El monte arrullador

  • José L. Mosquera R. Universidad Autónoma del Cauca

Resumen

Dicen los viejos que la maldición de unos es la bendición de otros. En el caso del caserío de Cantarrana la fortuna fue de pocos y la desgracia de bastantes. Cuentan los que saben que allá en los montes susurrantes se esconden historias extraordinarias. El caserío de Casas Viejas es ejemplo.

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Biografía del Autor

José L. Mosquera R., Universidad Autónoma del Cauca

Proveniente del municipio de López de Micay, en la Costa Pacífica Caucana, reside en la ciudad de Popayán. Es abogado de la Universidad Autónoma del Cauca y gestor cultural. Actualmente es el Presidente del Movimiento Afro de Reconocimiento Étnico y Ancestral “MAREA”, y Director del Grupo Folclórico MAREA, el cual articula la Música, la Danza y la Tradición Oral del Pacifico. Tambièn es Miembro fundador del Colectivo Marrones, creador del ‘Primer Afroencuentro Pelos de Resistencia’ (2017). Su relato ‘El Monte Arrullador’, cuenta la relación espiritual que existe entre siete mujeres mayoras denominadas ‘El Matronato’ y siete arboles vernáculos propios del corazón de la selva del Pacifico. Consciente de que es la memoria colectiva la que nos permite preservar la identidad como grupo étnico y como pueblo, en relatos, poesías y canciones hago mis respectivos aportes a la reconstrucción literaria que cada vez está tomando más fuerza.

Publicado
2018-09-25
Como citar
MOSQUERA R., José L.. El monte arrullador. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://poligramas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7013>. Fecha de acceso: 21 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7013.
Sección
Hojarascas

El monte arrullador

Dicen los viejos que la maldición de unos es la bendición de otros. En el caso del caserío de Cantarrana la fortuna fue de pocos y la desgracia de bastantes. Cuentan los que saben que allá en los montes susurrantes se esconden historias extraordinarias. El caserío de Casas Viejas es ejemplo.

Justiniano Riascos se convirtió en mayordomo comunitario en remplazo de don Marcelo Amú, quien murió a los 111 años después de agonizar varias semanas. Era un hechicero versado; liberarse de sus ángeles y diablos no le fue fácil. Solo hasta que le dieron a beber sus uñas los espíritus del bien y el mal lo dejaron partir.

Fue Machelo --como le decían al finado-- quien le habló a Justo --como le decían a Justiniano-- de la legendaria ‘Flor del Tula’. Ocurrió al culminar una tonga, y al cabo de un año de su muerte, en sueños, se le reveló, confesándole cuál era la recompensa si llegaba a conseguir aquella flor catalogada como la más bella del universo.

A sus 75 años don Justo era un personaje reconocido por muchas cualidades, pero la gente le tomó afecto después de encabezar la lucha contra el gobierno central para impedir la explotación, por parte de una multinacional, del ‘Monte de las Ánimas’, que para el Estado representaba una inmensa riqueza mineral. Pa’ Casas Viejas, en cambio, el dicho monte simbolizaba un territorio sagrado donde iban a descansar las almas de sus muertos. Además, el monte ocultaba un secreto que todos temían saber, por eso, a pesar de conservarlo, nadie se acercaba por allá.

Haberse vuelto el habitante más ilustre del pueblo le llenaba de orgullo, pero don Justo no estaba satisfecho, perseguía una ambición más heroica, y por eso, de su mente, no se le quitaba la famosa leyenda. No iba perder más tiempo en si era verdad o mentira, la decisión ya estaba tomada; además, ya había hecho todo lo necesario para emprender la aventura, le faltaba un solo paso: agarrar la flor antes que el espíritu. Para eso había repasado la oración de la mano poderosa cientos de veces y había fraguado en su cabeza miles de estrategias para ser más ágil que aquella sombra peregrina.

Llegado el 22 de septiembre, al sucumbir el atardecer, Justo labró un palo que le serviría de apoyo y tomó rumbo hacia el ‘Monte de las Ánimas’. Sabía que no era necesario irse tan temprano, la desesperación por alcanzar su objetivo le pudo más. Muchos lo vieron salir. El único que le lanzó una frase irónica fue su compa Victoriano: “Al monte vas, ermitaño, a liberar una pesada carga”. Pensó en responderle que solo iba a milandar, prefirió ignorar todos los sentidos de su frase. En la orilla del mismísimo rio Micay empujó el potrillo, cogió palanca, canalate y se embarcó agua bajo entonando cantos de boga al tenor del recatón.

Las tonadas del Oi Ve y el roncar del canalete cesaron cuando entró a la quebrada del Riviel, donde después de pasar el manso de Los Sábalos le tocaba palanquear corriente arriba. Al terminar de pasar la Playa de la Tunda, antes de adentrarse en el monte, recitó al revés los respectivos rezos que lo protegerían de todos los espantos y visiones nocheriegas de la montaña. En el Paso del Guatín recordó que una de las condiciones que debía tener presente era que no podía medir el tiempo en aparatos inventados por la humanidad. Debía tener la suficiente sabiduría para advertir la llegaba de la media noche y presenciar el extraño acontecimiento. El viejo curtido no perdió la noción del tiempo ni estaba nervioso de nada, se sabía todas las invocaciones que le habían enseñado sus ancestros más próximos, lo cual era un privilegio que no tenía cualquiera. Selectivamente, las viejas y los viejos confiaban sus secretos a las personas. Estaba preocupado, eso sí, porque suponía que el espíritu, al igual que él, estaría expectante del suceso, y el no verlo representaba una desventaja para él. De hecho, esa fue la principal causa por la cual sus antecesores, que también tuvieron la osadía de emprender esta malaventura, fracasaron, lo que los dejó como culebras mal apaleadas.

Un presentimiento intenso le hizo comprender que el momento estaba cerca. Será el ánima de Machelo, pensó. La fatiga del cuerpo lo puso inquieto. Decidió tranquilizarse como si nada excepcional allá en lo profundo del bosque estuviera por ocurrir. Resolvió alejarse y esconderse atrás de un papachinal, desde donde podía ver el tronco del Tula, el palo muerto que alguna vez fue un árbol lleno de vida y ahora era un esqueleto de madera donde nacería la prodigiosa flor. Tomó posición para emprender la carrera al menor visaje y se acuclilló a esperar. Entonces, de repente, el rosar punzante de una pringamoza en su cuello le hizo pegar el brinco y correr a toda velocidad hacia el Tula, de cuyo interior empezó a producirse un crujido y un destello de luz plateada que resplandeció el espacio y venció la oscuridad antes imperante.

La leyenda de la flor del tula tenía muchas versiones, todas obviaron este fantasmagórico fenómeno, incluso la de Machelo.

Después de correr con todas sus fuerzas Justo terminó abalanzándose con las manos abiertas hacia el Tula, el cual se encontraba partido como si un hachazo lo fuera dejado abierto de par en par. Allí estaba relumbrante, era toda ella, una flor de siete pétalos y una belleza indescriptible. Justo se apresuró a cogerla, sin embargo no sintió que la hubiera agarrado. Extrañado se incorporó, y vio como la flor levitó hacia la altura de su pecho. Ésta empezó a moverse hacia la cima del monte, alejándose del viejo, que decidió seguirla. La luz plateada que emanaba la flor resplandecía e iluminaba el camino. Se miraban rostros de animales cuadrúpedos y aves que no ocultaban el asombro en sus iris grisáceos. En la travesía subieron lomas, pasaron quebradas y riachuelos hasta llegar a un claro donde la flor se detuvo.

Allí una corriente de aire se apoderó del lugar. El frío brutal le heló la sangre a Justo, y aunque el viejo apenas podía percibir una forma vítrea en el aire, el hálito espectral confirmaba la presencia. El espíritu, a quien Justo había arrebatado el derecho a poseer una vez más la musa de la selva, había llegado para consumar el trato, tal como lo decía la leyenda: el hombre o la mujer que en el equinoccio de primavera del año, consiga coger antes que el espíritu a la inmemorial ‘Flor del Tula’, tendrá que entregársela por ser el guardián del ‘Monte de las Ánimas’, quien lo recompensará con un legado inalcanzable para la mayoría de los mortales.

--Perdonará usted, mayordomo, el gélido de mi aura, pero es la naturaleza de nosotros los espíritus. Bienvenido.

--Descuide usted, divinidad; con entereza asumo el clima de mi victoria.

--Bueno, mayordomo, ha conseguido usted lo que ansiaba de una manera audaz, pero dígame. ¿Qué lo ha motivado?

--Existen hombres de tierras lejanas que quieren destruir la mía. Como humano, junto a mis coterráneos, los enfrentamos y los vencimos, pero no es suficiente para mí. Primero vine a descubrir el secreto que se esconde aquí, así cuando me muera convertirme en el nuevo guardián del ‘Monte de las Ánimas’.

--El ‘Monte Arrullador’ querrá decir.

--¿El monte qué…?

--Arrullador, sí señor, y el secreto que se esconde aquí no es más que un cenotafio donde yacen los siete cuerpos del matronato.

--¿Pero de qué me está hablando usted? ¿Podría contarme la historia completa?

--Atrás, en los montes susurrantes, se esconden muchas historias portentosas. La que te voy a narrar es una de ellas:

El caserío del que tú vienes, llamado hoy Casas Viejas, originalmente se llamó Cantarrana. Sus fundadoras lo llamaron así por el intenso croar de estos animales en la noche. Situado en las orillas del mismísimo río Micay, era una colonia de la selva donde habitaban los Kalunga, mujeres y hombres pacíficos ombligados de Anansi, dios y diosa de la diáspora africana. Los Kalunga tenían muchas cosas por las cuales sentirse privilegiados, pero había una en especial que lo hacía únicos: el ‘Matronato’, una cohorte de siete mujeres milenarias que regían los destinos de la comunidad desde un islote en el mismísimo rio Micay. Su carácter de sacerdotisas inspiraba respeto y admiración por parte de sus prohijados. No les llamaban matronas solo por el hecho de traer a casi todos los miembros de la comunidad al mundo, sino porque eran la máxima autoridad. Resolvían los conflictos comunitarios; regulaban actividades de economía auto sostenible como la tonga y la mano cambiada; impartían las normas de convivencia para evitar las malas conductas y también se habían consagrado como una especie oráculo al que la gente consultaba cuando tenían alguna dificultad. Todo esto mantenía al pueblo en notable armonía. Tenían además poderes asombrosos que utilizaban en las curaciones con la complicidad del secreto de plantas como la malva, el amansaguapo, la suelda con suelda, el anamú o la venturosa. Aunque las ancianas tenían miles de años encima, llegaron a un estado en el que ya no envejecían más; y aunque corría el rumor de que eran mujeres eternas, ellas mismas advirtíeron que el día que se destruyeran sus almas morirían.

Estas ancianas escondían un enigma que nadie más en la comunidad sabía. Tenían una correlación fantástica con una impetuosa y misteriosa arboleda. Esta estaba ubicada en la cima de un bosque y se erigía desde la tierra como un grupo de rascacielos madereros: era el ‘Monte Arrullador’, un hatajo de seis árboles gigantes y una planta arborescente que representaban la esencia de la purificación selvática. Su nombre se debía al dulce sonido que emanaba desde su interior. Oculto por la niebla en el día, desnudo en las noches y circundado por criaturas noctívagas, este monte era el clímax y punto de encuentro de la selva, donde diversas especies de animales y plantas, muchas de ellas desconocidas en otros lugares, confluían en una danza armoniosa entre la flora y la fauna, lo que lo convertía en erial consagrado de la vida.

El ‘Matronato’ no era un consejo de diosas terrenales o brujas bondadosas, solo tenían dones extraordinarios superiores al resto de los humanos. El ‘Monte Arrullador’ era sagrado para ellas por una razón especial: de allí provenía y dependía su existencia; esos siete arboles configuraban sus almas. El alma de Librada estaba representada por el Trúntago, árbol de madera perdurable, viga de las casas y soporte de los puentes. Digna tenía como alma al Choibá, mango de herramientas de trabajo y columna de las casas. Salvadora el Chachajo, el madero de los canaletes roncadores. Marina, a su vez, era figurada por el Sangre Gallina, el de la savia purpurea que brota a la menor herida. Fortunata el Balso, la madera de las artes por su suavidad y liviandad. Amada no se quedaba atrás, tenia de alma al Tangaré, el árbol de la carpintería. Veneranda, finalmente, estaba unida a una palmera intrusa en medio de esa sacra arboleda, el Pambíl, dama de la chonta que al ser convertida en instrumento musical libera el sonido más puro de la selva.

Quien más podía ser, sino Anansi, la autora de este vínculo prodigioso, que con sus hilos bendijo a estas siete mujeres con estos siete árboles, decidiéndoles así almas para que consumaran su trabajo en la tierra. Para mantener esta ilación, las matronas hacían rituales de purificación al pasmoso monte y estos árboles sagrados a su vez depuraban y purificaban todo el resto del bosque.

Toda esta connivencia entre el ‘Matronato’ y el ‘Monte Arrullador’ tenía efecto en Cantarrana, de manera que los Kalunga eran muy privilegiados. La naturaleza les proveía de todo lo necesario: agua, alimentos, materiales, aire puro, plantas medicinales; ostentaban variadas especies de aves, animales silvestres y peces de agua dulce. Su sistema de autoconsumo no permitía el comercio. Los pocos árboles que se cortaban de manera selectiva eran para uso necesario; nadie fragmentaba un árbol si no era por una necesidad imperiosa y no podía hacerse en luna ni en cuarto creciente porque la madera se pudría. Era deber también resembrar proporcionalmente a lo consumido, así como cultivar en luna nueva para obtener buenas cosechas.

A pesar de la ignorancia de los Kalunga respecto al ‘Monte Arrullador’, no había quien no le tuviera gran admiración al ‘Matronato’. Había un niño de 11 años llamado Sirhán que tenía una especial fijación con las sacerdotisas. Se mantenía constantemente con ellas, a menudo les llevaba obsequios y se había convertido en su ayudante. La matrona Marina lo trajo al mundo, y desde que vio la barriga alargada y puntuda de Sihara, su madre, supo que era varón.

Una tarde, cuando los Kalunga estaban dedicados a sus actividades cotidianas, empezó a percibirse un sutil olor a chontaduro en cocción, que poco a poco se fue esparciendo por toda la comunidad. Al principio la gente no le prestó mucha atención, pero su constancia ya pasadas horas y horas comenzó a inquietarlos. En unas casas se creía que el olor venia de la de en frente, en la de en frente que de la del lado, y en la del lado que de la de atrás. No provenía de ninguna, y se propagó a tal punto que la gente empezó a salir de sus hogares a averiguar de dónde era que salía el aroma que le estaba abriendo el apetito a todo el mundo. Nadie hallaba una explicación, empezando que ni siquiera había cosecha de chontaduro. La intensidad del olor exquisito se incrementó al punto de que la gente empezó a delirar como si el mismísimo opio enajenara sus voluntades. Gemidos y alaridos formaron un coro colectivo de lamentos, hasta que un grito estridente los despertó del éxtasis. Era Sirhán, quien se encontraba en el rio poniendo una catanga en el tulál y subió al pueblo a avisar lo que estaba sucediendo: venia bajando, por la mitad del rio, una olla de chontaduro hirviendo. Mientras la gente miraba estupefacta como la olla negra se iba agua abajo, Sirhan fue corriendo a contarles a las matronas que se encontraban reunidas haciendo artesanías con los cristales del Algarrobo, y aunque no alcanzaron a ver el suceso lograron restablecer la calma.

Al caer la noche, cuando Sirhán se fue a tomar el choibalate que la matrona Digna siempre le preparaba, alcanzó a escuchar, de boca de la matrona Librada, las últimas palabras de la reunión que habían sostenido.

--Nuestros antepasados no están enviando señales, algo muy malo está por ocurrir, y nada podemos hacer, porque el mal proviene de las fuerzas ruines del corazón de los hombres, y nuestros benignos poderes palidecen ante ellas, lo único que podemos hacer es tratar de salvar a nuestro pueblo.

El evento de la olla de chontaduro fue un primer presagio, porque después vinieron otros que le quitaron la tranquilidad a Cantarrana. Como que las gallinas en vez de los gallos empezaron a cantar en la madrugada. Algunas personas empezaron a mirar sus sombras sin cabeza, o los perros no paraban de llorar en la noche y el guaco, pájaro de la muerte, no dejaba de interpretar su canto melancólico caída la oscuridad.

Pero lo peor estaba por venir.

Lo que los presagios anunciaban empezó a materializarse el día que las matronas escogieron para comunicar la decisión que habían tomado. Ocurrió que la matrona Digna amaneció muerta.

No les quedó más remedio que practicarle los respectivos rituales fúnebres y enterrarla debajo de la misma choza donde vivía. La gente no se había recuperado del fallecimiento de la anciana cuando apareció muerta Salvadora. Lo mismo pasó luego con Librada. Nadie supo la causa de sus muertes. En los días que sobrevinieron murieron Amada, Veneranda y Fortunata. Solo quedaba Marina, solitaria en el islote junto a sus seis hermanas muertas.

La gente se llenó de miedo.

La ausencia de las sacerdotisas les impedía saber qué hacer. Marina, la matrona sobreviviente, al ver el desconcierto envió un mensaje con Sirhán para que lo divulgara a toda la comunidad. Debían abandonar Cantarrana; había surgido una enfermedad en el aire que iba acabar con toda la gente. Los Kalunga se rehusaron a dejarla sola, pero ella manifestó que ya estaba contagiada con la enfermedad y tenían que irse antes que la peste pasara del islote al caserío.

Entrada la madrugada comenzó el éxodo. Los habitantes de Cantarrana cogieron sus pertenencias y se echaron agua abajo en balsadas, alumbrándose con antorchas encendidas en medio de la niebla que blanqueaba el rio. Nadie podía ocultar la enorme tristeza que significaba tener que abandonar su pequeño paraíso. Los Kalunga se dispersaron por todo el Micay, adentrándose en varios de sus ríos tributarios como el Chuare, el Jolí, el Sigüí y el Agua Clara. Otros prefirieron la tierra del gran río Naya.

Mientras tanto, Marina se quedó sola en el despoblado lugar que fue cubierto por la niebla. Ella, en su choza, se dispuso a desaparecer en la oscuridad. Cuando se disponía a cerrar los ojos un extraño ruido la sacudió; algo que venía serpenteándose entre las matas a una velocidad inquietante la hizo poner de pie. Una figura se abalanzo sobre su cuerpo y la abrazó. Era Sirhán, que había abandonado la procesión. Marina no ocultó su alegría al verlo, pero prefirió regañarlo por la insensatez que había cometido. Sirhán le confesó que se había devuelto porque sabía que lo de la enfermedad en el aire era mentira. Venía dispuesto a descubrir la verdad que se ocultaba detrás de la muerte de las matronas. La anciana guardó silencio y le preparó una sopa de resplandor, un plato solo para ocasiones especiales. Luego hizo esfuerzo por abrazarlo, pero se desplomó en el suelo. En su agonía le revelo el vínculo enigmático con el ‘Monte Arrullador’ y cómo, tal vez, allá hallaría respuesta. Le explicó la ruta. Antes de morir le declaró su última voluntad: que hiciera lo posible por enterrarla junto a sus hermanas en una tumba colectiva en la cima del monte; así, en prueba de su reunión más allá del infinito, cada equinoccio de primavera del año se manifestarían a través de una flor que renacería de un tula.

Rayando el sol, Sirhán desenterró a las seis matronas ancianas y construyó un cenotafio donde metió a las siete. Luego de tomarse la sopa se fue al ‘Monte Arrullador’. Desde el pie del monte empezó a notar cosas extrañas: pequeñas manchas rojizas que salpicaban sus pies. Al llegar a la cima observó, horrorizado, una imagen que marcó su existencia: los seis árboles, Trúntago, Choibá, Chachajo, Tangaré, Balso, Sangre Gallina y la palma del Pambíl, se hallaban destrozados, junto a otros árboles que, alrededor, yacían también derribados.

Escuchó un ruido a lo lejos y decidió seguirlo. Entre más se acercaba más le retumbaban los oídos. Al llegar al origen del ruido miró cómo un grupo de hombres dominaba un grupo de monstruos con lenguas alargadas y llenas de dientes filosos que rechinaban en la piel de los árboles, mutilándolos, haciéndolos caer estrepitosamente a la superficie del bosque. Sirhán se devolvió despavorido, temeroso de que esos monstruos lo fueran a devorar y arrastrar hacia un destino desconocido como estaban haciendo con los árboles. Después de recuperarse del impacto se propuso resembrar los árboles sagrados del ‘Monte Arrullador’. Solo así le encontró sentido a su existencia.

Si este monte sagrado existe en el presente después de su aniquilación, fue porque ese niño que en el pasado fui yo, ese niño que se hizo joven, adulto y anciano, lo reconstruyó. Al morir el ‘Matronato’ me transfiguró el espíritu guardián de este lugar. Esa es la historia.

--Ahora lo comprendo todo, pero tengo una última duda, ¿cuándo yo muera y venga a reemplazarlo, qué pasara con usted?

--Empezaré mi proceso para reunirme con el ‘Matronato’, quien me convertirá en un ser etéreamente superior.

--Se convertirá usted en un dios.

--Posiblemente.

--¿Y yo también tengo posibilidades de convertirme en un dios?

--Posiblemente, pero para eso debe existir otra u otro mortal que pueda conseguir alcanzar, antes que usted, a la musa de la selva: la legendaria ‘Flor del Tula’.

Ahora entrégueme la flor, don Justo. Cuando usted muera no tendrá el mismo destino de sus hermanos y de los que alguna vez fueron los míos. Sufrirá una transmutación que lo convertirá en el nuevo espíritu guardián de este ‘Monte de las Ánimas’. No se le olvide, jamás, que es la reencarnación natural del ‘Monte Arrullador’.