crónica atrajo la atención de los lectores sobre el dueño de las iniciales C.S.B., que desde su primera salida consiguió colocarse entre los periodistas más leídos, cuyos artículos garantizaban lectura entretenida y un rato agradable, y poseían la particularidad de que, aun cuando estuvieran firmados con las referidas iniciales, o vinieran anónimos, los lectores siempre atinaban a descubrir al autor. Soto Borda llegó a ser en esos años el anónimo más famoso del país. Su primera “desnudada poética” la hizo al año siguiente en el principal diario del país, con unas rimas que le ganaron la felicitación del mayor entre los poetas e intelectuales jóvenes de Colombia, José Asunción Silva. Las Rimas decían:

En las hojas de un álbum de rimas y canciones

El ramo que me diste de frescas ilusiones

Guardé al caso un día.

Ayer abrí el libro, cerrado largos años,

Y hallé las ilusiones que en el dejado había

Muertas sobre una estrofa llamada desengaños5.

 

A partir de entonces Soto Borda se consagra al periodismo y a la poesía y se convierte en una de las figuras dominantes de la vida intelectual y bohemia colombiana. Organiza en 1894 un movimiento para hacer un álbum poético en homenaje al padre León Caicedo y convence a José Asunción Silva para escribir el prólogo; forma, en 1895, con Jorge Pombo Ayerbe, el dúo inolvidable de Cástor y Pólux, cuyos primeros chispazos, aparecidos en El Sol, que dirigía Pombo, causaron sensación; y para realizar sus anhelos de tener periódico propio, funda en febrero de 1897 un quincenario, El Rayo X, (dirigido por Casimiro de la Barra) cuyo éxito no aguardado, al primero que sorprendió fue al mismo Soto Borda, que seis meses más tarde se asoció con Federico Rivas Frade para convertir El Rayo X en diario matinal, un milagro periodístico que superó en circulación a todos sus rivales y logró tirajes de entre diez mil y quince mil ejemplares diarios, basado en los artículos jocoserios de Soto Borda, en sus Siluetas Parlamentarias, en los chispazos de Cástor y Pólux y en la sapiencia periodística de Casimiro de la Barra que sabía combinar lo que los lectores querían con lo que el quería para los lectores.

El Rayo X hace honor a su nombre y saca virulentas radiografías de la sociedad y de la política colombianas, lo que provoca que Soto Borda y Carlos Tanco –director de El Progreso, gobiernista—se den de palos en la calle cuando Tanco agredió a Casimiro de la Barra por unas burlas que le dedicó en el Rayo X.

Vocero de la oposición liberal, El Rayo X era, en manos de Soto Borda, arma temible que disparaba dardos de este tenor: “Cable claro. Caracas catorce: conservadores convencidos continuamos, continuando, continuamente, continuación candidatura caliente. Conversamos con candidato conservador. Consiente continuismo con condición cobrar cuantiosas cuentas cajas Colombia”6. O de este otro: “Según se nos ha dicho, la entrada para los candidatos nacionalistas es más barata…por ser menores de edad”.7 El joven candidato nacionalista a la presidencia, doctor Sanclemente, tenía 85 años, y el imberbe candidato a vicepresidente, señor Marroquín, 72.

Como el personaje de su novela, Soto Borda estaba dominado por la pasión de la bohemia, por el trago y por las muchachas bonitas. Su colega Rivas Frade no le iba en zaga. El éxito periodístico de El Rayo X fue superado por su hecatombe económica. Rivas Frade tuvo que retirarse a finales de 1898 y Soto Borda vendió el periódico a Modesto Garcés y se retiró en febrero de 1899. La calidad periodística del diario decayó, se alejaron los suscriptores, y fue cerrado en julio de 1899.

Liberado de la responsabilidad abrumadora que significa dirigir un diario, Soto Borda, a partir de marzo del 99, reanudó su tarea periodística, como columnista de La Crónica, que dirigían José Camacho Carrizosa y Carlos Arturo Torres. Sus columnas Nada Sobre Nada y Cosas que Pasan, ágiles y modernas, aumentaron la circulación de La Crónica, no los ingresos del autor, que hubo de complementarlos con colaboraciones en otros diarios: El Autonomista de Rafael Uribe Uribe, dirigido por Maximiliano Grillo, y El Globo, que lo contrató como jefe de redacción, si bien continuó con sus columnas en La Crónica, hasta que en julio, durante un paseo al Salto de Tequendama, se cayó del caballo en que montaba y se partió un brazo. Poco después estalló la guerra, y Clímaco Soto Borda, con su sosia Casimiro de la Barra, se encerró en su casa y, sin nada mejor que hacer, se dedicó a escribir Diana Cazadora.

 

De La Gruta al Salpique

A mediados de 1901 ya Soto Borda había consignado su novela entre un cajón y aguardaba, como todos, el fin de la guerra, que parecía inclinarse a favor de los conservadores, no obstante la incapacidad del ejército para vencer las guerrillas liberales que pululaban por el país. En octubre se juntaron Soto Borda y Julio Flórez y aprovechando que Marroquín, deseoso de abrirle espacios a la paz, había aflojado un poco el decreto sobre restricción a la circulación de periódicos, publicaron uno literario con el título de Oriente, del cual no existen ejemplares en nuestras bibliotecas, y las noticias que de él tenemos provienen del suelto de saludo que le hace el diario vocero del gobierno.8

Las buenas intenciones de Marroquín no eran secundadas por su ministro de guerra, Arístides Fernández, que, con irritación enfermiza, perseguía a los liberales. Julio Flórez fue detenido y llevado al panóptico, junto con otros cinco mil presos políticos, allí hacinados y maltratados. El problema de perseguir a un gran poeta, como pudo comprobarlo el ministro Fernández, es que se corre el riesgo de ser inmortalizado en cuatro sonetos Al Chacal de mi Patria, que Julio Flórez le dedico a su perseguidor, a quien en adelante todos llamaron “El Chacal Fernández”.

Para mediados de 1902 la paz era cosa de meses, se levantó la prohibición contra la prensa y circularon con toda libertad los diarios de uno y otro partidos. José Manuel Pérez Sarmiento y Enrique Olaya Herrera editaron El Comercio, diario en el que invitaron a Soto Borda como colaborador permanente y él les dio la columna Notas al Vuelo, que los lectores sorbían, así como crónicas y notas.

En 1903 Soto Borda, contertulio de la legendaria Gruta Simbólica, agrupación de poetas que, durante los días de la guerra se reunían para beber y hacer versos, publicó el semanario literario La Gruta.

Al cabo de dos años recordó Soto Borda que su compañero Casimiro de la Barra permanecía encerrado y lo rescató con una columna, Retazos Rojos, en El Nuevo Tiempo de Camacho Carrizosa y Carlos Arturo Torres, que en 1905, por solicitud del nuevo propietario de El Nuevo Tiempo, Ismael Enrique Arciniegas, fue sustituida por otra, denominada Baccará, una obra de arte del periodismo de opinión y del humor cotidiano.

Muchos de sus amigos le insistían que publicara su intrigante novela Diana Cazadora, a lo cual Soto Borda se negaba, consciente de que la obra tal vez era inferior a las expectativas que había creado. En cambió recopiló los cuentos dispersos en distintos periódicos, añadió varios inéditos, y dio a luz el volumen Polvo y Ceniza, que apareció en las librerías en febrero de 1907. El 22 del mismo mes y año lo nombraron redactor de la Revista de la Paz, un semanario ilustrado que, dado el prestigio de Soto Borda, tuvo la mejor acogida.

En esta época su carrera periodística padeció un traspiés por incidente originado en la admiración irrenunciable de Soto Borda por el bello sexo, y que terminó con las barbas del poeta en la cárcel. “En sus buenos tiempos de bohemio galante, tuvo Clímaco Soto Borda que habérselas con la Justicia por el rapto de una linda muchacha que se dejó cautivar con el hechizo de los versos del poeta. En el oscuro calabozo a que fue recluido escribió Clímaco la siguiente décima, chispeante como una burbuja de champaña:

Amor: por ti me hallo preso

como un caco en la Central;

fue un pecado original

que dio principio en un beso.

Ruede la bola: el proceso

Seguirá hasta el infinito;

Pero no, no estoy contrito,

Porque alegre con este caso,

Solo pienso en lo sabroso

Que es el cuerpo del delito.9

 

Soltado a instancias de todos, incluida la víctima del rapto, Soto Borda se fue a pasar unos días de descanso en Girardot.

Prosiguió su labor de columnista en los diferentes diarios y revistas que aparecían y desaparecían en Bogotá, y en 1912 volvió a las librerías con Salpique de Versos10 un volumen que ponía el ingenio de Soto Borda, con su vena romántica y sentimental, “al alcance de todos”.11

 

Diana Cazadora

Entre 1910 y 1915 Soto Borda fue el Rey indiscutible de los comentaristas bogotanos. Los diarios se peleaban sus columnas –Mangas de Chaleco, Dominicales de Gaceta, Cosas que Pasan, Grano de Arena, etc.—y los lectores se multiplicaron, pero la persistencia de Casimiro de la Barra en frecuentar la barra… rociada de aguardiente, disminuía su credibilidad y menguaba su influencia. En 1915 el clamor por Diana Cazadora se hizo insoportable. Entonces su amigo David Salgado Gómez –menos conocido por su nombre de pila que por su seudónimo de El Doctor Capirote–, dueño de la Imprenta Artística Comercial, se ofreció como editor. La novela entró en prensa en julio de 1915, noticia que celebraron con ruidosos aplausos los diarios de Bogotá, y con publicación de capítulos inéditos y notas semi críticas. Por ejemplo:

Quince años durmió sueño de olvido, en antigua gaveta doméstica, el manuscrito original de Diana Cazadora, la novela bogotana de Soto Borda. Hoy su autor ha exhumado, cariñoso y reconocido, esa reliquia inédita de la literatura nacional, y antes de un mes estará en las vitrinas de los libreros, en humilde traje de edición indígena, pero orgullosa de triunfar sobre tanto librote ultramarino ataviado artísticamente.

 

Por mucho tiempo Diana Cazadora fue un fantasma inquietante y esquivo, y más que una novela, una leyenda. Hablóse de ella en todos los cenáculos en que se ejerce oficial y extraoficialmente el feo vicio de las Letras, como de un producto definitivo de nuestro ambiente literario. Algo semejante a lo acaecido con De Sobremesa de José Silva, que todos pretenden haber leído en las propias cuartillas del poeta, y de la cual nadie conoce más que fragmentos aislados, rotos, inconexos. El público letrado y el iletrado van a saber al fin si el entusiasmo que Diana Cazadora despertó entre los íntimos del autor, debióse, en verdad, al mérito de la novela o a la facilidad con que “el don de simpatía” –de que habló De Gourmont—hace prosélitos al calor de la charla de sus camaradas.

Soto Borda escribió esas páginas, acaso las más intensas, en pleno vigor intelectual, en pleno florecimiento, cuando aun el minotauro del periodismo diario no había devorado las mejores energías de aquel cerebro de excepción. En Diana Cazadora hay mucho de esta vida bogotana, artificialmente complicada y en el fondo tan diáfana y corriente como agua de Padilla. Es un fiel trasunto del medio, con todos sus encantos y defectos; algo que llegará a ser tan familiar para nosotros como el cerro de Monserrate o el Mono de la Pila. No aspiró Soto Borda a hacer novela de costumbres sudamericanas como lo quiso Lorenzo Marroquín con su abultado panfleto de Pax, cuya celebridad terminó el día en que dos oscuros malhechores derribaron a golpes de hacha la erguida cabeza del caudillo liberal.12 Soto Borda limitó su escenario al solo plano de Bogotá; no pugnó por salirse del mapa y de ahí que su obra tenga sangre y espíritu de todos nosotros. “Pelusa”, Ese actor de apariencia secundaria en la trama novelesca de Diana, deslízase al través de los capítulos, inquieto, vivaz, riente y feliz de ser bogotano y de ser “Pelusa”. Porque aquí “Pelusa” es legión. Todo bogotano tiene algo de Pelusa, como todo español tiene algo de Quijote.

Contemporáneas de Diana Cazadora tiene Soto Borda dos obras más: las Páginas Rojas, que es un diario cómico de la guerra, un anecdotario de aquella época del terror en que Roberto Bulla salía, por las noches, a torear patrullas con una silla de extensión al brazo, y una estearina13 y un libro entre el bolsillo.

Jonás Benjumea es otra novela, de más médula y más intención social que Diana Cazadora, pero aun inconclusa. Sin el calor de su edad de oro literaria ¿tendrá todavía Soto Borda bríos, ilusiones y voluntad para terminarla? y ¿hallará un Conde de Osuna que se la edite, sin necesidad de cobrar con creces tan flaco servicio queriendo unir su nombre al del cautivo de la torre de Juan Abad?

Pasarán los años e irá también Soto Borda “a dormir sus insomnios de la vida en el lecho de la tierra”; pero aun vendrán varias generaciones, sin que vuelva a brillar en Colombia un ingenio tan auténtico como el suyo, tan millonario en sprit y tan pródigo de sus dones con los pobres de intelecto y de gracia”.14

Diana Cazadora cazó las librerías bogotanas a principios de septiembre. Su éxito no se hizo de rogar. Una obra que durante tantos años había dado tanto de que hablar, no podía durar en las vitrinas, y antes de que el público asimilará el torrente de comentarios y elogios, el libro se agotó. Entre los calificativos que se le dieron, quizá el más adecuado y exacto sea el que trazó el propio autor en un aviso innecesario que redactó para promocionar su obra: “Diana Cazadora, novela agri-dulce, joco-triste y melo-alegre de Clímaco Soto Borda.”15

No sabemos que pasó con las Páginas Rojas, que al parecer estaban completas, ni con la inconclusa novela Jonás Benjumea, que, como lo profetiza el comentario citado, Soto Borda no tuvo fuerzas, ni ánimos para escribir. Diana Cazadora, una consagración publicitaria y un justo reconocimiento a su tarea periodística y poética de más de veinte años, no le representó a Soto Borda un solo peso extra para sus bolsillos menguados. Todo lo apañó el editor para resarcir los gastos y para evitar que Soto Borda “se lo bebiera”.

Sus últimos años fueron tristes. Vivía con su madre en una casita modesta, en la mayor pobreza, y para colmo de dichas la vivienda fue destruida por un violento invierno en 1918. Afectado por una pulmonía, Clímaco Soto Borda murió el 18 de agosto de 1919, a los cuarenta y nueve años. Poco antes había trazado su Autosilueta:

¿Quién soy? ¿Qué hombre sabe quién es? Yo lo ignoro.

Y acaso en mi vida lo llegue a saber:

El “nosce te ipsum” muy poco me afana:

Mejor a los otros será conocer.

Mi patria, mi nombre, mi raza, mi sangre,

Ni mueren mañana, ni vienen de ayer:

Me encanta de Hamlet el “ser o no ser”.

¿La vida? Qué hermosa, que grande una vida

que el Amor y el Arte van a embellecer.

¿La muerte? Quién sabe si una buena noche,

una pesadilla o un amanecer…

Amigos, fortuna… si existen, ¡que vengan!

Yo adoro a mi madre y amo a “la mujer”.

Y glorias y olvidos, pesares y dichas…

Riramieuxquirira le dernier.

 

De último o de primero, quien lea Diana Cazadora reirá mejor, sin duda.

1Diana Cazadora. Novela por Clímaco Soto Borda –Casimiro de la Barra-. Escrita en la guerra de 1900. Bogotá-Colombia. Imprenta Artística Comercial. Carrera 6a No. 299. 1915.

2 Luis María Mora: la novela de Soto Borda, en Historia de la Literatura Colombiana, por José J. Ortega Torres, p. 631. Editorial Cromos, Bogotá, 1935.

3Diana Cazadora, op. cit, pp. 124-125.

4 C. S. B.: Mi Repórter. El Correo Nacional, Bogotá, octubre 9, 1893, No. 895, p. 2

5 Clímaco Soto Borda: Rima. El Telegrama, Bogotá, mayo 1, 1894, No. 2.253, p. 2

6El Rayo X, Bogotá, julio 1, 1897, No. 45, p. 3.

7El Rayo X, Bogotá, noviembre 6, 1897, No. 102, p. 2, col 4)

8La Opinión, Bogotá, octubre 17, 1901, No. 341, p. 1.362.

9Gil Blas, Bogotá, noviembre 4, 1919, No. 2.425, p. 1.

10Casa Editorial Aguila Negra, Bogotá.

11Gil Blas, Bogotá, may. 30, 1912, No. 251, p. 3, col 1.

12 Se refiere al asesinato de Rafael Uribe Uribe, ocurrido el 15 de octubre de 1914. La novela de Lorenzo Marroquín y José Rivas Groot, Pax, (aparecida en 1907) se escribió con el único propósito de atacar y ridiculizar las figuras de Rafael Uribe Uribe, de Marco Fidel Suárez de Miguel Antonio Caro y de José Asunción Silva.

13 Especie de linterna iluminada por una vela esteárica.

14Gaceta Republicana, Bogotá, julio 5, 1915, No. 1.806, p. 3.

15 Gaceta Republicana, Bogotá, octubre 15, 1915, No. 1.892, p. 6.

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