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De cómo conocí a una joven escritora
Harold Kremer
Hay dos clases de escritores: los que escriben y los que quieren escribir
Juan Carlos Onetti
Hace año y medio Ángela
Adriana Rengifo me sorprendió con un ejercicio de escritura realizado en mi
clase de taller de escritura creativa. Apenas empezábamos el semestre y
apenas empezaba a conocer a los estudiantes de ese grupo. Cuando hablé con
Ángela, en la clase siguiente, supe que desde hacía varios años escribía y
que su excelente ejercicio era producto de una mano con algo de destreza en
el oficio literario. Mi sorpresa fue mayor cuando empezó a traerme sus
cuentos y aceptó un reto que establecimos desde ese momento: todos los
jueves, después o antes de clase, hacemos una especie de taller de escritura
privado en el que analizamos sus cuentos entregados la semana anterior.
La escritura de los cuentos
enviados al concurso Latinoamericano para estudiantes universitarios empezó
dos meses antes de que se venciera el plazo. Si mal no recuerdo Ángela
escribió unos veinte cuentos de los que finalmente seleccionamos los cinco
que se enviaron al certamen. Sobre cada uno de ellos (hablo de los veinte)
trabajó semana a semana con el entusiasmo y disciplina que siempre la han
caracterizado. La reescritura, la pulcritud en el lenguaje, la claridad en
el nivel de la historia son algunas de las virtudes de esta joven estudiante
empecinada en el oficio de la escritura.
Pero quizá el mayor atributo
de Ángela sea su gran capacidad de trabajo, la seriedad con la que ha
asumido la literatura. Por esto creo, sin temor a equivocarme y porque
conozco casi todos sus cuentos, que va a ser una escritora importante, una
escritora que ha entendido la exigencia de escribir bien, de observar en sus
lecturas las técnicas literarias utilizadas por los grandes maestros, una
escritora con capacidad de escuchar críticas y recomendaciones en torno a su
trabajo y con la madurez y temperamento necesarios para tomar sus propias
decisiones.
Ángela ya no es mi estudiante,
pero la cita de todos los jueves en los que me entrega sus cuentos continúa.
Cada vez su trabajo crece, cada vez su estilo se depura más, cada vez está
muy cerca de encontrar su propia voz, cada vez me sorprende más.
Los siguientes son los
cuentos ganadores del Concurso Latinoamericano de cuento corto, organizado
por la Universidad Externado de Colombia, firmados por Ángela Rengifo con el
pseudónimo de Ana Reco.
Tic–Tac
Cuando alquiló la casa la
única recomendación especial que le hizo la dueña fue que no quitara el
reloj de pared. Él dijo que no había problema, a fin de cuentas necesitaba
uno. Desde el instante en que se quedó solo, el tic–tac del reloj invadió
todo. Tic–tac al desayuno, tic–tac mientras barría, tic–tac al almuerzo,
tic–tac mientras estudiaba, tic–tac a la comida, tic–tac toda la noche
mientras daba vueltas en su cama. Concluyó que vivía con su peor enemigo y
decidió deshacerse de él. Lo primero que hizo al día siguiente fue dirigirse
a una compra–venta para empeñar el reloj, pero ni siquiera se lo recibieron
porque estaba muy viejo. Luego fue a regalárselo a la vecina, quien no lo
aceptó porque ya tenía uno. Después se lo ofreció a un vagabundo, pero le
dijo que no lo necesitaba. No se dio por vencido, era cuestión de vida o
muerte destruir al enemigo. Ya le inventaría cualquier excusa a la dueña o
le regalaría otro. Pensó arrojarlo a la basura, pero cuando pasó el carro se
rompió la bolsa y olvidaron recoger el reloj. Lo puso en medio de una
autopista y todos los carros lo esquivaban para no estrellarse. Con ira, fue
a la ferretería para comprar un martillo y efectuar el crimen. Por fin solos
en casa, frente a frente: el reloj con su tic–tac y el asesino con su arma.
Empezó a golpearlo, sudaba de placer al hacerlo. Cuando el reloj dio su
último tic–tac, la casa se le vino encima.
Casualidad
Justo en el instante en que él
se estaba afeitando, ella se duchaba.
Justo en el instante en el que
ella se maquillaba, él leía el periódico.
Justo en el instante en que él
estaba desayunando, ella guardaba sus papeles.
Justo en el instante en el que
ella empacaba su almuerzo, él acariciaba su gato.
Justo en el instante en que él
daba instrucciones al portero, ella tomaba su café.
Justo en el instante en el que
ella salía de la casa, él cogía las llaves del carro.
Justo en el instante en que él
pasaba con su carro, ella cruzaba la calle.
El regalo
Corre una brisa suave dentro
de mi habitación. Papá cerró la puerta con llave, aunque olvidó hacer lo
mismo con mi ventana. Todo empezó el día de mi octavo cumpleaños cuando me
regalaron un payaso. Feliz, lo guardé con mis otros juguetes. A los pocos
días todo comenzó a cambiar. Yo dejaba mi cama tendida y mamá después me
regañaba porque la encontraba desacomodada, hacía mis tareas y en el colegio
las hojas resultaban arrancadas... Mis padres me reprendían y yo les
aseguraba que alguien entraba a mi cuarto para hacer daños. No me quisieron
creer. Todo empeoró cuando salieron las notas del colegio y reprobé cinco
materias por no llevar las tareas. Papá y mamá decidieron que me encerrarían
todo el fin de semana y que sólo vendrían a traerme comida. Me distraía
dibujando, pero después me di cuenta de que el payaso me miraba y reía
triunfante. Su presencia me turbaba. Cuando mamá vino a traerme el almuerzo,
le dije que la culpa de todo la tenía el payaso. Ella me miró enfurecida. Le
pedí que se lo llevara, le supliqué con lágrimas, pero ella implacable dijo
que era parte del castigo. Al día siguiente mis padres me encontraron
inconsciente y me llevaron a la clínica. Era tarde: había muerto envenenada.
Mamá aseguraba que eso no era posible, que ella misma preparaba los
alimentos y me los llevaba. Pero ya no había nada que hacer.
Frente a mi pequeño ataúd
blanco, mamá llevó el payaso y lo quemó. En voz alta y llorando dijo que él
había sido el asesino, que yo le había suplicado que lo alejara pero que
ella no me hizo caso. Una semana después de mi entierro, papá tuvo que
llevar a mamá al hospital psiquiátrico. Como la casa era muy grande para él,
decidió venderla y antes de irse dejó todas las habitaciones con llave, sólo
que olvidó cerrar la ventana de mi cuarto y corre una brisa suave dentro de
mi habitación.
La duda
Quizá pudo ser mentira, de
ello no estoy seguro. Lo cierto es que salía de mi casa y me encontré con
una niña que vendía dulces especiales. – ¿Especiales? –pregunté y ella me
contestó que quien comía esos dulces se volvía invisible.
Después de largo rato me
convenció. Accedí a comprarle uno y a probarlo delante de ella. Entonces
pasaba un anciano y lo hice caer, pero él no me reclamó nada. Luego cogí una
rama y, moviéndola, me paré en la mitad de la avenida: cinco carros se
estrellaron. Cuando llegó la policía, querían llevarme a la fuerza por lo
que había hecho. Les dije que no era mi culpa. Que una niña me había vendido
unos dulces que volvía a la gente invisible, pero que no podía presentársela
porque ella también se había comido uno.
Titina
Raúl estranguló a Titina.
Luego la metió en un costal y la enterró en el patio. Luisa no tenía por qué
enterarse de lo sucedido y ahora sería feliz con ella sin la intromisión de
esa gata que intentaba separarlos cuando hacían el amor. Raúl le había dicho
a Luisa que abandonara a Titina, pero ella le dijo que si lo prefería podía
marcharse él. Como no era eso lo que quería Raúl, decidió deshacerse del
animal.
– ¿Dónde está Titina?
–No lo sé –respondió–. Yo le
serví el almuerzo y no se lo comió.
– ¿Qué le hiciste?
–Nada. He estado todo el día
trabajando ¿Cómo voy a perder mi tiempo ocupándome de una gata?
Luisa se dirigió al patio para
llamar la gata. No podía estar muy lejos. Seguro que Raúl la había espantado
y sentía miedo de regresar, pero con ella en casa Titina no tenía nada que
temer. Estuvo gran parte de la noche buscándola hasta que detrás de una mata
descubrió la tierra removida. Luisa lo supo todo y contuvo las lágrimas. Se
dirigió a la habitación y despertó a Raúl para hacerle el amor de una manera
salvaje.
Raúl se sentía triunfante. No
entendía por qué Luisa había cesado la búsqueda de Titina, pero en ese
momento no quería pensarlo. Estaba en plena embriaguez cuando Luisa empezó a
estrangularlo. Luisa se siente tranquila. Llevó el cadáver de Raúl al patio
y le dijo a Titina en su tumba que la había vengado. Continuaba allí sentada
al otro día cuando llegó la policía.
Ángela Rengifo
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Ángela Rengifo
Estudiante de literatura en la
Universidad del Valle. Nace en Cali el 4 de julio
de 1984.
Harold Kremer
Nació en Buga, Valle. Publicó
en 1985 el libro de cuentos La noche más
larga. Ha ganado varios
concursos nacionales de cuento. En 1989 apareció su
libro Rumor de mar.
Próximamente aparecerán sus libros de cuentos El enano
más fuerte del mundo
y El combate. Actualmente es profesor de la Universidad
del Valle.
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