Hablar de la “escritura
femenina”, y en particular de las cartas escritas por
mujeres, es aproximarse a un
tipo de identidad en la que incurre la mujer, quien
como persona firmante se
autoatribuye todo lo que expone. Se conocen
colecciones de cartas escritas
por mujeres del siglo XIX en las que al ponerse
en contacto con sus familiares,
esposos, novios o amantes, desdoblan en la
escritura todas sus ilusiones y
angustias, sin perder la ocasión tampoco para
exponer su visión de la realidad
política y social. Sólo de esta manera, en la
mayoría de los casos, la mujer
ha conseguido desplazar su voz fuera de sí,
ingresándola en el entramado de
una comunidad que no le ofrece otros espacios
ni otras posibilidades de
autorepresentación o de exposición de sus ideas.
Según Sigrid Weigel, la carta es
el género que mejor corresponde al lenguaje
visual y asociativo de la mujer,
“en el que la espontaneidad y la reflexión no se
excluyen mutuamente; en este
género, las jerarquías del discurso masculino y
Las cartas están consideradas
dentro de la llamada “literatura íntima”, de la
que hacen parte también los
diarios, las memorias y las autobiografías; la carta
transmite una vivencia y al
mismo tiempo las emociones del remitente, sirve
para fechar acontecimientos
históricos que en ocasiones quedan olvidados,
pero a los que el investigador
puede volver siempre y cuando se conserven. La
Las cartas constituyeron, de
manera muy definida, una excelente opción
para que las mujeres ilustradas
de América en el siglo XIX expusieran asuntos
de su interés, como los casos de
familia, y muy particularmente, para dar a
conocer su nivel de educación y
cultura, cuando no, para pronunciarse en
materia política. En mi último
ensayo, titulado Género epistolar e identidad
política de la mujer payanesa en
el siglo XIX, presentado en el “XII Congreso
Colombiano de Historia”,
realizado en la Universidad del Cauca en agosto
pasado, me propuse llamar la
atención sobre cómo, en general, las mujeres
mostraban interés por los
acontecimientos políticos sin llegar a sopesarlos ni a
tener una abierta participación
en ellos, lo que demostraba que hablar de su
“identidad política” implicaba,
antes que corroborar su entusiasmo y compromiso
con los idearios y gestas
partidistas, un simple apoyo a las acciones
emprendidas por figuras
patriarcales cercanas como el padre, el hermano, el
esposo, y en ocasiones, el hijo.
Recurriendo a la lectura de las
cartas de mujeres ilustradas recogidas en el
Fondo Tomás Cipriano de Mosquera,
del Archivo Central del Cauca, no
hallamos dónde poner los ojos en
materia de “identidad política de la mujer”,
como no fuera en su servicio a
la causa política de hombres como Tomás Cipriano
de Mosquera, Pedro Alcántara
Herrán, José María Obando, etc. Pero mi
búsqueda de la expresión
ideológica de la mujer colombiana en el siglo XIX no
acababa allí, porque fuertes
indicios de una amplia actividad académica, literaria
y política de mujeres, me
determinó a penetrar más cuidadosamente en los
archivos, hasta que hallé el
epistolario de Josefa Gordon de Jove con Tomás
Cipriano de Mosquera, durante su
primer período como presidente de la
República de la Nueva Granada
(Abril de 1845 - Abril de 1849). Para Sigrid
Weigel, “un texto descubierto en
algún archivo polvoroso no será bueno e
interesante sólo porque lo
escribió una mujer. Es bueno e interesante porque
nos permite llegar a nuevas
conclusiones sobre la tradición literaria de las
mujeres; saber más sobre cómo
las mujeres se enfrentan, en una forma literaria
a su situación actual, las
expectativas vinculadas a su rol como mujeres, sus
temores, deseos y fantasías, y
las estrategias que adoptan para expresarse
públicamente a pesar de su
confinamiento en lo personal y lo privado”.4 En
este sentido, resultó altamente
significativo que en la correspondencia de la
escritora Josefa Gordon de Jove
sean prácticamente inexistentes los datos
referidos a su vida personal y
familiar, resaltando a cambio un auténtico ideario
político y social fomentado de
manera muy explícita por su situación de exilio
en Caracas.
La escritura de Josefa Gordon de
Jove
En la obra de Soledad Acosta de
Samper, La mujer en la sociedad moderna
(1895), se presenta a la
escritora Josefa Gordon de Jove en los siguientes
términos: “Las mujeres en
Colombia se han distinguido siempre por su ardor
patriótico y por la parte que
han tomado siempre en luchas políticas. Olvidada
en gran parte por sus
conciudadanos, la señora Josefa Gordon de Jove nació
en Cartagena (de Indias) en
1796, pero emigró a Caracas desde muy joven y
murió allí en 1850. Se
distinguió por su cultura, su instrucción y por las poesías
que compuso, algunas de las
cuales se publicaron y la mayor parte quedaron
inéditas”.5 Josefa Gordon de
Jove es hoy poco conocida y estudiada en el
ámbito de la literatura
colombiana del siglo XIX, tal vez debido a que emigró a
Venezuela en el año 1834, y
vivió allí hasta su muerte.
Sin embargo, en el Fondo Tomás
Cipriano de Mosquera, se conservan
alrededor de setenta cartas que
Josefa Gordon de Jove escribió al general
Tomás Cipriano. La primera carta
está fechada en Caracas el 26 de mayo de 1845
y la última fue escrita en la
misma ciudad el 19 de diciembre de 1849, un año
antes de que la escritora
muriera. A partir de la lectura de estas cartas se puede
deducir que quien las escribió
era una mujer con una posición política muy
clara y una gran habilidad
literaria que le permitía exponer sus ideas de tal
manera, que los lectores de sus
cartas podemos deducir tanto los motivos
políticos que la inspiraban,
como el talento literario del que disponía.
Con relación al sentido y el
querer-decir, las cartas de Gordon de Jove se
comportan como una
“archiescritura” que recurre a narraciones, citas,
descripciones, poemas,
acrósticos, etc. que aparecen como relatos incluidos
dispuestos para ilustrar su
formación intelectual. Veamos algunos de estos
lenguajes:
a) Descripciones: “Desde que
pude sentir, cuando iba a Turbaco la exuberante
vegetación de aquel pueblo
arrebataba mi alma de gozo, y niña de diez a
doce años cuando me paseaba bajo
los árboles gigantescos que forman un
hermoso bosque a la salida del
pueblo por la parte del E., mi corazón palpitaba
con fuerza y bendecía al Ser
Supremo con tanto entusiasmo que muchas
veces mi rostro se inundaba de
lágrimas”. 6
b) Citas en francés, inglés,
latín, italiano: “El fanatismo ha sido siempre la
causa de mil males, y desde la
primera vez que leí la Enriada aprendí de
memoria la descripción bellísima
que de él hace Voltaire; unos de los mejores
versos son los siguientes”:
Il vient, le fanatismo est son
horrible nom.
Enfant désalmé de la religion,
Armé pour la defendre il cherche
a la detruire
Et reçu dans son sein l’embrase
et la dechire
(Carpeta 1847 G N° 14 Documento
23180)
c) Acrósticos: “Incluyo a U. un
acróstico que compuse yo el 17 de diciembre
de 1842 después de presenciar la
procesión fúnebre, que no tiene otro
mérito […], y el entusiasmo que
me animaba en aquellos momentos; U. tan
buen amigo del libertador verá
esta composición con interés, no por el
mérito de ello, sino por el
objeto a que fue dirigida:
Al héroe insigne que en el
Nuevo Mundo
Bendicen tantos pueblos y
naciones
Ofrecen hoy con un dolor
profundo
Lágrimas, gratitud los
corazones
Inmortal lazo aquel que sin
segundo
Vivió para llenar grandes
misiones
A la causa más justa dio
victoria
Recibiendo por premio eterna
gloria.
(Carpeta 1846 N° 21 G Documento
21317)
Por lo general, Josefa firma sus
cartas con su propio nombre, pero en algunas
ocasiones, sobre todo cuando
narra a Tomás Cipriano de Mosquera la difícil
situación que vive Venezuela
debido al enfrentamiento entre oligarcas y
liberales, firma bajo el
seudónimo “Calamar”, sin aparecer de paso ninguna
mención de por qué lo hace. Nos
inclinaríamos a pensar que es debido a que si
la carta llegara a caer en manos
indebidas, su frágil situación de mujer exiliada
se vería perjudicada por el
contenido de las cartas tan próximas a las auténticas
misivas políticas. En una
ocasión la escritora envía a Mosquera, pidiéndole que
lo publique, el poema titulado
A Cartagena; advirtiéndole que si fuere
absolutamente necesario lo dé a
conocer con su propio nombre, pero que en lo
posible lo haga bajo seudónimo.
El poema fue escrito en respuesta a un artículo
de un escritor al que Gordon de
Jove denomina público (contrario a ella, que se
definiría como una escritora
privada); artículo en el cual dicho escritor público
se manifiesta en contra de la
apertura del puerto de Cartagena. En carta dirigida
a Tomás Cipriano de Mosquera el
3 de mayo de 1846, Josefa manifiesta
efectivamente que: “Si no fuera
impropio que las mujeres escribamos de política
mi débil voz sofocaría la ronca
y destemplada de ese loco” (Carpeta 1846 21 G
Documento 21300); y más
adelante, en la misma carta dice:
Desde enero mandé al Sr. Juan
Ujueta una copia de esa poesía que incluyo
a U., y le dije la hiciera
imprimir en el Día, no por orgullo, no por vanidad, sino
porque deseaba que mis
conciudadanos oyeran mis deseos, deseaba hablarles y
manifestarles mi contento por el
porvenir dichoso que les espera si se llevan a
efecto las benéficas
providencias del gobierno. Ujueta me escribió que la había
mandado el Sr. Cualla y que éste
había quedado en imprimirlo a fines de febrero
pero veo que no lo ha hecho ni
lo hará, pues tal vez el autor del artículo contra
Cartagena se opondrá; yo se lo
mandé después a Pombo, pero no le dije que lo
hiciera imprimir, creyendo que
Ujueta hubiera cumplido mi encargo. Ahora
bien, yo suplico a U. me haga el
favor de mandarlo a cualquiera imprenta,
porque ya tengo un empeño en que
se publique y si hay detractores de mi tierra
natal, es preciso que también
tenga defensores de sus virtudes cívicas, y de su
acendrado patriotismo. Ignoro si
es preciso dar mi nombre al impresor, si así
fuere va firmada, pero si no es
necesario deseo guardar el anónimo. No califique
U. esta súplica mía de
impertinente si es U. el presidente de mi patria, es
también mi amigo, y como tal le
doy esta molestia. (Carpeta 1846 21 G
Documento 21300).
El poema A Cartagena, al
que hacemos mención, describe los hechos del
sitio de Cartagena de 1815, cómo
sus habitantes defendieron heroicamente la
ciudad del cerco que le tendió
Morillo hasta morir de hambre; describe asimismo
a Cartagena como una ciudad
hospitalaria, un emporio de riqueza que quedó
prácticamente destruido, sin
comercio y sin naves; relata a continuación la
llegada de legisladores que
quisieron retribuir a la ciudad su antiguo esplendor
llevando a Cartagena los barcos
a vapor por el río Magdalena; en fin, el poema
termina con los siguientes
versos:
Ojalá que mi suerte hoy
desgraciada
me conceda escogerte por retiro.
Do mi postrer suspiro
Reciba mi familia idolatrada;
Pero si en suelo extraño acaso
muero,
De mi buen hijo espero
Que mis restos él mismo
restituya
A ti mi cara patria, y sólo
suya.
(Caracas, enero 3 de 1846)
Identidad de Josefa Gordon de
Jove
En Sí mismo como otro
(1986), el filósofo hermeneuta Paul Ricoeur, plantea:
“¿No consideramos las vidas
humanas más legibles cuando son interpretadas
en función de las historias que
la gente cuenta a propósito de ellas? ¿Y esas
historias de vida no se hacen a
su vez más inteligibles cuando se les aplican
modelos narrativos ¯tramas¯
tomados de la historia propiamente dicha o de la
ficción (drama o novela)?
Parecería, pues, plausible tener por válida la siguiente
cadena de aserciones: la
comprensión de sí, es una interpretación; la
interpretación de sí, a su vez,
encuentra en la narración, entre otros signos y
símbolos, una mediación
privilegiada; esta última se vale tanto de la historia
como de la ficción, haciendo de
la historia de una vida una historia de ficción o,
si se prefiere, una ficción
histórica, entrecruzando el estilo historiográfico de
las biografías con el estilo
novelesco de las autobiografías imaginarias”7. Se
puede plantear, a partir de
estas afirmaciones, que hay una relación entre el
género epistolar y las historias
de ficción, pues quienes escriben las cartas
cuentan historias sobre sí
mismas, manifestando una comprensión de sí
mediante una mediación que se
vale al mismo tiempo de la historia y la ficción;
de esta manera se cruzan los
estilos historiográfico y novelesco. En las cartas
de Josefa encontramos lo que
podemos denominar con Ricoeur, una
“comprensión de sí” que le
permite definirse como cartagenera, granadina, y
extranjera en tierras
venezolanas; se siente alejada de su patria pero la misma
lejanía le da una perspectiva de
análisis de lo que sucede en la Nueva Granada.
La escritora realiza una aguda
interpretación de los acontecimientos de las dos
naciones, y la transmite a sus
corresponsales en detallados análisis; de la era
Páez a la Revolución federal en
Venezuela (1830-1846), cuando tras la ruptura
con Bolívar, Páez dominó la
política venezolana en beneficio de la oligarquía
conservadora, y posteriormente
cuando J. T. Monagas derrotó la reacción
conservadora encabezada por Páez
y permitió la instauración de la oligarquía
liberal en el gobierno, para
citar sólo un ejemplo, son actores y eventos políticos
mencionados reiteradamente por
Josefa Gordon en sus cartas.
Quien escribe en las cartas,
consigna su identidad y a la vez trasciende en
el tiempo; Ricoeur precisa al
respecto: “la identidad personal sólo puede
articularse en la dimensión
temporal de la existencia humana”8. La “trascendencia
en el tiempo” debe responder en
las cartas a la pregunta “¿quién soy yo?”, a
partir de la cual se realiza una
suerte de proyección de la imagen y los valores de
un individuo. Ahora bien, ¿cómo
responde Josefa Gordon de Jove a esta
pregunta?; en sus cartas se
presenta y define ante todo como “americana”,
exponiendo un pensamiento
americanista en el que propende por la defensa de
los países americanos ante la
posibilidad de invasiones extranjeras. Puede
decirse además que ella defiende
los intereses nacionales de la Nueva Granada,
cuando al escribir a Tomás
Cipriano de Mosquera le aconseja que durante su
período presidencial haga que se
escriba la historia de la Nueva Granada, se
promueva la inmigración
extranjera, se proteja la educación pública, se
construyan caminos nacionales,
se rescate la memoria de los hombres
bienhechores del país, se anime
a los pueblos al trabajo, se fomente el cultivo
del algodón y, en general, se
impulse la agricultura, las artes y la industria.
Ricoeur plantea que “en gran
parte la identidad de una persona, de una
comunidad, está hecha de estas
identificaciones -con valores, normas, ideales,
modelos, héroes-, en los que la
persona, la comunidad, se reconocen. El
reconocerse -dentro de
contribuye al reconocerse- en… la identificación con
figuras heroicas manifiesta
claramente esta alteridad asumida; pero ésta ya está
latente en la identificación con
valores que nos hace situar una “causa” por
encima de nuestra propia vida;
un elemento de lealtad, de fidelidad, se incorpora
así al carácter y le hace
inclinarse hacia la fidelidad, por tanto a la conservación
de sí”9. Si tomamos a pie
juntillas esta descripción y valoración de la identidad,
en el caso de Josefa Gordon de
Jove podemos reconocer cómo el conjunto de
sus cartas se configura como
testimonio suficiente de la determinación de
asumir una alteridad, un
“héroe”, un objeto de lealtad y fidelidad en Tomás
Cipriano de Mosquera. En carta
del 26 de mayo de 1845, Josefa Gordon de Jove
escribe:
Si U. a sus glorias militares y
a sus servicios y padecimientos durante la
guerra de la Independencia,
añade ahora el que la Nueva Granada le deba su
tranquilidad y dicha, con cuanto
placer latirá el corazón de U. cuando reflexione
y diga al dejar el mando
«mientras mi patria necesitó de mí en los campos de
batalla para sostener las luchas
de su libertad, y calmar los disturbios domésticos,
derramé, mi sangre por ella;
cuando me confió sus destinos llevándome al rango
de su primer magistrado olvidé
los agravios e injurias personales que se me
hicieron, no me valí de
cauterios para cicatrizar mis heridas, sino de bálsamos
suaves, y sólo dulces recuerdos
dejo en los corazones de mis compatriotas».
(Carpeta 1845 24 G Documento
19156).
Josefa asume entonces el
personaje de Tomás Cipriano de Mosquera y le
otorga un pensamiento que es el
suyo propio, lo que no está muy lejos de una
construcción narrativa de un
personaje en el cual derivar elementos
determinantes de la identidad
personal, en un marco de alegato por los ideales
nacionalistas que el personaje
en cuestión, Tomás Cipriano Mosquera, debe
asumir con decisión y
compromiso. Ricoeur afirma a este respecto que:
La idea de una concentración de
la vida en forma de relato está destinada a
servir de punto de apoyo al
objetivo de la vida “buena”, piedra angular de su
ética como lo será de la
nuestra. ¿Cómo, en efecto, un sujeto de acción podría
dar a su propia vida,
considerada globalmente, una cualificación ética, si esta
vida no fuera reunida, y cómo lo
sería si no en forma de relato?10
Ahora bien, Gordon de Jove hace
dicha “cualificación ética” de las acciones
de Tomás Cipriano de Mosquera,
practicando en ocasiones diferentes niveles
del uso del discurso, separando
al caballero Mosquera, del primer magistrado
de la Nueva Granada; así se lo
manifiesta en una carta fechada en Caracas el 26
de mayo de 1845:
Si, U. deberá gozar no sólo de
tan dulces y consoladores recuerdos sino que
es también preciso que durante
el período de su mando se levante la carta y se
escriba la historia de nuestro
país, que promueva U. la inmigración de extranjeros,
y proteja la educación pública.
Disimule U. que le manifieste con tanta franqueza
mis sentimientos; pero es al
Caballero Mosquera a quien le hablo, si este, quiere
puede decírselo al Presidente de
la Nueva Granada” (Carpeta 1845 24 G
Documento 19156).
El que parece ser un juego de
palabras empleado por la escritora para poder
decir cosas que se podrían
asumir como atrevidas si se dijeran de manera
abierta al presidente de una
nación, consigue diferenciar tanto los roles como
los caracteres de su personaje,
en quien reconoce a un caballero que sabe
escuchar y valorar lo que
sincera y abiertamente se le dice; de esta forma
disculpa por supuesto su
atrevimiento, pero consigue a cambio su cometido
que, de manera irrenunciable,
consiste en exponer su identidad política
granadina. Pero, lo que resulta
más interesante de hechos como éstos, son las
características que acercan las
cartas de Gordon de Jove al texto narrativo,
único recurso del que disponemos
de momento para dar un lugar a esta escritora
en la historia de la literatura
colombiana del siglo XIX.
Ricoeur plantea la siguiente
serie de preguntas: ¿Qué sucede, en primer
lugar, con la relación entre
autor, narrador y personaje, cuyas funciones y
discursos son bien distintos en
el plano de la ficción? Cuando yo me interpreto
en los términos de un relato de
vida, ¿soy a la vez los tres, como en el relato
autobiográfico? Narrador y
personaje, sin duda; pero de una vida de la que, a
diferencia de los seres de
ficción, yo no soy el autor, sino a lo más, según la
terminología de Aristóteles, el
coautor, el synáition. Pero, dando por supuesta
esta reserva, ¿no sufre de
equivocidad la noción de autor cuando se pasa de la
escritura a la vida?11. Si a
partir de esta valoración clasificamos definitivamente
las cartas dentro del relato
autobiográfico, es decir, en el tipo de escritura
dispuesta en función de la
exposición del “yo” de un autor, en el caso de
Gordon de Jove tendríamos que
es, efectivamente, autora, narradora y personaje
de sus cartas o, como insistimos
en verlo, de sus propias narraciones.
Algunas conclusiones
Josefa Gordon de Jove se
identifica a sí misma, en primera instancia, como
“cartagenera”, como una mujer
con ideas progresistas, y en este propósito, de
manera reiterada expone a Tomas
Cipriano de Mosquera en sus cartas y,
probablemente a todos sus
cercanos de manera oral, la ambigua condición
suya, retirada de su propia
ciudad, pero con la suficiente fidelidad y el suficiente
espíritu patriótico para poner
su gran formación intelectual en función de esa
identidad. Y será sólo con
ocasión del poema A Cartagena, del que hablamos
atrás, que encontrará el recurso
definitivo para plasmar su identidad en un
lenguaje que trascienda su
propia historia y la de su ciudad; en el poema podrá
efectivamente dejar memoria y
constancia de la doble identidad, doble historia
de una ciudad y una mujer,
identificadas ante la historia como valerosas, fieles
y progresistas.
Para terminar, considero
importante traer a cuento lo que expresa Paul Ricoeur
acerca de la relación entre los
relatos literarios y las historias de vida: “De esta
discusión se deduce que relatos
literarios e historias de vida, lejos de excluirse,
se complementan pese a, o
gracias a, su contraste. Esta dialéctica nos recuerda
que el relato forma parte de la
vida antes de exiliarse de la vida en la escritura;
vuelve a la vida según los
múltiples caminos de la apropiación y a costa de las
tensiones inexpugnables de las
que acabamos de hablar”12
Siendo así, podemos considerar
las cartas de Josefa Gordon de Jove como
documentos esenciales para
estudiar esa relación entre relato literario e historia
de vida, estudio que apenas
comienza.