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Como pocos países en el mundo,
Colombia ha tenido el privilegio geográfico
de contar con dos regiones
bañadas, respectivamente, por las aguas del Caribe y del Pacífico.
¿Ha existido una relación entre
estas dos regiones? Y si ha existido, ¿cuáles
han sido?
Para dar respuesta a estas
preguntas, tenemos que empezar por remontarnos
a la historia del país antes de
su fundación, y decir que Colombia, como un país de regiones, fue el
resultado de la experiencia de los viajeros, que con Cristóbal Colón, no
solo descubrieron un Nuevo Mundo, sino que fundaron una nueva región y
una nueva cultura.
Es Cristóbal Colón quien abre el
camino, para que hasta finales del siglo
XIX, entren al país cientos de
viajeros motivados por el mito del Paraíso terrestre o el mito del
Dorado.
Estos viajeros, que entraron por
el Caribe colombiano, contribuyeron de
una u otra manera a construir un
país y a establecer los primeros vínculos entre las diferentes regiones.
Por el Caribe entró Vasco Núñez
de Balboa quien descubrió el Pacífico
colombiano llamándolo por
primera vez el “mar del sur”. Balboa fue el primer
gobernador del Darién y murió en
Panamá acusado de conspirar contra el rey.
Entró Pascual de Andagoya quien
fundó la ciudad de Panamá. Entró Juan de
Ladrilleros quien fundó la
ciudad de Buenaventura, en 1540, sobre la isla de
Cascajal. De este lobo de mar,
hoy se derivan los nombres de las playas turísticas de Juanchaco y
Ladrilleros en la costa Pacífica. Entró Alejandro von Humbolt quien
viajó hasta el Ecuador, en busca de sus investigaciones físicas y
naturales.
Entró Charles Stuart Cochrane
por el golfo de Urabá, que tomando el río Atrato
ingresó al Chocó con el
privilegio gubernamental de la pesca de perlas en el mar Pacífico.
Entraron Charles Marie de la Condamine y Bonaparte Wyse, que bajaron por
el sur hasta el Perú. Y entró George Henry Isaacs, el padre del
novelista Jorge Isaacs, desde Montego Bay, en Jamaica, que en busca de
fortuna se internó en las minas de Nóvita en el Chocó; y luego viajó a
Cali, junto a Manuelita Ferrer en busca del Paraíso.
Todos estos viajes, que en su
primera etapa fueron de conquista y
colonización, y luego de
exploración científica y comercial, crearon, en el caso
del Caribe y el Pacífico, una
serie de intercambios y vínculos entre estas dos
regiones, que aunque estaban
separadas geográficamente, nunca lo estuvieron en realidad
culturalmente.
En primer lugar, porque la
cultura y la barbarie del viejo mundo entraron en
barco por el Caribe y a partir
de allí se extendieron en todo el territorio nacional; en segundo lugar,
porque dichos vínculos científicos y comerciales que continuamente
generaban los viajeros entre el Caribe y el Pacífico tuvieron como
escenario de fondo las fuertes migraciones de mano de obra esclava que
venían del Caribe y se instalaban en la hacienda y en las minas del
Chocó y el Valle del Cauca.
Según el historiador Germán
Colmenares, entre el siglo XVI y el siglo XIX
entraron por Cartagena de Indias
unos 15 millones de negros africanos, de los
cuales el sesenta por ciento se
quedaba en la costa caribeña y el cuarenta por
ciento bajaba por Urabá, el río
Atrato hasta los puertos de Buenaventura y
Tumaco, o por el río Magdalena y
el Cauca hasta Cartago, a engrosar las
cuadrillas de esclavos que
necesitaban los Arboleda, los Mallarino, los Caizedo
y los Isaacs, en sus minas y en
sus haciendas.
En este sentido, hay que decir
que en su mayoría los negros del Pacífico
tienen el mismo origen étnico
que los negros del Caribe, y pese al profundo
proceso de disgregación que
sufrieron por parte de los hacendados caucanos
para que no se rebelaran,
algunos, incluso hoy en día, continúan conservando
sus apellidos que indican el
origen tribal de sus antepasados, como los Congo,
los Mina, los Carabalí, los
Biáfara o los Mandinga.
Esta migración forzosa venida
del África, que ha sido considerada por los
especialistas como una de las
páginas más oscuras de la historia de la infamia, transformó étnica y
culturalmente al país, y permitió crear por primera vez un vínculo
profundo entre el Caribe y el Pacífico.
Hoy en día, de un total de 44
millones de habitantes, hay 10 millones de
afrodescendientes repartidos en
su mayoría entre las regiones Caribe y Pacífico.
Los verdaderos vasos
comunicantes entre dos regiones son aquellos que
se establecen por sus profundos
lazos étnicos y por sus desplazamientos.
Vínculo étnico, que
infortunadamente continúa en la invisibilidad, y que no
se ha sabido aprovechar por
parte de las dos regiones, porque a pesar de la
Constitución del 91, aún
predomina en el país un imaginario “blanco”, que
niega cualquier relación con el
otro.
En Cartagena de Indias, una
tarde soleada escuché la historia de un negro
que me contaba que él nunca se
bañaba en el mar porque se volvía negro. En
Cali, donde la mayoría de la
gente de clase alta tiene muchacha de servicio
negra, aún es costumbre decir en
forma de chiste: “negro ni el teléfono”.
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Quizás en el único espacio donde
la relación entre el Pacífico y el Caribe es
visible y ha superado cualquier
frontera física o imaginaria, es en la música, que comparten las dos
regiones por razones étnicas e históricas.
Pero volvamos a George Henry
Isaacs.
El padre de Jorge Isaacs, un
judío de origen sefardí, parte de Montego Bay,
Jamaica, rumbo a Colombia, en la
década del veinte. Su deseo como viajero
hacía parte del mito que iluminó
a los cientos de trashumantes que surcaron los caminos de América por
encontrar el Dorado o paraíso terrestre, como Colón nombró en su
diario, a estas tierras.
George Henry Issacs llegó en un
momento de grandes transformaciones
sociales y políticas. El
ejército libertador acababa de derrotar a las fuerzas
realistas y Simón Bolívar
fundaba el 17 de diciembre de 1819 la República de
Colombia.
El mito del paraíso terrestre,
que era alimentado por escritores como
Cervantes y Quevedo, hizo que el
padre del novelista de María entrara por el
Caribe colombiano, se instalara
en las minas de Nóvita, en el Chocó, y se
dedicara a la explotación del
oro.
Allí George Henry Isaacs conoció
de primera mano el ominoso sistema
esclavista en que estaba
sustentada la minería, cuyos principales propietarios
eran los hacendados del Valle
del Cauca.
Según Colmenares, la mano de
obra esclava servía prioritariamente para los
trabajos fuertes de las minas;
pero cuando un negro enfermaba o ya no servía
para las duras y extenuantes
faenas auríferas, era trasladado a las haciendas
agrícolas del Valle donde se
producía caña, aguardiente, tabaco, plátano y se
levantaba ganado.
Ante su fracaso en la minería,
George Henry Isaacs se trasladó a Quibdo y
montó una tienda de abarrotes.
Allí conoció el intenso negocio de contrabando
que se realizaba desde el siglo
XVI, entre el Pacífico y el Caribe, a través del
famoso “velero obligado”.
La ruta del negocio ilícito
consistía en sacar oro y platino por el río Atrato
hasta el golfo de Urabá;
llevarlo hasta Jamaica, y de allí embarcarlo a los Estados Unidos y
Europa.
El mismo George Henry Isaacs
utilizó esta ruta para aprovisionarse de
mercancías en Cartagena, y
abastecer su almacén, que un día fue devorado por las llamas.
Como hombre visionario que era,
George Henry Isaacs fraguó varios
proyectos como el canal del
Atrato, que uniría al Pacífico con el Caribe, creando la mejor arteria
comercial del mundo. Soñó con construir la empresa de explotación de
plantas lechosas para sacar productos farmacéuticos de la región,
que abastecerían al país y se
convertirían en el primer renglón de exportación.
La empresa se llamaría La
liria del Chocó. Y propuso la creación de la policía de fronteras
compuesta por indios y negros de la región, que pondría control
sobre el contrabando de oro y
platino que salía en el famoso “velero obligado”, donde el país perdía
anualmente millones de pesos.
Pero quizás, dentro de sus
múltiples proyectos nunca realizados, el que
mejor le funcionó fue el
proyecto amoroso con Manuelita Ferrer Scarpetta, una
caleña de origen catalán, quien
lo enamoró y lo llevó a conocer el Paraíso.
Mister George Henry Isaacs se
casó con Manuelita Ferrer Scarpetta; de
dicha unión nació el 1°. de
abril de 1837, en la ciudad de Cali, el futuro escritor Jorge Ricardo
Isaacs Ferrer.
Hasta aquí hemos visto cómo las
relaciones entre el Pacífico y el Caribe se
remontan al intercambio de
“mercancías, servicios y hombres”, que se iniciaron cuando la corona
española, ante la aniquilación física de mano de obra indígena, comenzó
a “importar” mano de obra negra. Dicha mano de obra, que en su mayoría
entró por el Caribe, se distribuyó entre el Pacífico y el Gran Cauca,
regiones mineras y agrícolas por excelencia, que necesitaban para su
producción y supervivencia, de la mano de obra esclava.
Luego, dicha relación
interregional la continuaron los viajeros como George
Henry Isaacs, que impulsados por
el mito del Paraíso, entraron al país y lograron establecer importantes
nexos comerciales, científicos y etnográficos.
A esta segunda etapa de
exploración y descubrimientos científicos y
etnográficos, pertenecen los dos
viajes que hizo el escritor Jorge Isaacs a la
costa Caribe, cuando después de
su derrota militar en Antioquia y de su derrota política en el Congreso
de la República, fue nombrado por el presidente de la República, Rafael
Núñez, secretario de la Comisión Científica, y viajó a la Guajira y al
Alto Magdalena.
Los dos viajes al Caribe que
realizó el autor de María, en 1881 y 1887,
respectivamente, y que están
consignados en los “Anales de la Instrucción
Pública en los Estados Unidos de
Colombia”, bajo los títulos “Sobre las tribus
indígenas del Estado del
Magdalena, antes provincia de Santa Marta” y
“Hulleras de la República de
Colombia de la costa Atlántica”, le permitieron a
Isaacs descubrir las minas de El
Cerrejón, realizar un estudio sobre las tribus
indígenas de los Koguis que
comprende un estudio etno-lingüístico sobre las
lenguas Goajira y Businka,
recopilar objetos y piezas arqueológicas de los
indios Chimilas y Businkas y
diseñar un Preciso de
Geografía e historia sobre
la región.
En aquellos dos documentos que
se constituyen en textos fundacionales
de la etnografía, están
consignadas los hallazgos y tribulaciones de uno de los
viajes científicos más
accidentados del país. Allí están registradas las visiones
y frustraciones de uno de los
exploradores más inquietos que haya dado el país
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en el siglo antepasado; y por
supuesto está consignada su enfermedad y su
derrota final, cuando el
gobierno conservador de Rafael Núñez decidió entregarle
en concesión la explotación de
las minas de El Cerrejón, a la compañía extranjera
Pan American Company.
El viaje de Isaacs al Caribe
hace parte de los viajes de exploración científica
y etnológica, iniciados por
Humboldt, Celestino Mutis, Eliseo Reclus y Agustín
Codazzi. Y representa la
continuidad del viaje etnográfico que realizó en 1850 el
sociólogo Manuel Ancízar. Dicho
viaje que tuvo como objeto alcanzar una
mirada sobre la situación
económica y social de hombre colombiano después
de la Independencia, está
consignado en el libro Peregrinación de Alpha.
El periplo de Isaacs por el
Caribe se constituye en un viaje fundacional de la
joven etnografía del país, que
se forjó durante aquel siglo. Un viaje de
reconocimiento y conocimiento
por las regiones, que significaba que el país
había que mirarlo desde las
regiones y no desde el centro hacia las regiones,
como lo pregonó la Constitución
del 86. Un viaje que buscaba el retorno a las
regiones para poder reconstruir
el mapa geo-cultural del país. Un viaje que, en
últimas instancia, retomaba el
proyecto federal de los Estados Unidos de
Colombia en el que se inscribió
políticamente Isaacs, y que finalmente fue
derrotado por la Constitución
del 86.
El origen del viajero
intelectual surge por primera vez a mediados del siglo
XIX, con el diario de Ralph
Waldo Emerson. Allí, el autor estadounidense dice
que el nomadismo intelectual es
la facultad de objetividad; son los ojos que se
alimentan de todo lo que ve; la
casa es un carruaje en la que el hombre, parecido
a Kalmouk, recorre todas las
latitudes, y es necesario que tengan en cuenta la
ley interior, como lo hace
Kalmouk a su Khan, en el famoso diario de Marco
Polo.
Como uno de nuestros más
importantes viajeros intelectuales del siglo XIX,
el viaje de Isaacs al Caribe,
representa no solo la posibilidad de crear vasos
comunicantes entre las regiones,
si no que significa que los colombianos
debemos volver a pensar el país
desde las regiones, que es donde se encuentran
las mejores energías para poder
construir un país fuerte y descentralizado.
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Fabio Martínez
Profesor titular de la
Universidad del Valle. Doctor en semiología de la
Universidad de Québec. D.E.A en
estudios Hispánicos de la Sorbona de Paris.
Actualmente es el Jefe del
Departamento académico de Licenciatura en Literatura
de la Universidad del Valle.
Obtuvo el primer premio de Ensayo Latinoamericano
René Uribe Ferrer (1999) con su
libro El viajero y la memoria. Autor de los
libros Un habitante del
séptimo cielo, Fantasío, cuentos,
Breve tratado del
amor inconcluso ,
cuento breve (2000), Pablo Baal y los hombres invisibles,
novela (2002), Club social
Monterrey, novela (2003), Cuentos sin cuenta,
antología de escritores de la
generación del 50 (2003).
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