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Resumen
Mucho se ha escrito sobre la
novela histórica desde la aparición de este nuevo género a comienzos del
siglo XIX con la llegada del romanticismo, primero en Europa y luego en
América. El propósito de este artículo es mostrar el origen y relación
armónica de dos géneros (historia y ficción) que confluyen, no sin
contradicciones y contradictores, armónicamente en uno. Interesa indicar el
origen discutido por críticos, literatos e historiadores de la novela
histórica y cómo esta constituye un aporte significativo en el dominio
literario y fuente valiosa para los historiadores sociales, de las ideas y
mentalidades. En la parte inicial mostraremos, con algunos presupuestos
conceptuales e históricos (Aristóteles, Menéndez Pelayo, Alfonso Reyes,
Gadamer, Ricoeur) la conciliada y efectiva relación entre historia y ficción
y, en la segunda fase, el reconocimiento que hace buena parte de los nuevos
historiadores al género literario como una de sus fuentes en la construcción
del discurso histórico (P. Chaunu, Ph. Ariés, Le Roy-Ladurie, Jauss).
Resumo
Muito foi escrito sobre o romance
histórico desde a aparição desse novo gênero a começos do século XIX com a
chegada do Romantismo, primeiro na Europa e depois na América. O propósito
deste texto é mostrar a origem e relação harmônica de dois gêneros (história
e ficção) que convergem, não sem contradições e contraditores, em um só. Nos
interesa mostrar a origem, discutida por críticos, literatos e
historiadores, do romance histórico e como se constitui num aporte
significativo ao domínio literario e fonte valiosa para os historiadores
sociais, das ideias e das mentalidades. Na parte inicial mostramos, com
algumas premissas conceituais e históricas (Aristóteles, Menendez y Pelayo,
Alfonso Reyes, Gadamer, Ricoeur) a conciliada e efetiva relação entre
história e ficção e, na segunda parte, o reconhecimento que boa parte dos
novos historiadores do gênero literário faz do romance histórico como uma de
suas fontes na construção do discurso histórico.
(P.
Chaunu, Ph. Ariés, Le Roy-Laderie, Jauss)
Abstract
Much
has been written about the historical novel since the appearance of this new
genre at the beginning of the Nineteenth Century, first in Europe and then
in America, with the arrival of romanticism, which made it possible. The
purpose of this article is to demonstrate the origin and harmonic
relationship of the two genres (history and fiction) which conflate, not
without inconsistencies and contradictions, harmonically into one. It is
important to indicate the origin discussed by critics, writers and
historians of the historical novel and how it constitutes a significant
contribution to the literary domain and a valuable source, for social
historians, of various ideas and mentalities. In the initial part we will
show, with some conceptual and historical presuppositions (Aristotle,
Menéndez Pelayo, Alfonso Reyes, Gadamer, Ricoeur) the conciliatory and
effective relationship between history and fiction and, in the second phase,
the recognition made by a good number of the new historians to the literary
genre as being one of its sources in the construction of the historical
discourse.
(P.
Chaunu, Ph.Ariés, Le Roy-Ladurie, Jauss).
Ficciòn e historia: reflexión teórica
En una
carta a Miss Harkness en 1888, Engels sostiene que La comedia humana de
Balzac es obra de “un maestro del realismo” por la manera de describir la
sociedad francesa y en particular del mundo parisino de la primera mitad del
siglo XIX. Ningún otro texto, según el pensador alemán, muestra tan
claramente el ascenso de la burguesía a costa de una aristocracia en
decadencia. Los últimos vestigios de esa sociedad aristocrática, ejemplar
para Balzac, sucumben poco a poco, y muy a pesar de éste, ante “la intrusión
del arribista vulgar repleto de dinero o que han sido corrompidos por él”;
la gran señora cede el lugar a la “burguesa que se procura un marido con el
fin de tener dinero o afeites”. No escatima Engels en afirmar que en esa
“perpetua elegía” de la sociedad francesa de la que Balzac “deplora la
descomposición irremediable de la alta sociedad”, “he aprendido más, incluso
en lo que concierne a los detalles económicos (por ejemplo, la
redistribución de la propiedad real y personal tras la revolución), que en
todos los libros de los historiadores, economistas, estadísticos
profesionales de la época, todos juntos” (1972:153,154).
Cuarenta
años después (1929), el historiador holandés J. Huizinga en su libro El
concepto de la historia, afirma que “la literatura es, lo mismo que la
ciencia, una forma de conocimiento de la cultura que la engendra [...]. La
materia plàstica plástica de la literatura ha sido y es en todos los
tiempos un mundo de formas que es, en el fondo, un mundo histórico”
(1946:41).1
En la
década siguiente en el texto La idea de la historia (1936), Colingwood
considera que es lugar común decir que la historia tiene que emplear la
imaginación. Para este filósofo de la historia, la imaginación es una
“facultad ciega pero indispensable sin la cual, como Kant ha demostrado, no
podríamos percibir el mundo que nos circunda, es un indispensable de la
misma manera para la historia” (1952:234).
Al final
de los años cuarenta, el francés Lucien Fevre (Combates por la historia,
1949) opina que la historia debe hacerse con documentos escritos si existen,
pero cuando no, el historiador debe recurrir a su ingenio “para fabricar su
miel, a falta de las flores habitualmente usadas”, es decir, palabras,
signos, paisajes, ladrillos, formas de campos y malas hierbas [...],
eclipses lunares y colleras de los caballos de tiro [...]. Con todo eso que,
perteneciendo al hombre, depende del hombre, sirve al hombre, expresa al
hombre, demuestra la presencia, la actividad, los gustos y los modos de ser
del hombre” (cit. González 1995:108)
Treinta
años después y previa y larga reflexión, Gadamer sostiene, en su remarcable
libro Verdad y método (1991), que “la existencia humana es un ‘Dasein’
histórico”, porque como lo comenta el hermeneuta e historiador alemán
Kosellek, siempre está “orientado hacia la comprensión del mundo que es a la
vez aprehendido y constituido lingüísticamente en el mismo acto. La remisión
de toda experiencia del mundo a su interpretación del mundo es cooriginaria
con la posibilidad de su expresión lingüística y, por consiguiente, como
toda lengua, es también histórica” (1997:86).
Este
breve barrido por seis representativos pensadores de la cultura y la
historia nos sirve para sostener la estrecha y cómplice interacción de la
ficción con la historia y de la historia con la ficción. Mucho se ha escrito
y discutido sobre la “legitimidad”2 de la novela histórica desde el
surgimiento y desarrollo de este nuevo género a finales del siglo XVIII con
la llegada del romanticismo. Cada día ingresan nuevos artículos o
comentarios a los varios miles registrados en el sistema universal de la Web
y, sin embargo, es difícil encontrar textos teóricos consistentes que
sustenten lo aplicado. Los articulistas muestran en general que tal o cual
novela, relato o crónica literaria hacen parte de la llamada novela
histórica tradicional o de la nueva novela histórica, o cabalgan entre
ambas, pero no establecen claras diferencias entre una denominación u otra.
En la mayoría de los casos se atienen a caracterizaciones canónicas que se
han vuelto lugar común. En esta circunstancia, en vez de hacer avanzar la
discusión sobre el tema, refuerzan el estereotipo y garantizan un mimetismo
que atenta contra el nuevo género. Contrario ocurre con los estudios
exclusivamente teóricos, sobre todo desde la hermenéutica (Ricoeur 1998,
Gadamer 1991, Koselleck 1997) y desde la filosofía analítica (Veyne 1972),
que se han interesado por la relación entre ficción e historia. Para estas
corrientes de pensamiento, el interés no es tanto la aplicación en la
llamada novela histórica en cuanto al funcionamiento de dos géneros que
confluyen en uno y en su propuesta estética, sino en cuanto a la estructura
o recurso común en ambos: narrar. Aunque los hermenéuticos difieren de los
filósofos analíticos a la hora de entender el concepto de narración, se hará
énfasis en la propuesta que al respecto formulan los primeros.
El
propósito de este artículo es mostrar el origen y la relación armónica de
dos géneros (ficción e historia) que confluyen, no sin contradicciones
armónicamente en uno. Interesa indicar el origen, discutido por críticos,
literatos e historiadores, de la novela histórica, y cómo esta constituye un
aporte significativo en el dominio literario y una fuente valiosa para los
historiadores sociales, de las ideas y mentalidades. En la parte inicial
mostraremos, con algunos presupuestos conceptuales e históricos, la
conciliada y efectiva relación entre historia y ficción, debido no sólo a su
condición de géneros discursivos. En la segunda, se observa el
reconocimiento que hace buena parte de los nuevos historiadores al relato
literario como una de sus fuentes en la construcción del discurso histórico
y la historia como discurso narrativo. Pretendemos hacer pues una reflexión
de la relación entre estos dos géneros que da lugar a uno nuevo, pero cuya
historia comienza a consolidarse en los albores del siglo XIX o mucho antes,
si se acepta que todas las grandes obras épicas –o “células de la
conciencia” como las llama Pierre Chaunu (1997:14)– de la literatura
universal, desde los griegos hasta el Renacimiento y más allá, son grandes
murales de las sociedades e imperios que fueron un día. Las epopeyas griegas
y de otras latitudes son, para el citado historiador francés, las formas más
antiguas de “preservación de la memoria” (14). Siguiendo con esta idea, el
ensayista mexicano Alfonso Reyes sostiene que “historia y literatura se
mecieron juntas en la cuna de la mitología; y ésta no acierta a distinguir
–ni le importa– el hecho de lo hechizo” (El deslinde1983:85).
Con la
novela del siglo XIX tiene lugar el surgimiento de una forma expresiva que
para unos es algo híbrido, para otros un subgénero y para algunos más un
verdadero género que integra dos disciplinas complementarias. Esto último
fue posible con los aportes del romanticismo cuando proclama la disolución o
libertad de uso y combinación de géneros que se habían conservado casi
purosdesde la Poética de Aristóteles. El romanticismo se pronuncia a favor
de esa disolución ante la sujeción y prescripción del neoclasicismo. Lessing
se pregunta: ¿qué es lo que se pretende con la mezcla de géneros? Para él
está bien que se
los separe cuando se los estudie en los libros de texto, “pero cuando un
genio con alto designio hace confluir varios géneros en una sola y misma
obra, uno se olvida del libro de texto y mira simplemente si ha alcanzado su
propósito” (cit. Garasa 1971:156).
Víctor
Hugo va más allá cuando en el prefacio a su drama Cromwell (1827) sostiene
que se le debe aplicar el martillo no sólo a las teorías, sino también a las
poéticas y a los sistemas. Para el poeta y novelista francés no debe haber
reglas ni modelos, únicamente las leyes generales de la naturaleza que giran
alrededor del arte en general, y aquellas particulares que en cada obra
derivan de las condiciones propias de cada individuo creador (cit. Michaud
1959:107).
En el
mero enunciado de novela histórica encontramos un elemento indicial que
remite tanto a un oxímoron como a un juego de contrarios y, también, a una
unidad genérica. En relación con lo primero, las dos palabras tendrían
significado opuesto debido a que novela remite a hechos ficticios,
imaginados, en cambio historia se refiere a hechos reales, comprobables, con
alto grado de veracidad; sin embargo, el oxímoron funciona tanto como una
unidad significante y significativa que como figura retórica (unidad de
contrarios con sentido siempre sugerido). Igual pasa con el género llamado
novela histórica (unidad de sentido que sugiere otros). En el nuevo género,
en su forma binaria, existe el uno en el otro por la combinación armónica y
la participación de ambos. Con respecto a lo de juego de contrarios, opera
éste por la llamada ley de contrarios cuya premisa, como principio
filosófico de contradicción, fue formulada tempranamente por Parménides, al
sostener que “algo no puede ser y no ser a la vez”, idea que proviene de
Heráclito cuando sostenía que el movimiento era pero al instante dejaba de
ser eso para ser otra cosa o, también, dicho de otra manera: “unido el todo
y el no-todo, lo que se junta y lo que se separa, lo consonante y lo
disonante; hácese con el todo uno, y con el uno todo” (cit. Fouillée
1943:63). A esto se llama la conciliación de las diferencias que finalmente
genera una “armonía oculta” y que Heráclito bien lo precisa así: “Todo, al
dividirse, se reúne, como la armonía del arco y la lira” (ídem).
Volviendo a la novela histórica, la novela es por naturaleza ficcional, algo
“inventado” y, en consecuencia, no es historia, ni realidad objetiva, y no
tiene que suministrar pruebas, es imaginación y por ende, según Ricoeur,
“depósito de las tradiciones orales y escritas” (1999b:135); en cambio, la
historia y/o la historiografía no puede ser algo imaginario porque dejaría
de ser lo que es: realidad demostrable, para la que los documentos y los
archivos son “fuentes de verificación o falsación” (135). Luego, se
establecería la contradicción en la conjunción de ambas. Con esto se puede
validar la existencia de una realidad contradictoria que funciona como tal,
es decir, que permite la coexistencia de elementos opuestos y resuelve la
contradicción –desde la perspectiva hegeliana– de manera dialéctica al
generar una nueva unidad conceptual (síntesis) que integraría los dos
elementos contrarios iniciales. En nuestro caso, ficción e historia se
funden en un todo armónico propiciando una nueva forma expresiva: la novela
histórica.
La
novela histórica es, pues, una “contradicción realizada” en el sentido que
la novela en sí no es tan irreal y subjetiva como se piensa,3 y la historia
en sí tampoco es tan fáctica y objetiva como se desearía; una y otra
contienen elementos imaginados y verdaderos en mayor o menor grado y
dimensión cuando operan en conjunción como género único y autónomo al margen
de los dos géneros canónicamente establecidos desde la poética aristotélica.
En 1944, en su libro El deslinde, Alfonso Reyes llama a este resultado “ancilaridad”,
porque a veces “puede aparecer en la literatura un fragmento histórico
ancilar; a veces, la historia adapta gala literario-semánticas de tipo
ancilar” (1983:182).
Teniendo en cuenta criterios de autoridad desde el siglo XIX, el género
histórico ha contado siempre en su configuración con hechos impregnados de
ficción o supuestos o inventados, por carecer en buena parte y hasta bien
entrado el siglo XX de la documentación precisa que fundamente su total
veracidad y mucho más cuando se trata de retratos históricos (que es afín
psicológicamente de la creación novelística del personaje), de perfiles
biográficos o de la descripción de hechos en los cuales participan
personajes que dieron lugar a esos hechos, o historias basadas parcialmente
en informantes,testigos o interesados de un lado u otro de los hechos que
desean participar de la historia relatada. El historiador francés Maurice
Agulhon llama a esto “lo verdadero y lo falso en lo general del ‘acontecer’”
(1997:253-259). Para éste ha habido y hay en la actualidad historiadores que
utilizan “como materia prima tantas mentiras como verdades”. Para no pocos
historiadores de las ideas o de las mentalidades “una afirmación puede
contar más por su contenido mismo, que por su signo algebraico de verdad o
error” (253). Lo afirmado hoy por Agulhon sirve para avalar lo que hace más
de medio siglo Alfonso Reyes señalaba: los hechos históricos se soportan en
su inmediatez, coyunturalidad y en su “suceder real y efímero”; al igual que
en su mirada “particular y contingente” (1983:176). En consecuencia, es
permanente la reescritura e interpretación de la historia acorde con la
siempre renovada documentación, los nuevos testimonios, las nuevas
tendencias teóricas, metodológicas y relecturas, acordes al desarrollo de
las ideas y de la mentalidad del momento. Casi toda la literatura clásica,
incluso muchas de las mejores novelas del siglo XIX y XX, se construyen con
hechos, personajes y acontecimientos históricos, por eso Reyes puede hablar
de una “historicidad latente en la novela” (116), porque expresa de una
manera explícita o tácita un tiempo (época/s), un espacio (lugar/es) y una
circunstancia social (historicidad específica); además, de un tiempo y
lenguajes propios del momento de aparición de la obra. Aún más, no hay
ficción que no se construya con un referente básico en la realidad –no
importando la forma o combinación que asuma ésta–. Alfonso Reyes aprecia, en
beneficio de la literatura de asunto histórico, que ésta acierta “con una
verdad humana más profunda que los inventarios y calendarios históricos”
(108). Esto lo lleva a concluir sobre “la naturaleza universal de la
literatura, a la vez que su naturaleza ficticia con respecto al suceder
real” (183). Y a pesar de que la historia humaniza los conocimientos de las
demás disciplinas por ser actos del hombre, la literatura, además, los
universaliza al sujetarlos “al orden humano”. Como un Midas, agrega Reyes,
antropomorfiza “lo extrahumano que adopta bajo su tutela. Y es así, la
literatura, el camino real para la conquista del mundo por el hombre” (182).
Esta
idea no hace más que confirmar lo dicho por Aristóteles en la Poética
(1974:1451), que la poesía es algo más filosófico y elevado que la historia
porque expresa lo universal y lo que debe ser; ella es imitación de la
realidad sensible que toma un aspecto espiritual y se eleva hasta
ontologizarse; al contrario, la historia es lo particular, expone lo que es,
lo que ya sucedió.5 Según Walter Bensant, la literatura contribuye a la
historia de dos maneras: la primera, por la pintura y reconstrucción de
hechos históricos; la segunda, por la interpretación de las inquietudes y
maneras de ser y pensar de una época. Pero es el romanticismo el que abre
las puertas al nuevo género con dos reivindicaciones esenciales: la primera,
el rechazo a las reglas y distinción de géneros,6 la lucha por la libertad
en el arte y la necesidad de una literatura moderna7 que responda a los
anhelos de la nueva sociedad que se gesta y consolida con la revolución
industrial, el advenimiento de la Revolución Francesa y la Ilustración. La
segunda reivindicación consiste en la necesidad de ampliar el horizonte
literario, aceptando las literaturas extranjeras, así como el regreso a las
fuentes de inspiración nacional a través de los mitos, las leyendas y las
historias locales. El interés por la literatura y la historia cultural
extranjera lleva a una toma de conciencia del valor y aportes de esas
expresiones y a un cosmopolitismo cultural. Esto valida el principio de que
el arte no pertenece a ningún país, de que es heredad de todos y por ende
universal. El gusto por lo pintoresco y el color local llevan a la
motivación por la historia (medieval cristiana) y a la inquietud por lo
social que conducirá, sin equívocos, al realismo, tendencia europea que en
América tendrá una vertiente en el costumbrismo o literatura pre-realista, e
igual propensión de los escritores americanos por la historia. Si, como
afirma Kadir, “América es la invención del Renacimiento europeo”, la
historia americana es “la hermenéutica de esa invención” (1984:299).
La
“invención de América”, de la que Edmundo O’Gorman (1986) habla ya en la
primera mitad del siglo XX, estaba en el imaginario de los viajeros y
comerciantes europeos mucho antes de su descubrimiento, buscando el camino
más corto, económico y lucrativo hacia las Indias; también en los libros de
viajes y utopías de un Tomás Moro, Campanella, San Agustín y tantos otros.
En la literatura latinoamericana la novela histórica tiene, inicialmente, su
asiento en la narrativa romántica del siglo XIX (El Periquillo Sarniento,
Amalia, Facundo, Manuela, etc.) y luego en la realista de la primera mitad
del siglo XX, observada en buena parte en los escritores de la Revolución
Mexicana y en los dedicados a los temas sociales propios de ese período, es
decir, en lo que se denominó luego la literatura criollista, mundonovista,
neorregional y expresionista, etc. (denominación dada según la óptica
asumida por los respectivos críticos), que centran su temática en la lucha
por la tierra o los conflictos sociales derivados de todo tipo de
discriminación (asentamiento y explotación de compañías multinacionales,
intervencionismo extranjero, militarismo, dictaduras, etc.).
Vale la
pena anotar que antes de que el romanticismo apareciera en Europa y aportara
la novela histórica, entre otros géneros, ésta ya había dado frutos
interesantes en Colombia con dos novelas, El carnero (1636) y El desierto
prodigioso (c1673), redescubiertas en 1859 y 1962, respectivamente. Héctor
Orjuela anota, centrándose en la primera, que si bien algunas obras
coloniales “son importantes anticipos del género narrativo en Hispanoamérica
y, en especial, de la novela, ninguna alcanza la trascendencia de El
carnero” (1980:55); es “‘un roman à clef’ de la sociedad neogranadina” y
“verdadera comedia humana de los años coloniales” (49); afín opinión se
observa en Anderson Imbert, para quien Freyle es “el primer cuentista de la
colonia” y El carnero “fuente de la literatura costumbrista e histórica del
siglo XIX” y “un libro originalísimo [porque] nos da, en prosa impávida y
sin afeites, pasajes que tienen valor de novela” (1970:123). Para Óscar
Gerardo Ramos es el “libro único de la colonia” y “tesoro singular de la
literatura colonial hispanoamericana” (1973:31)8, y Camacho Guizado reconoce
que es un texto de “posibilidades literarias, de virtualidades novelísticas”
(1982:149). Ya en 1935 el historiador literario Gustavo Otero Muñoz había
observado en El carnero el rasgo peculiar de novela histórica por su
“carácter novelesco-anecdótico, sin que pueda clasificarse entre las
rigurosamente históricas, pues no siempre se ciñe a la verdad” (1937). Otero
califica a Freyle como “el más ameno novelador de la historia
colombiana”(ídem).
9En
Tiempo y narración (1998-1999), Ricoeur dedica en cada uno de los tomosde
esta importante obra algún aparte para mostrar la íntima relación entre la
historia y la ficción con la tesis de que cualquier historia, aún “la más
alejada de la forma narrativa sigue estando vinculada a la comprensión de la
narrativa por un vínculo de ‘derivación’” (1998:I,165); así, el saber
histórico procede de la comprensión narrativa sin que pierda su carácter
científico (166). Dicha tesis la valida Ricoeur con dos convicciones: la
primera, que no es posible ya “vincular el carácter narrativo de la historia
a la supervivencia de una forma particular de la historia, la
historiografía”, es decir, que no se debe confundir el carácter narrativo
último de la historia con la defensa de la historia narrativa. La segunda
convicción es que “si la historia rompiese todo vínculo con la capacidad
básica que tenemos para seguir una historia y con las operaciones cognitivas
de la comprensión narrativa [...], perdería su carácter distintivo en el
concierto de las
ciencias sociales: dejaría de ser histórica” (165). Es claro para el
pensador francés que la inserción de la historia en el dominio de la acción
y vida humana y su temporalidad (construcción del tiempo histórico) “ponen
en juego la cuestión de la verdad en historia”, y ésta es inseparable de lo
que él llama la “’referencia cruzada’ entre la pretensión de verdad de la
historia y de la ficción”(167).
Ricoeur
reconoce que el vínculo entre historia y narración fue consecuencia de dos
corrientes de pensamiento: el modelo monológico y la filosofía analítica. El
primero, considera la narración como una forma demasiado elemental de
discurso para satisfacer las exigencias de explicación y cientificidad que
se requieren; para este modelo “la narración sólo tiene un carácter
episódico y no configurador” (I, 209-241). La segunda (241-289), re-evalúa
el relato y sus recursos de inteligibilidad e “intenta indagar en qué medida
nuestros modos de pensar y de hablar a propósito del mundo implican frases
que emplean verbos en tiempo pasado y enunciados irreductiblemente
narrativos” (1998:I,243).
No
importa a cuál novela histórica nos refiramos, la del pasado o la del
presente, la literatura latinoamericana –para sólo hablar en particular de
ésta– ha servido y servirá a una tarea mientras la patria, una y múltiple de
nuestra América, siga enajenada y expuesta como un Prometeo a su
desventración y sevicia, y esa tarea, “gigantesca tarea”, dirá
sentenciosamente Carlos Fuentes, es la de “darle voz a los silencios de
nuestra historia, en contestar con la verdad a las mentiras de nuestra
historia, en apropiarnos con palabras nuevas de un antiguo pasado que nos
pertenece e invitarlo a sentarse a la mesa de un presente que sin él sería
la del ayuno” (cit. Kadir 1984: 300).
Habiendo
leído o no a Bajtín (1982:248-254), cuando sostiene que la historia es un
“género discursivo” como lo es la novela, Fuentes retoma esta idea cuando
dice que “la historia es, finalmente, una operación del lenguaje: sabemos
del pasado y sabremos del presente, lo que de ellos sobreviva, dicho o
escrito.
La
historia de América Latina parece representada por un gesticulador del
mundo. Adivinamos en las muecas y manotazos del orador una alharaca de
discursos grandilocuentes, proclamas y sermones, votos piadosos, amenazas
veladas, promesas incumplidas y leyes conculcadas. Escuchamos en vano
silencio” (cit. Kadir 1984: 300).
Si bien
hemos intentado demostrar la interacción e inseparabilidad de la ficción y
la historia en la novela histórica desde historiadores y ensayistas
literarios y desde la filosofía misma, es importante rastrear las opiniones
al respecto de los mismos historiadores contemporáneos. Un grupo importante
de nuevos historiadores, a diferencia de los ortodoxos y decimonónicos,
reconoce la importancia de otras disciplinas, entre ellas la literatura, en
la construcción de la nueva historia que es parte esencial de la cultura.
Así lo considera Jacques Le Goff cuando señala que “la historia de las
mentalidades no puede construirse sin estar estrechamente asociada a la
historia de los sistemas culturales, de los sistemas de creencias, de los
valores de equipamiento intelectual, en los cuales han sido elaboradas, han
vivido y evolucionado” (cit. por Céar 1997:227). Por eso, en la opinión del
historiador Flandrin (1997:214), no podría hablarse de un hombre natural
–tampoco de una historia natural, es decir, sin sedimento en el pasado ni
ajeno a otros discursos–, porque todo comportamiento humano “ha sido
moldeado por la cultura” que es hecho acumulativo, consecutivo (diacrónico),
pero también estructura sincrónica del pasado y “ha sido marcada por las
estructuras y los traumatismos de éste”.
Agrega
Flandrin: “a través de la literatura, la moral, el derecho, la lengua, las
ciencias, inclusive las técnicas y las artes, en suma, de todo lo que
constituye nuestra cultura, hemos sido subrepticiamente invadidos, desde
nuestro nacimiento, por el pasado” (ídem).
La
presencia de la ficción en la historia no es asunto sólo del presente, sino
que ha estado ligada desde el comienzo de la aparición de ambos géneros,
aunque sea la literatura más originaria y la que da lugar a la historia en
la reconstrucción de hechos, formas de vida y mentalidades, perfiles de
personajes, fundaciones reales o míticas (mediante cosmogonías),
configuración del orden de lo cotidiano (comidas, vestidos, modas, gustos,
vivienda, intercambio social y económico, etc.). Así lo estima el
historiador francés Charles-Oliver Carbonell cuando sostiene que: “la nueva
historia no es la única forma de hacer historia, ya que otras corrientes más
antiguas que ella subsisten y prosperan: la historia narrativa, la historia
positiva, la historia erudita” (1997: 246). En el afán del rigor, de la
sistematicidad, de la ortodoxia, de conservar y reproducir las formas
canónicas, muchos historiadores terminan olvidando lo esencial humano, o
como lo dice Carbonell, no sin ironía: “les fascinan los archivos e incluso
el polvo. Durante largo tiempo nos hemos preocupado por las huellas,
incluso, por las huellas de las huellas. Pero a menudo olvidamos que detrás
de éstas se encuentra al hombre” (249).
En el
libro Introducción a la historia, Marc Bloch se pregunta: ¿para qué sirve la
historia?, y años después Pierre Chaunu responde: “¡para vivir, para ser y
para existir!” (1997:11). La contundencia de esta afirmación evita cualquier
equívoco con respecto a la naturaleza vital, humana y humanística de este
género y de esta propuesta de lectura de la realidad pasada, presente y aún
futura. Por eso se puede afirmar que ninguna sociedad verdaderamente humana
ha podido sobrevivir sin lo que Chaunu llama la “función historiadora” (12)
que supone, además del dominio de la escritura, el universo mítico de la
tradición popular (función mitográfica), la sedimentación cultural y “un
mundo ya desencantado” (ídem). En verdad, es posible apropiarse sólo de una
pequeña parcela de la historia real, lo demás, como valor agregado, lo pone
a funcionar el sujeto indagador (historiador y/o novelador) con su acerbo
cultural, que es la puesta en función de la imaginación, de la intuición y
de una buena capacidad de relación e inferencialidad. Toda lectura de la
vida de los hombres y del universo es ineludiblemente selectiva, susceptible
y necesaria de complemento en el tiempo. “La ambición de la totalidad es
noble –afirma al respecto Chaunu–, pero el sueño de la historia total es
absurdo y anticientífico. La elección es siempre arbitraria y reveladora. La
historia, incluso más que la memoria, elimina para recordar. Sólo se salva
una parte infinitesimal de lo vivido, un esquema, algunas referencias,
conceptos, tendencias, ciertos modelos y la medida teórica del tiempo” (13).
La
historia no nace con el universo porque éste no necesita de ella para ser
reconocido; nace con el hombre que requiere urdir ese tejido al saberse
temporal y efímero. Ante la proximidad y el acecho del olvido, el hombre
fragua la memoria y con ella la historia para alejar, aunque sea fugazmente,
la sombra de la muerte y, con ella, el propio vacío de sí como ser
histórico. Y de esto da cuenta ejemplar y modélicamente la literatura, y
sólo la literatura, y en particular la poesía y la novela. Chaunu utiliza
una imagen para explicar el eterno presente de la historia que
paradójicamente es hecho del pasado y, a la vez, presente por su constante
actualización y presencialidad cuando la invocamos: “el campo barrido cambió
y no ha cesado de cambiar. La historia, reflejo del presente más que del
pasado, tiene por misión suministrar a nuestra memoria cultura e
inteligencia, aquellos alimentos que ella misma precisa” (ídem), y agrega de
manera categórica: “el conocimiento de lo cambiante es el mejor medio para
preparar el ‘zócalo de lo permanente’. Y es sobre éste que se construye la
historia” (1997:16). En esta misma perspectiva Philippe Ariés (1997:202-204)
se pronuncia a favor del cambio permanente en la historia, del momento en
que el sentido cambia. La historia no debe ser algo estático, definido de
antemano, previsible, cuantificable; “hay que poner el acento en el
movimiento, incluso cuando es tan lento que apenas se percibe o cuando hay
etapas muy espaciadas” (ídem). También se declara en contra de
explicaciones, de causalidades únicas de la historia. Para él la primera causa
del cambio es el cuestionamiento de cualquier determinismo, llámese marxismo
o el neopositivismo científico o técnico. Al rechazar la idea de un único
sentido de la historia, pone en cuestión la idea de evolución por
“sospechosa o por lo menos inútil”, y hasta el concepto de cambio se ve
afectado “de contagio” y tanto mejor si se puede prescindir de él. La salida
al “debilitamiento” de todos estos determinismos es sustituirla “por un
principio de
pluricausalidad”.
No han
sido pocas las veces que Chaunu ha repetido que la “historia no debe vacilar
en definirse como una ciencia auxiliar de todas las disciplinas” (13),
particularmente de las ciencias humanas, porque provee de dos recursos
fundamentales: las historias de hechos y de vidas captadas desde múltiples
ángulos y formas expresivas: el lenguaje y la escritura. Chaunu no hace otra
cosa que poner en evidencia la escisión, histórica y académica, durante
siglos, de la historia institucional con respecto a otros dominios de la
cultura. Le Roy-Ladurie confirma al respecto cuando sostiene que: “debemos
reconocer, por cierto, que entre nosotros los historiadores es común cierta
ignorancia de los problemas culturales” (1997:184).10 Las palabras de
Ricoeur son aquí oportunas para mostrar el grado de imbricación de la
historia y la ficción y cómo una se manifiesta en la otra o recíprocamente
cuando confluyen en la novela histórica: “el relato de ficción ‘imita’, en
cierto modo, el relato histórico. Narrar cualquier cosa es narrarla como si
hubiese acontecido” (1999a: III,913). Una misma obra puede ser una gran
novela y un gran libro de historia y leerse en un sentido u otro o como
conjunto armónico como, por ejemplo, La guerra y la paz de Tolstoi, o la
descripción de la Historia de la revolución francesa de Michelet 1963).
Afirma Ricoeur al respecto: “Lo que constituye precisamente la perennidad de
ciertas grandes obra históricas, cuyo progreso documental ha comprometido,
sin embargo, la fiabilidad propiamente científica, es el carácter
perfectamente apropiado de su arte poético y retórico a su manera de ver el
pasado” (1999a:III,909).
Siguiendo una idea propuesta por el historiador alemán Reinhart Kosselek, en
un debate sobre la teoría de la historia, de que la historiografía moderna
debe darse cuenta que “la oposición clásica ‘res fictae’, ‘res factae’ es
una provocación para los historiadores” y que “el descubrimiento moderno de
un tiempo específicamente histórico obliga al historiador a adoptar
–respecto de los hechos– la perspectiva de la ficción cuando intenta
reconstruir un pasado desaparecido” (cit. Jauss, 1997:139), Jauss se afirma
en la convicción de que no es posible lograr una representación de los
hechos (res factae) al margen de toda ficcionalización (res fictae). Se da
un anclaje entre los dos de manera que permite su coexistencia y
retroalimentación. Ambas funcionan como la forma y el sentido o el
significante y significado en el habla. De ahí su idea, desde la
hermenéutica, que “al reconocer el papel de los ‘res fictae’ en la
constitución del sentido de cualquier experiencia histórica, el historiador
sabe que está forzado a aplicar los recursos de la ficción, incluso si por
un arraigado prejuicio hubiese, durante mucho tiempo, subestimado su papel
en el conocimiento y la descripción” (ídem).
En el
curso de este proceso, desaparece la dicotomía clásica de los ‘resfictae’
como propios del ámbito de la poesía, y de los ‘res factae’ como objetos de
la historia. La ficción poética se convierte en el horizonte de la realidad,
en tanto que la realidad histórica se torna en el horizonte de la poesía. En
lo sucesivo ‘la verdad específica de la poesía’ deja de ser algo más que
aquella
verosimilitud en la cual, desde Chladenius, la historia podía percibir una
de las formas históricas de la verdad. Al mediatizar la oposición ente
ficción y verdad, la verosimilitud crea al mismo tiempo la función cognitiva
y comunicativa de lo ficticio.11 La poética –desde Diderot y Lessing– y la
doctrina histórica de la Ilustración, reactualizan la noción de lo verosímil
que se convierte, entonces, en el engranaje común entre poesía e
historiografía.
Concluyamos provisionalmente este alegato señalando que la novela histórica
es, ante todo, género discursivo y participa en igualdad de condiciones de
la mitografía (invención e imaginación creadora humana) y de la historia
(realidad fáctica) que no es otra cosa que un preguntarse por la múltiple
realidad con rasgo humano. La función de la literatura como la de la
historia, independientes una de otra o articuladas en un nuevo género, no
tienen otra razón de ser que la pregunta por el ser de la cosa. Así lo
entiende Raymond Weil cuando, al igual que Fernand Braudel (1982) o Pierre
Chaunu, se formula el por qué de la historia, y para responder a tal
interrogante deben remontarse necesariamente al origen y a la evolución
natural de los géneros, es decir, al primer gran género, al literario de las
epopeyas. Así da cuenta Weil de la pregunta formulada: la epopeya –que por
lo demás contaba la historia a su manera– un buen día habría dado paso a la
narración en prosa, y quizás, por relevo de una forma fotográfica, a la
narración de viajes. La poesía didáctica habría contribuido, la de Hesíodo,
al igual que la curiosidad excepcional que impulsa a las personas, a
interrogarse y a preguntar por el otro, a su extraordinaria facultad de
maravillarse, este es el primer sentido de la ‘historia’: interrogación,
pregunta” (1997:25).
Por su
nueva o segunda naturaleza la novela histórica demanda, desde la literatura
y desde la historia, un doble interrogante ante la realidad y la
esencialidad de las cosas y los seres. Una idea de Hannah Arendt (The Human
Condition, 1958) sirve para concluir esta inicial reflexión: “frente a la
fragilidad de las cosas humanas, el relato devela el ‘quien’ de la acción,
lo expone en el espacio de aparición del reino público, le confiere una
coherencia digna de ser contada, y finalmente le garantiza la inmortalidad
de la fama” (cit. Ricoeur 1999a: III,911).
Paul
Valéry en su libro Regards sur le monde actuel, señala que “al admirar un
retrato de un personaje antiguo, nos inclinamos por declararlo ‘verdadero’
aunque no dispongamos de ningún medio para verificar semejante juicio”, y hacía
extensiva esta observación a los libros. Tratándose de un pasado un poco
alejado y ateniéndose a la reacción del lector, agrega Valéry: “no hay razón
para distinguir entre los autores de historia y los autores de ficción,
entre los libros de testigos verdaderos y los de testigos imaginarios.
Podemos según nos plazca considerarlos a todos como ‘inventores’, o bien a
todos como ‘reportistas’” (1962,11-12). A lo anterior comenta Todorov: “No
es que los consideremos a todos como igualmente verdaderos, sino que las
razones que nos inducen a declarar a unos más verdaderos que a otros no
tienen nada que ver con la veracidad real de esos relatos, de los que no
sabemos nada. Lo que apreciamos [...] es la verosimilitud, no la verdad; el
efecto de verdad, el efecto de realidad, no lo real y la verdad en sí mismo”
(1993:119). Siguiendo a Nietzsche, de que ningún tipo textual garantiza la
verdad del texto, Todorov sostiene que “no hay hechos sino sólo discursos
sobre los hechos; por consiguiente, no hay verdad del mundo, sino sólo
interpretaciones del mundo” (120).
3 Aunque, como dirá Menéndez Pelayo, siendo el
escritor “dueño de sus personajes, históricos o inventados, puede penetrar
hasta en el fondo de su alma, escudriñar lo más real e íntimo, sepultarse en
los senos de la conciencia de sus personajes, poner en clara luz los
recónditos motivos de sus acciones, mostrar en apretado tejido las
relaciones de causa y efecto, eliminar lo accesorio, agrupar en grandes
masas los acaecimientos y los personajes, borrar lo superfluo, acentuar la
expresión, marcar los contornos y las líneas, y hacer que todo color y toda
superficie y todo detalle hable su lengua” (1942:VII,10).
4 El concepto de “ancilaridad” proviene de la función
de servicio y subordinación frente a la teología que se le adscribía a la
filosofía en la Edad Media (ancilla theologiae). Dicha noción va a ser
revisada y renovada por Roberto Fernández Retamar en su libro Para una
teoría de la literatura hispanoamericana (1985), cuando se reivindican
ciertas crónicas de Indias y, posteriormente, algunos testimonios, proclamas
y relatos venidos de la tradición oral, como textos literarios.
5 Afirma Platón: “no corresponde al poeta decir lo que
ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la
verosimilitud o la necesidad. En efecto, el historiador y el poeta no se
diferencian por decir las cosas en verso o en prosa [...]; la diferencia
está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder.
Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia; pues
la poesía dice más bien lo universal,y la historia lo particular” (1974:
1451 a 36-1451 b 5).
6 Véase al respecto los capítulos “Las nuevas ideas
literarias” y “Los géneros literarios”de Paul Van Tieghem, El romanticismo
en la novela europea (1958:72-78 285-293).
7 Que se observa en la libertad absoluta para emplear
el estilo, el tono, la lengua que mejor convenga a cada cual (Michaud
1959:35-38, 106-110; Tieghem 1958:266-281).
8 Ramos observa en Freyle la combinación de cuatro
vocaciones literarias: la del historiador, la del cronista, la del moralista
y la del novelador. “Esas cuatro tendencias, cita, quedaron entrelazadas en
El carnero, pero a ellas superó otra, derivada de la imaginación noveladora”
(1973:33).
9 Esta discusión de historia o ficción llega hasta el
presente. Mauricio Vélez en el capítulo
“De El carnero“ de su libro Novelas y no-velaciones.
Ensayos sobre algunos textos narrativos colombianos (1999:21-50), recoge la
discusión y propone una salida bien fundada cuando afirma que acepta “en la
articulación de cada uno de los relatos enmarcados [de la novela], la
presencia no-impertinente de recursos composicionales –tales como la
anticipación diegética, la retrospección temporal, la acumulación de
suspensos retardatarios, etc.– que, en tanto operadores eficaces de
producción textual, no pueden menos de suscitar plurales efectos de sentido
endilgables a la naturaleza intestinamente literaria de El carnero“ (49).
10 Véase comentarios críticos puntuales de Ricoeur a
algunos de los trabajos de los historiadores aquí citados en su capítulo
“Eclipse del acontecimiento en la historiografía francesa” (1998:I,170-194).
11Según Jauss, en la medida en que está determinada
por la totalidad (comienzo, desarrollo y fin de una fábula), “la narración
está históricamente precedida por toda una gama de formas de comunicación
preliterarias, definibles por diversos modi dicendi (citar, testimoniar,
proclamar, convencer, demostrar, etc.) (1997: 151).
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Augusto Escobar Mesa
Profesor Titular de la
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Imaginación y violencia en Cien años de soledad
(1981), Naturaleza y realidad
social en César Uribe Piedrahita (1993),
Edición
critica de Marea de ratas
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Ensayos y
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aescobar@embera.udea.edu.co
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