Selecciòn de textos disponibles en esta pagina:

Veredas de Diadorim: Tiempo, Ficción e Historia en la obra de Guimaraes Rosa. Simone Accorsi

Anotaciones sobre lo fantástico en Borges. Alejandro Josè Lòpez Càceres

De cómo conocí a una joven escritora. Cuentos de Ángela Rengifo. Por Harold Kremer

Entre la Literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo.  PorRicardo Sánchez

 

Contenido de la ediciòn 20


 
Dossier Historia y Ficción

Acceso y distanciamiento

Ficción e Historia: reflexión teórica

Entre la Historia y la Ficción. Una aproximación teórica y un caso en la literatura colombiana

Las guerras en Colombia, una representación novelística

Historia y Ficción en Los parias, novela de José María Vargas Vila

Veredas de Diadorim: Tiempo, Ficción e Historia en la obra de Guimaraes Rosa

La historia posible en la Ficción narrativa de Germán Espinosa

Identidad y escritura en Josefa Gordon de Jove

Literatura Colombiana y Latinoamericana

Mito, Historia y Ficción en la antropogénesis  del hombre hispanoamericano en Terra nostra de Carlos Fuentes

Anotaciones sobre lo fantástico en Borges

Alcides Arguedas: el dolor de ser boliviano

Jorge Isaacs: entre el Pacífico y el Caribe

Escritores Invitados

De cómo conocí a una joven escritora. Cuentos de Ángela Rengifo Harold Kremer

Entre la Literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo  PorRicardo Sánchez

Ediciòn 19

Ver ìndice de contenido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De cómo conocí a una joven escritora

Harold Kremer

Hay dos clases de escritores: los que escriben y los que quieren escribir

Juan Carlos Onetti

 

Hace año y medio Ángela Adriana Rengifo me sorprendió con un ejercicio de escritura realizado en mi clase de taller de escritura creativa. Apenas empezábamos el semestre y apenas empezaba a conocer a los estudiantes de ese grupo. Cuando hablé con Ángela, en la clase siguiente, supe que desde hacía varios años escribía y que su excelente ejercicio era producto de una mano con algo de destreza en el oficio literario. Mi sorpresa fue mayor cuando empezó a traerme sus cuentos y aceptó un reto que establecimos desde ese momento: todos los jueves, después o antes de clase, hacemos una especie de taller de escritura privado en el que analizamos sus cuentos entregados la semana anterior.

 La escritura de los cuentos enviados al concurso Latinoamericano para estudiantes universitarios empezó dos meses antes de que se venciera el plazo. Si mal no recuerdo Ángela escribió unos veinte cuentos de los que finalmente seleccionamos los cinco que se enviaron al certamen. Sobre cada uno de ellos (hablo de los veinte) trabajó semana a semana con el entusiasmo y disciplina que siempre la han caracterizado. La reescritura, la pulcritud en el lenguaje, la claridad en el nivel de la historia son algunas de las virtudes de esta joven estudiante empecinada en el oficio de la escritura.

Pero quizá el mayor atributo de Ángela sea su gran capacidad de trabajo, la seriedad con la que ha asumido la literatura. Por esto creo, sin temor a equivocarme y porque conozco casi todos sus cuentos, que va a ser una escritora importante, una escritora que ha entendido la exigencia de escribir bien, de observar en sus lecturas las técnicas literarias utilizadas por los grandes maestros, una escritora con capacidad de escuchar críticas y recomendaciones en torno a su trabajo y con la madurez y temperamento necesarios para tomar sus propias decisiones.

Ángela ya no es mi estudiante, pero la cita de todos los jueves en los que me entrega sus cuentos continúa. Cada vez su trabajo crece, cada vez su estilo se depura más, cada vez está muy cerca de encontrar su propia voz, cada vez me sorprende más.

 Los siguientes son los cuentos ganadores del Concurso Latinoamericano de cuento corto, organizado por la Universidad Externado de Colombia, firmados por Ángela Rengifo con el pseudónimo de Ana Reco.

 Tic–Tac

Cuando alquiló la casa la única recomendación especial que le hizo la dueña fue que no quitara el reloj de pared. Él dijo que no había problema, a fin de cuentas necesitaba uno. Desde el instante en que se quedó solo, el tic–tac del reloj invadió todo. Tic–tac al desayuno, tic–tac mientras barría, tic–tac al almuerzo, tic–tac mientras estudiaba, tic–tac a la comida, tic–tac toda la noche mientras daba vueltas en su cama. Concluyó que vivía con su peor enemigo y decidió deshacerse de él. Lo primero que hizo al día siguiente fue dirigirse a una compra–venta para empeñar el reloj, pero ni siquiera se lo recibieron porque estaba muy viejo. Luego fue a regalárselo a la vecina, quien no lo aceptó porque ya tenía uno. Después se lo ofreció a un vagabundo, pero le dijo que no lo necesitaba. No se dio por vencido, era cuestión de vida o muerte destruir al enemigo. Ya le inventaría cualquier excusa a la dueña o le regalaría otro. Pensó arrojarlo a la basura, pero cuando pasó el carro se rompió la bolsa y olvidaron recoger el reloj. Lo puso en medio de una autopista y todos los carros lo esquivaban para no estrellarse. Con ira, fue a la ferretería para comprar un martillo y efectuar el crimen. Por fin solos en casa, frente a frente: el reloj con su tic–tac y el asesino con su arma. Empezó a golpearlo, sudaba de placer al hacerlo. Cuando el reloj dio su último tic–tac, la casa se le vino encima.

 

Casualidad

Justo en el instante en que él se estaba afeitando, ella se duchaba.

Justo en el instante en el que ella se maquillaba, él leía el periódico.

Justo en el instante en que él estaba desayunando, ella guardaba sus papeles.

Justo en el instante en el que ella empacaba su almuerzo, él acariciaba su gato.

Justo en el instante en que él daba instrucciones al portero, ella tomaba su café.

Justo en el instante en el que ella salía de la casa, él cogía las llaves del carro.

Justo en el instante en que él pasaba con su carro, ella cruzaba la calle.

El regalo

Corre una brisa suave dentro de mi habitación. Papá cerró la puerta con llave, aunque olvidó hacer lo mismo con mi ventana. Todo empezó el día de mi octavo cumpleaños cuando me regalaron un payaso. Feliz, lo guardé con mis otros juguetes. A los pocos días todo comenzó a cambiar. Yo dejaba mi cama tendida y mamá después me regañaba porque la encontraba desacomodada, hacía mis tareas y en el colegio las hojas resultaban arrancadas... Mis padres me reprendían y yo les aseguraba que alguien entraba a mi cuarto para hacer daños. No me quisieron creer. Todo empeoró cuando salieron las notas del colegio y reprobé cinco materias por no llevar las tareas. Papá y mamá decidieron que me encerrarían todo el fin de semana y que sólo vendrían a traerme comida.  Me distraía dibujando, pero después me di cuenta de que el payaso me miraba y reía triunfante. Su presencia me turbaba. Cuando mamá vino a traerme el almuerzo, le dije que la culpa de todo la tenía el payaso. Ella me miró enfurecida. Le pedí que se lo llevara, le supliqué con lágrimas, pero ella implacable dijo que era parte del castigo. Al día siguiente mis padres me encontraron inconsciente y me llevaron a la clínica. Era tarde: había muerto envenenada. Mamá aseguraba que eso no era posible, que ella misma preparaba los alimentos y me los llevaba. Pero ya no había nada que hacer.

Frente a mi pequeño ataúd blanco, mamá llevó el payaso y lo quemó. En voz alta y llorando dijo que él había sido el asesino, que yo le había suplicado que lo alejara pero que ella no me hizo caso. Una semana después de mi entierro, papá tuvo que llevar a mamá al hospital psiquiátrico. Como la casa era muy grande para él, decidió venderla y antes de irse dejó todas las habitaciones con llave, sólo que olvidó cerrar la ventana de mi cuarto y corre una brisa suave dentro de mi habitación.

 

La duda

Quizá pudo ser mentira, de ello no estoy seguro. Lo cierto es que salía de mi casa y me encontré con una niña que vendía dulces especiales. – ¿Especiales? –pregunté y ella me contestó que quien comía esos dulces se volvía invisible.

Después de largo rato me convenció. Accedí a comprarle uno y a probarlo delante de ella. Entonces pasaba un anciano y lo hice caer, pero él no me reclamó nada. Luego cogí una rama y, moviéndola, me paré en la mitad de la avenida: cinco carros se estrellaron. Cuando llegó la policía, querían llevarme a la fuerza por lo que había hecho. Les dije que no era mi culpa. Que una niña me había vendido unos dulces que volvía a la gente invisible, pero que no podía presentársela porque ella también se había comido uno.

 

Titina

Raúl estranguló a Titina. Luego la metió en un costal y la enterró en el patio. Luisa no tenía por qué enterarse de lo sucedido y ahora sería feliz con ella sin la intromisión de esa gata que intentaba separarlos cuando hacían el amor. Raúl le había dicho a Luisa que abandonara a Titina, pero ella le dijo que si lo prefería podía marcharse él. Como no era eso lo que quería Raúl, decidió deshacerse del animal.

– ¿Dónde está Titina?

–No lo sé –respondió–. Yo le serví el almuerzo y no se lo comió.

– ¿Qué le hiciste?

–Nada. He estado todo el día trabajando ¿Cómo voy a perder mi tiempo ocupándome de una gata?

Luisa se dirigió al patio para llamar la gata. No podía estar muy lejos. Seguro que Raúl la había espantado y sentía miedo de regresar, pero con ella en casa Titina no tenía nada que temer. Estuvo gran parte de la noche buscándola hasta que detrás de una mata descubrió la tierra removida. Luisa lo supo todo y contuvo las lágrimas. Se dirigió a la habitación y despertó a Raúl para hacerle el amor de una manera salvaje.

Raúl se sentía triunfante. No entendía por qué Luisa había cesado la búsqueda de Titina, pero en ese momento no quería pensarlo. Estaba en plena embriaguez cuando Luisa empezó a estrangularlo. Luisa se siente tranquila. Llevó el cadáver de Raúl al patio y le dijo a Titina en su tumba que la había vengado. Continuaba allí sentada al otro día cuando llegó la policía.

Ángela Rengifo

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Ángela Rengifo

Estudiante de literatura en la Universidad del Valle. Nace en Cali el 4 de julio

de 1984.

Harold Kremer

Nació en Buga, Valle. Publicó en 1985 el libro de cuentos La noche más

larga. Ha ganado varios concursos nacionales de cuento. En 1989 apareció su

libro Rumor de mar. Próximamente aparecerán sus libros de cuentos El enano

más fuerte del mundo y El combate. Actualmente es profesor de la Universidad

del Valle.

 

Universidad del Valle, Facultad de Humanidasdes, Escuela de Estudios Literarios. Tel. 3212161. Cali, Colombia.