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Acceso y
distanciamiento
Juan Manuel
Cuartas R.
Resumen
El
asunto de la relación entre Ficción e Historia es presentado aquí como un
tipo de movimiento de acceso y distanciamiento, al no tratarse de lo
mismo, la historia reclama objetividad que sólo puede brindarle el
testimonio veraz, cualquier variante de este precepto puede significar el
ingreso de la ficción en la historia. Por su parte, la ficción tiene como
recurso la palabra, elemento primordial de la vida personal, de los
contornos sociales y de los momentos históricos. La reflexión está
acompañada de las consideraciones de Paul Ricoeur, su esfuerzo
hermenéutico por distinguir el papel de solidaridad y contaminación
textual que realizan historia y ficción. En la parte final la novela La
multitud errante, de Laura Restrepo, nos permite observar los oficios
de historia y ficción y llegar a algunas conclusiones.
Resumo
A relação entre ficção e história é
apresentada como un tipo de movimento de acesso e istanciamento. Por não
ser a mesma coisa, a história reclama objetividade que só poder ser dada
por um testemonio veraz; qualquer variante deste preceito pode significar
o ingreso da ficção na história. Por outro lado, a ficção tem como recurso
a palabra, elemento primordial da vida pessoal, dos entornos sociais e dos
momentos históricos. A reflexão está acompanhada das considerações de Paul
Ricoeur, um esfôrço hermenêutico por distinguir o papel da solidariedade e
contaminação textual que realizan história e ficção. A parte final da
novela La Multitud Errante, de Laura Restrepo nos permite observar
os oficios da historia e da ficção e levam a algunas conclusões.
Abstract
The subject of the relationship between fiction and history is presented
here as a type of ovement of access and distancing. The two are distinct.
History lays claim to the objectivity that can only be offered by truthful
testimony; any variant of this precept can mean the admission of fiction
into history. For its part, fiction has as recourse the word, which is the
fundamental element of personal life, social environment, and historical
events. The reflection is accompanied by the considerations of Paul
Ricoeur, his hermeneutic effort to distinguish the role of textual
solidarity and contamination played by history and fiction. In the last
part of the novel La Multitud Errante, by Laura Restrepo, we are
permitted to observe the role of history and fiction and arrive at some
comparative conclusions.
Acceso y
distanciamiento
«Como
si la humanidad fuera un género que admite dentro de su lugar lógico, de
su extensión, una ruptura total, como si al dirigirse hacia el otro
hombre, se trascendiera lo humano. Y como si la utopía no fuera el destino
de una maldita errancia, sino la claridad donde el hombre se uestra: “en
la claridad de la utopía […] ¿Y el hombre? ¿Y la criatura? ¯en tal
claridad”»
Emmanuel Levinas, Sens et Existente Siempre es posible partir de las tesis
de Paul Ricoeur que discuten las concepciones lógicas acerca de la
referencia; si para algunos autores el problema de la referencia sólo es
válido plantearlo en las proposiciones descriptivas, para Ricoeur en
cambio las obras poéticas también designan un mundo, y son como tal un
recurso para el conocimiento, la indagación y la reflexión.
En la
que podríamos denominar desde un principio función de ausencia, planteada
desde el discurso poético, es posible distinguir una versión
complementaria de la referencia ontológica; dicha función consistirá
fundamentalmente en privilegiar lo ausente desplegando otras posibilidades
o concitando otras opciones del lenguaje. Cuando volvemos la atención no
hacia lo presente, sino hacia lo ausente, nos enfrentamos con un ejercicio
de referencialidad que no renuncia sin embargo a nuestra participación en
la realidad, sino que la enriquece derivándola hacia lo inferido, lo
imaginado, lo soñado. Con ocasión de la función poética o de la
reorganización y reapertura del sentido a partir de los desempeños
poéticos del lenguaje, es posible declarar que una nueva referencia ha
ganado lugar en el mundo. Como mecanismo de
validación, la comprobación es ahora irrelevante, pues asumimos una nueva
referencialidad “verificable” tan sólo a partir de la imaginación.
Apreciamos en esta presentación un ejercicio de “epojé” (de suspensión del
juicio sobre la realidad en sí misma para dirigir la mirada hacia la
realidad en cuanto vivida).
Bien
podríamos estar señalando así, cierto aspecto negativo del nombrar; cuando
ponemos entre paréntesis la realidad que nos ofrecen las referencias
primarias y tenemos la ocasión, no de renunciar al mundo, sino de
participar en él pero desde un nombrar diferente, que lo restituye y
amplía. Aún suspendiendo nuestro juicio sobre la realidad, evidentemente
continuamos habitando el mundo en la medida en que habitamos un lenguaje
que ha partido del mundo.
Como
apunta Ricoeur, hay una inclinación hacia la referencia real que se
reconoce en el uso de demostrativos, adverbios temporales, pronombres
personales, tiempos del verbo e indicadores deícticos; todo discurso se
encuentra así vinculado con el mundo; “¿de qué hablaríamos si no
hablásemos del mundo?”1 Esta pregunta expresada bajo la forma de una
interrogación retórica, que no espera respuesta alguna, apela a la
consideración de lo evidente como afirmación de la referencia, cualquiera
que ella sea, entendiendo por “mundo” precisamente todo aquello que puede
ser dicho con las palabras.
Una
vez más Ricoeur no ha establecido distinción alguna entre lo que sería un
mundo ontológico definido y delimitado, un mundo hecho a partir de hechos
reconocibles y comprobados, y un mundo imaginado a partir de referentes
deslocalizados y relocalizados en un discurso poético o de ficción. Si la
pregunta de Ricoeur no reclama respuesta, no es porque la palabra “mundo”
esté por fuera de toda controversia, sino porque sólo hay un mundo del que
podemos hablar, y éste como anotamos es, precisamente, el de las palabras,
donde la traducción en todas sus modalidades cumple un papel fundamental.
La palabra “mundo” señala el universo humano, único acceso posible a la
tradición lingüística desde la que propiciamos y soportamos cualquier
intervención sobre la realidad, ya a base de la descripción y el análisis,
ya a base de la imaginación, la fantasía y el discurso poético. Pero en la
pregunta de Ricoeur podemos advertir además la localización definitiva del
punto de encuentro entre los dos referentes posibles: el ontológico y el
imaginativo, como dos textos posibles: el documento y el relato de
ficción. En su afán por sentar claridad acerca de la genuina
compatibilidad entre estas dos elecciones, Ricoeur ve a su vez en todo
texto una fijación del habla, aunque lo que finalmente quede guardado no
haya sido manifestado como habla.
Realizar la referencia Concedemos entonces que la referencia puede
cumplir, sin perder sus virtudes descriptivas, una función de ocultamiento
del mundo-entorno, resuelto ahora no en términos de explicación y
comprobación, sino de comprensión e interpretación de la significación
sustentada por el lenguaje; y decimos
“ocultamiento” no porque desestimemos que las palabras puedan dar cuenta
de la realidad, sino porque en su ejercicio de reconfiguración actúan como
manifestaciones no específicas, es decir, derivando hacia otras exigencias
de comprobación que bien pueden estar soportadas por la imaginación y por
la historia al mismo tiempo.
Antes
de reabrir la polémica, ya larga, entre ficción e historia, conviene
advertir que no debe ser compromiso de las palabras calcar la realidad
para entregarla como nueva realidad, planteada ahora bajo los términos de
“la verdad del texto”. Las palabras ofrecen múltiples desentrañamientos de
la referencia, siendo entre ellos los más sobresalientes los alcanzados
por las figuras poéticas.
El
problema de la forma establece a través de la palabra un juego de
relaciones que nos obliga a reconocer que lo que se entrega como acabado
no es en el fondo más que una disposición soportada por relaciones de
diversa índole, entre las que vale resaltar:
a)
Toda forma establece un tipo de relación con la referencia básica de los
objetos y los hechos del mundo.
b)
Toda forma se dispone como un tipo de relación con la elección de posibles
referencias imaginadas, que en la medida en que se ofrecen a su vez como
un objeto del mundo, participan de la referencia primaria.
c)
Toda forma pone en ejecución las relaciones que un pensar y un hacer
humano ilustran como manifestación y comprensión del lenguaje y de las
derivaciones del lenguaje hacia “nuevas realidades”.
d) De
toda forma se infiere una dinámica histórica de relaciones que vincula la
recepción con el objeto textual y posibilita su proyección hacia el canon
o lo retiran de él. Hay un principio importante en la teoría hermenéutica
de Paul Ricoeur que conviene traer a consideración debido a que afecta
directamente el tipo de paradigmas y relaciones que establece el autor con
la significación del texto, ya en sus partes, ya en su totalidad. Ricoeur
plantea que mientras en el habla la intención subjetiva de quien habla y
la significación de su discurso se superponen de tal modo que resulta lo
mismo entender lo que quiere decir el locutor y lo que significa su
discurso, no ocurre así con el discurso escrito, donde la intención del
autor y la del texto dejan de coincidir.2 En esta pérdida de coincidencia
se soportan asuntos importantes relacionados con la verificabilidad de los
discursos. La distancia que concede el texto escrito está a favor de las
posibilidades del lenguaje como invención.
Esta
comprensión, que podríamos plantear con mayor detalle, pone cortapisas a
la tendencia globalizadora de la función de lo literario en todo aquello
que se exprese como habla o forma del habla. Adviértase que estamos
tratando el asunto en los términos estrictos de la vinculación entre el
autor (emisor) y la significación de su actuación lingüística (su texto).
De otro lado, si la tesis de Nietzsche acerca de la irremediable
metaforización de los usos lingüísticos no fuera tan contundentemente
cierta, difícilmente veríamos en qué medida el habla se determina como
estrictamente imaginativa. En el texto, a cambio, aún asumiendo la
vinculación con la historia o con la explicación, documentación y
descripción de asuntos susceptibles de comprobación, es de gran utilidad
tener presente la opción de autonomía significativa que puede en un
momento dado retirarlo de la historia y la referencia estricta para
ubicarlo en las márgenes de la ficción y la poesía.
El
mérito de la exposición de Ricoeur reside, como comentamos, en la amplia
margen de autonomía que concede a la significación del texto, localizando
allí los orígenes de la interpretación y como tal de la hermenéutica. Si
el discurso escrito no consiguiera disociarse de su autor, sencillamente
no habríamos ingresado aún en una cultura de la escritura como fijación e
inscripción de la fugacidad del habla, y a su vez como despliegue de la
referencialidad hacia los
términos estrictos del lenguaje. Al entender el texto escrito como lo
propone Ricoeur avanzamos en su libre consideración, de tal manera que el
momento de las ambigüedades entre el relato histórico y el de ficción, o
si se quiere, en la ficción como historia y en la historia como ficción,
puede resultar más enriquecedor que el árido recurso de la simple
verificabilidad de la referencia.
“Únicamente la escritura -apunta Ricoeur-, al liberarse no sólo de su
autor, sino también de la estrechez de la situación dialogal, revela su
destino de discurso, que es el de proyectar un mundo”.
3Unidad funcional de tiempo y lenguaje
¿Por
qué es peligroso el lenguaje? Porque desconfigura y reconfigura nuestra
relación con lo real. Es peligroso volver a contar la historia, pero más
peligroso aún, contarla mal. “Todo lo que relatamos ocurre en el tiempo”:
la palabra, las imágenes, las pasiones ocurren en el tiempo; “el relatar
mismo ocurre en el tiempo”: lleva tiempo construir la historia de un
personaje, desplegar metáforas y comparaciones, estructurar, encadenar
situaciones en el relato; “todo lo que relatamos se desarrolla
temporalmente”: la presencia de un personaje en un espacio, los
encuentros, las tendencias y tensiones de la violencia; los desarraigos,
la errancia. Sin el afán de caer en redundancias, recordemos de paso que
en la distinción que establece Ricoeur entre relato, narración y
narratividad, esta última se manifiesta precisamente como alegoría de la
temporalidad4.
Cuando
preguntamos por el lenguaje y advertimos las fugas y los peligros a los
que nos somete, resaltamos la determinación de lo temporal. La metáfora
que puede estar en el relato histórico y en el literario bajo las mismas
restricciones de literalidad que le exige Donald Davidson5, está sin
embargo de manera radicalmente diferente precisamente allí donde el
lenguaje desarticula la significación.
Bajo
formas particulares de inflexión, el lenguaje amplía el tratamiento de la
realidad, razón por la cual no conviene eludir en la consideración de uno
y otro texto una teoría de la metáfora a partir de la cual derivar
diferentes comprensiones de la referencia. Como se sabe, Ricoeur ha
insistido en una teoría de la metáfora que vaya más allá del estudio del
tropo o de su restricción a textos poéticos; la ocasión para la metáfora
es, en estos términos, hermenéutica; ocasión igualmente para la plenitud
del lenguaje. En la elección de la metáfora están presentes además las
funciones de acceso y distanciamiento que la imaginación opera sobre la
realidad inmediata o histórica. Es doble, según palabras de Paul Ricoeur,
la tarea de la hermenéutica, a saber: “Reconstruir la dinámica interna del
texto, y restituir la capacidad de la obra de proyectarse al exterior
mediante la representación de un mundo habitable”.6 En la reconstrucción y
la restitución están dadas todas las relaciones posibles entre el
“explicar” y el “comprender”, que ya Wilhelm Dilthey había señalado como
el tipo de precisiones que podemos alcanzar en el esfuerzo por relacionar
el texto, ya sea relato histórico, ya documental, ya de ficción, con una
realidad que resulta confrontada y transformada por el mismo texto.
Reconstruir la referencia propia de cada relato enfrenta las dificultades
de la “explicación” como compromiso de objetividad; en este sentido el
relato histórico se vincula con la opción documental, testimonial y de
archivo, intentando alcanzar el crédito de objetividad que lo iguale a
otros saberes surgidos de la observación y la descripción. Por su parte,
el relato de ficción muestra en su despliegue la relativa autonomía que
alcanza de la referencia, la documentación y la observación,
reconfigurando el drama humano, al incurrir en inconsistencias que van,
sin embargo, un paso más adelante. Una muestra elocuente de las
ambigüedades que desatan los propios escritores de ficción en su esfuerzo
por conservar una versión de realidad que sustente su escritura, la
encontramos en los infatigables análisis de la obra literaria ceñidos a
las trabas de la comprobación histórica. Igual ocurre con los propios
testimonios de los autores, como en la nota final de Los pasos perdidos,
de Alejo Carpentier, donde se lee: Si bien el lugar de acción de los
primeros capítulos del presente libro no necesita de mayor ubicación: si
bien la capital latinoamericana, las ciudades provincianas, que aparecen
más adelante, son meros prototipos, a los que no se ha dado una situación
precisa, puesto que los elementos que los integran son comunes a muchos
países, el autor cree necesario aclarar, para responder a alguna legítima
curiosidad, que a partir del lugar llamado Puerto Anunciación, el paisaje
se ciñe a visiones muy precisas de lugares poco conocidos y apenas
fotografiados, cuando lo fueron alguna vez […]7.
La
relevancia o irrelevancia de este comentario pone en serios aprietos la
segunda operación hermenéutica: la comprensión, o restitución del relato
de ficción como “representación del mundo habitable”. En un autor como
Alejo Carpentier, que ha sabido derivar y enriquecer su escritura hacia
los entramados del “realismo mágico”, esta declaración de los límites de
la referencia puede ir en contra vía de las realizaciones propias del
lenguaje. Aunque el lenguaje literario proceda del mundo y esté destinado
al mundo, al sentido generado por el conocimiento del mundo, puede no
resultar tan evidente que los nombres citados en una obra como Los pasos
perdidos correspondan a lugares, personas y hechos de la historia de algún
lugar de Latinoamérica.
La
construcción de un texto, el trabajo con la palabra, la progresión
argumentativa, pero también la decisión acerca de la semántica de las
palabras, articulan en el texto literario un sentido particular destinado,
no a la explicación y comprobación sino a la restitución como inflexión de
lo humano, no en términos de lo real e histórico, sino en términos
estrictamente del lenguaje. La reconstrucción por su parte implica entrar
en la dinámica de la historia entendiendo que de otra manera resultaría
supremamente parcial la afirmación de un pensamiento. Sin embargo, las
decisiones más importantes estarían del lado de la “restitución”, donde el
texto, siendo ya una configuración definida de un estado de cosas
lingüísticas e ideológicas, debe cumplir otros papeles; el texto restituye
la voz para instaurar un presente que no debe ser el de lo propiamente
real, sino el de la lectura, y al hacerlo asume ciertos compromisos que
van desde su articulación como texto hasta su determinación como relato de
ficción. En ambos casos el texto, como hemos tratado de mostrarlo, se
enfrenta a un mundo vivido; vuelve a lugares recorridos, exhibe
comportamientos reconocibles; hay entonces una base común que no reside
sólo en la reconstrucción del texto, sino en el reconocimiento que éste
logra alcanzar.
Para
el crítico norteamericano Hayden White lo anterior quedaría expresado en
los siguientes términos: “Las narrativas históricas se parecen a las
narrativas ficcionales, pero esto nos dice más sobre las ficciones que
sobre las historias. Lejos de ser la antítesis de la narrativa histórica,
la narrativa ficcional es su complemento y aliado en el esfuerzo humano
universal por reflexionar sobre el misterio de la temporalidad”.8
“Le
damos el nombre de violencia”: La multitud errante, de Laura Restrepo “Ni
en la crítica literaria ni en las ciencias sociales —escribe Paul Ricoeur—
existe una última palabra similar. O, si la hay, le damos el nombre de
violencia”.9 Uno de los grandes motivos para la literatura de todos los
tiempos, ya sería justo reconocerlo, ha sido la violencia, como si
dijéramos que uno de los asuntos más graves de la vida humana es la
violencia. Lo uno y lo otro; violencia como recurso para eslabonar eventos
en un relato, violencia como ingerencia drástica en el mundo de la vida y
en ambos casos, como señalamiento de eventos desarticulados y severos que
desfiguran y trastornan los presupuestos de la existencia.
La
historia —¿quién lo duda?— se define a su vez principalmente a partir de
una y múltiples reflexiones en torno a la violencia, cuando un estado de
cosas se rompe desde dentro o desde fuera y modifica el rumbo y la visión
del presente y del futuro. Casi podríamos decidir que no hay otro asunto
que tenga mayor mérito, ni otro en el que tanto la historia como la
literatura en su situación de relatos, se desenvuelvan tan bien. En no
pocas ocasiones la narración se concentra en personajes y momentos que
viven el tránsito entre dos o más violencias, dejando como gran contenido
la tensión de un estado de cosas donde los signos de poder resultan
supremamente elocuentes con relación a su capacidad de administrar y
suministrar la violencia: el valor y la significación de las cosas que
podemos perder cuando llega la violencia, o el tipo de realidades que
nos quedan cuando pasa la violencia.
En
ningún momento hemos intentado pensar qué tipo de mundo describiríamos en
el que no estuviera presente la violencia, y no lo hemos hecho porque se
trataría sencillamente de un mundo sin referencia, un simple estado de
cosas que desdibuja lo “real”de cualquier elemento elegido como objeto
narrativo. Pero de esta comprensión surgen otras como que toda literatura es
apología de la violencia, canto de la transformación, las rupturas, los
castigos, los despojos, las heridas y las muertes.
Mirar
en La multitud errante de Laura Restrepo, la delimitación, el ordenamiento
y la explicitación que convierte la fábula en notoria, puede ser un buen
ejercicio para reafirmar los emplazamientos de la violencia. Desde el
título, la obra de Laura Restrepo señala un tipo de desarticulación de lo
humano reiterada a lo largo de la historia: la movilización de grupos y
comunidades enteras de un lugar a otro y a otro; La multitud errante pone
en función una referencia determinada, dotada de sentido social e
histórico: los éxodos, las persecuciones, las migraciones, los
desplazamientos de grupos, familias, marginados, esclavos, prófugos. Desde
el título, decimos, están dispuestos los pormenores del movimiento humano
con ocasión de las guerras, la violencia, la derrota, las hecatombes, el
hambre, con las agravantes de la marginalidad, la errancia y el
desplazamiento.
Los
anteriores elementos contrastan fuertemente con aquello que ha
privilegiado el discurso histórico, ocupado principalmente en resaltar las
fundaciones, las ocupaciones, el liderazgo, la afirmación del poder en
espacios y tiempos determinados. Si alguna mimesis hay entre el acto de
escribir entendido como acto de la afirmación, y la historia como
emplazamiento de los hechos, uno y otro tendrán mucho que ver con la
noción filosófica de “presencia”, pero este comentario daría ocasión a
estudios en los que se deconstruya decididamente la metafísica de la
presencia instaurada por la historia, el poder, la voz, el pensamiento.
Volviendo con La multitud errante de Laura Restrepo, es elocuente ver cómo
el relato opta por un entramado de sucesos de la vida humana en los
márgenes de la historia, asumiendo lo no contado, lo no registrado como el
propósito de la escritura. En este sentido los objetivos que resaltan son:
•
Describir el andar sin rumbo como alegoría del desacierto, el fallo, el
fracaso.
•
Exponer los castigos y el desconcierto como agudización del peso de la
historia.
•
Disponer toda acción tomada en sí misma como final, como apretando un nudo
o como sellando el destino del héroe.
Relatos periodísticos sobre los desplazados por la violencia en Colombia
desde la década del 50, como hemos leído muchos y muy importantes de
Alfredo Molano, pueden ser tan testimoniales, tan descarnadamente ciertos
en su exposición, que podrían aceptarse como relatos históricos de esos
hechos, sin embargo no es así, su destino como “documentos históricos”
puede ser a cambio supremamente efímero. ¿Qué está ocurriendo? Intentemos
responder a esta pregunta con otras tantas: ¿se destituye un texto por la
elección que toma frente a los eventos de una realidad vivida?; ¿qué
ocurre con La multitud errante, que reconoce haber recogido de los textos
de Molano “una docena de 22 líneas”, de ambientes, de caracteres, de
lenguajes?; ¿Qué oficios del lenguaje o de la escritura han quedado
afirmados en esta corta novela para que sin las ventajas de la
verificación consiga restituir la realidad vivida bajo las contingencias
políticas de un país? ¿Qué permite que se instale en un escenario
estrictamente humano donde el lenguaje emplaza a los personajes, su
errancia, su vehemente búsqueda, sus pérdidas? Estas preguntas son a su
vez respuestas que nos vuelven a la segunda tarea de la hermenéutica
señalada por Ricoeur, a partir de la cual el relato de ficción (si es aún
correcto llamar así a toda la literatura) está llamado a “restituir” el
tipo de entramados que la palabra y los enunciados están consiguiendo con
relación a la delicada condensación de imágenes referidas al discurrir
humano y sobre todo y ante todo a la orientación valoradora del ojo
creador.
Estamos aludiendo de manera amplia a un movimiento de resiliencia siempre
posible desde la escritura de ficción; movimiento entendido como una
suerte de “espejo” en el cual los seres humanos se definen más por su
posibilidad de ser narrados, que como eslabones de la historia. Y este
movimiento de resiliencia que sobrepone ambientes de violencia, es el
elemento fundamental con el cual cuenta la literatura para alcanzar la
dimensión de relato de la vida en el relato de ficción, función soportada
en la observación de todo aquello que tenga relación con la recuperación
de lo humano. La multitud errante plantea y emprende desde sus primeras
líneas, el tipo de recuperaciones que señalaría la resiliencia: Me han
dicho que le duele el aire, que la sangre quema sus venas y que su cama es
de alfileres, porque perdió a la mujer que ama en alguna de las vueltas
del camino y no hay mapa que le diga dónde hallarla. La busca por la
corteza de la geografía sin concederse un minuto de tregua ni de perdón, y
sin darse cuenta de que no es afuera donde está sino que la lleva adentro,
metida en su fiebre, presente en los objetos que toca, asomada a los ojos
de cada desconocido que se le acerca.10
Aquí
la respiración y la circulación de la sangre aluden a los destrozos
causados por la violencia, la vida se representará así paralelamente como
reflexión sobre el cuerpo y como recuperación. Las observaciones a que
pueda dar ocasión la errancia, el recorrido por los difíciles y escarpados
caminos del adentro y el afuera, configuran simultáneamente la ficción y
la valoración de la vida.
a) La
multitud errante intenta resolver todas las diferencias; sin necesidad de
entrar en comprobaciones elocuentes, consigue diferenciar las formas
declarativas de uno y otro personaje, afirmando de paso el tipo de
posición y de distancia que toman con relación a la realidad.
b) La
imaginación responde aquí a cierto uso del lenguaje que pone en
consonancia los elementos de la búsqueda con los espacios ofrecidos por la
realidad y la historia. Definiendo la violencia como un conflicto
verdadero que nos ofrece la realidad social y política colombiana, el
lenguaje conserva su lugar, anclado no en el conflicto, sino en el proceso
de resiliencia derivado del mismo.
Como
teoría de la novela, las posibilidades estéticas de La multitud errante
llevan al lector hacia una recuperación del placer y el conocimiento
brindada por el lenguaje. Que la ficción dé así la ocasión para que se
amplíe nuestra comprensión de las cosas, es una tesis que requiere la
debida consideración, pues aunque suene extremo, no se trata de exaltar la
trascendencia que el relato de ficción puede dar a los referentes básicos
de la realidad conservando, como lo hace, la alusión a sujetos, acciones,
tiempos y lugares; antes bien, en la configuración propiamente narrativa
están dados los elementos para que la referencia surja de una recuperación
o resiliencia, pero a su vez de una relocalización y reinmersión en otro
marco de referencia sustentado por el lenguaje.
La
nueva referencia será ahora la “imagen”, entendiendo por ésta, la
delimitación de escenarios, caracteres, y tópicos, tan propios del
discurso literario, pero que en este nuevo re-conocimiento es preciso
declarar amplificados bajo la forma de íconos. La imagen deberá soportar
las nuevas tensiones ofrecidas por el lenguaje, de otra manera no sería
posible, porque la literatura no es relato histórico de manera lata,
siendo ante todo imagen desprendida de la historia que ha alcanzado una
diferencia fundamental. Rastrear la endopatía (Einfühlung) en La multitud
errante: decir que usted piensa como yo, que experimenta como yo, dolor y
placer, es poder imaginar lo que yo pensaría y experimentaría si estuviera
en su lugar. Esta transferencia efectuada en la imaginación desde mi
“aquí” hacia su “allí”, es la raíz de lo que llamamos “endopatía”. El
personaje que narra en La multitud errante no se propone construir una
utopía en la que sea al fin posible detener la violencia y reinventar la
vida en comunidad; tampoco persigue una ideología que la identifique con
un tipo de discurso que revisa el pasado histórico, postulándose como
interpretación y acción de un presente nuevo que construye un futuro para
todos. No, el narrador de La multitud errante es un observador endógeno
que ha distinguido su objeto de consideración: un hombre, un cuerpo de
hombre, una voz de hombre, unos gestos de hombre, pero que aún estando con
él, compartiendo el mismo espacio, no da cuenta cabal de su mundo, no
ingresa en él, pues un aura de violencia niega los accesos.
24 La
narración de La multitud errante se despliega entonces como endopatía, una
de las opciones posibles de la nueva vida cuando se han vivido todas las
violencias y todas las persecuciones, y cuando aparece al fin un ícono que
permita emprender el difícil oficio de la transferencia. La mujer que nos
presta los oficios de la narración, su vocación religiosa, su juventud, su
condición de extranjera, su trabajo social, ha volcado su endopatía sin
esperar apenas nada del hombre que observa, piensa y desea: un desajustado
hombre que se resiste a culminar la búsqueda de la mujer que le arrebató
la violencia. De esta manera la obra literaria ha conseguido ingresar en
la historia, no bajo los parámetros de la historia, sino en el escenario
de los desplazados por la violencia, porque es construyendo la endopatía
de un personaje, como se condensa el tipo de aspiraciones que pueden estar
movilizando a cada individuo o a cada comunidad: el hallazgo de un ícono
en el cual efectuar la transferencia que, en su momento, cuando la definía
por primera vez, Sigmund Freud se entendiócomo: complejo mecanismo de
reconocimiento y superación de la pérdida del yo. “Transferencia” será
entonces la noción útil y problemática de cara a la localización del
discurso de ficción en los términos de una nueva referencia que aporte a
lo real; la voz del narrador expresa a través de la transferencia esa
mediación, esa relocalización, esa lectura que avanzando en su proceso
selecciona, abrevia, articula, condensa con miras a lograr un efecto de
aumento icónico. En estos términos radica la literatura, su proyección y
alcance, la
condición de discusión con la referencia primaria, dando ocasión para que
un ejercicio con el lenguaje transfiera los núcleos simbólicos de las
escenas y las reinstale en el discurso. No se trata, como se ve, sólo de
distanciarse, sino de reinstaurar, para lo que no hace falta renunciar a
la referencia primaria, sino lograr la transferencia en los mejores
términos. Todo está bien -se lee en las páginas finales de La multitud
errante-, constato, y registro sin asombro que la calma bienhechora que se
extiende afuera se ha instalado también dentro de mi pecho. Hace ya más de
un mes que se fueron el párroco de Vistahermosa y su colorida corte, pero
el hechizo de su solidaridad todavía pesa, protector, sobre nosotros. La
vida es tan bondadosa, pienso, y la muerte al fin de cuentas es tan mansa.
De momento, ha cedido la angustia que suele gravitar sobre el albergue,
disolviéndose con modestia en la amplitud de su contrario, que es el
resplandor que me deslumbra en esta noche quieta, y que me regala estas
ganas de creer que nos arrullan días amables, pese a todo. Por primera vez
desde que conozco a Siete por Tres, el pulpo de la ansiedad ha dejado de
oprimirme el corazón. Esta paz se asemeja a la felicidad, pienso, y como
no quiero que el sueño ni el aire la disipen, agradezco la vigilia y apago
el ventilador.11
• • •
Juan Manuel Cuartas
Doctor
en Filosofía, profesor titular del Departamento de Filosofía de la
Universidad del Valle, coordinador del grupo de investigación Mentis;
autor
de:
Blanco Rojo Negro, el libro del haikú (1998) y El Budismo y la filosofía,
contrastes y desplazamientos (2002) Universidad del Valle. Cali.
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