La autocomprensión del hombre
hispanoamericano en lo que se refiere a su
antropogénesis, tiene sus
fuentes referenciales no solo en la historia, sino
también en la propia mitología.
Es la confluencia entre la historia y el mito, lo
que nos brinda la posibilidad de
acercarnos a la propia comprensión inicial del
surgimiento del hombre
hispanoamericano, en cuanto raza mestiza, dentro de
esa gran confrontación de
culturas, como pocas en su misma proporción, que
significó el encuentro de dos
continentes: lo que se llamó el Viejo Mundo frente
al Nuevo Mundo.
La literatura en nuestro
continente, y en especial la obra Terra Nostra (1975)
del escritor mexicano Carlos
Fuentes, presenta una necesidad de exorcizar una
y otra vez, nuestra propia
historia y nuestra propia mitología ancestral,
continental. Así que historia y
mito, e inclusive, actualmente la literatura,
confluyen y constituyen un
diálogo intenso, simbiótico entre sí, que se interroga
en las tensiones para con el
entendimiento de nuestra propia identidad
fundacional.
Hemos seleccionado aquí, dentro
de la obra referida de Carlos Fuentes y al
enorme caudal de imágenes
literarias que nos presenta, una imagen muy precisa
o delimitada, a través de la
cual podemos captar cómo en torno a nuestra
antropogénesis, se da ese
diálogo entre historia, mito y ficción literaria; cómo,
por ejemplo, por medio de la
literatura la historia evoca el mito, así como el mito
lleva a la historia; cómo se
mitifica la historia, cómo se historiza el mito; cómo
la historia y el mito se
literaturizan; o bien, dentro de los matices combinatorios
que se barajan, cómo la ficción
literaria contribuye también a mitificar ciertos
pasajes significativos de la
historia.
Terra Nostra, está
estructurada a partir de tres grandes partes
interrelacionadas: “El Viejo
Mundo” la España imperial del siglo XVI con Felipe
II; “El Mundo Nuevo”,
comprendiendo el momento del descubrimiento del
continente americano; y, “El
Otro Mundo”, una conjugación entre espacios y
tiempos: pasado, presente y
futuro, el cual se proyecta hasta 1999 en la
perspectiva del nuevo milenio.
Nuestra imagen literaria
seleccionada para su estudio, pertenece a “El Mundo
Nuevo” y es, por excelencia, una
imagen de metamorfosis; peculiar proceso a
partir del cual surgió el hombre
hispanoamericano tanto en lo étnico como en lo
cultural.1 Establecemos un
acercamiento al pasaje literario que hemos delimitado,
bajo tres parámetros de estudio
que desarrollamos a continuación:
Transmutación de los elementos
cósmicos y antropogénesis; metamorfosis y
máscara; y, finalmente,
mitificación de la historia y nociones del tiempo.
Transmutaciones de los elementos
cósmicos y antropogénesis
Al Nuevo Mundo, y
particularmente a las tierras mesoamericanas, llega
procedente de la Península
Ibérica, un joven peregrino quien, en una etapa de
su travesía, se encuentra con un
volcán al que desciende:
En el camino del inframundo,
[...] las congeladas cavernas y el gélido río de
este subterráneo del volcán.
[...] Viento de dagas: su desgarrante fuerza, al cabo,
desnudó ante mi mirada a dos
figuras inmóviles, tomadas de las manos, erguidas,
pura forma blanca, más forma de
hombre y de mujer, una figura más baja que la
otra, una con las piernas de
hielo separadas en desplante, la otra con las piernas
cubiertas por una nevada falda:
pareja de animada albura. [...] A los pies de la
inmóvil pareja distinguí la
blancura de un montón de huesos. Quedé indefenso
ante la blanca pareja, y oí la
cavernosa carcajada del hombre inmóvil como una
estatua de hielo; [...] y dijo:
- Has regresado... [...] Ya
viniste una vez. Ya nos robaste los granos rojos,
y los diste en regalo a los
hombres, y gracias a ellos los hombres pudieron
sembrar, cosechar y comer.
Aplazaste el triunfo de nuestro reinado. Sin los
granos rojos del pan, todos los
hombres serían hoy nuestros súbditos; la tierra
sería una vasta blancura sin
vida y nosotros, mi marido y yo, habríamos salido
de esta honda región para reinar
sobre el mundo entero. ¿Qué buscas ahora? ¿A
qué has regresado? Esta vez no
nos puedes engañar. Estamos advertidos de tus
tretas. Pero además, ahora nada
podrías robarnos: mira esta yerma comarca:
¿podrías robarte el viento de la
muerte, los huesos de la muerte, nuestra helada
blancura? Hazlo. Sólo regalarás
más muerte a los hombres, y así apresurarás
nuestro triunfo. [...]
Miré a la pareja, miréme. Y
lloré. Más he aquí, Señor, que al llorar mis
lágrimas corrieron por mis
mejillas y de mi inclinada cabeza cayeron sobre los
montones de huesos blancos que
yacían a los pies de los monarcas de este
infierno helado. Y al caer mis
lágrimas sobre los huesos, estos se incendiaron:
levantóse al acto una alta
llamarada entre los señores del hielo y yo, e incendiáronse
los nevados ropajes de esta
pareja, que gimió y gritó y retrocedió como ante
plaga viviente o bestia asesina,
mientras el incendio se encrespaba y en rojas
ramadas se extendía por este
blanco claustro. [...] Obedecí a mi más cierto
impulso: recogí esos huesos
ardientes y los apreté contra mi pecho. [...] Corrí
lejos del aposento del hielo en
llamas, [...] y el propio río de los infiernos
corriente de fuego era, y sobre
ella corrí, pues a mí el fuego no me tocaba
mientras a mi pecho apretaba los
huesos robados a los señores de la muerte, y
el fuego era sólida tierra, aún
donde corría como agua, y los huesos se retorcían
en mi abrazo, y revestíanse de
sangre, y se reunían en nuevas constelaciones de
forma y al fin los huesos
hablaron, y yo los miré incrédulo: mis brazos cargaban
huesos que dejaban de serlo, se
cubrían de carne, alcanzaban tamaño y forma
humana: se desprendieron de mi
abrazo, se incorporaron, corrieron delante,
detrás y al lado mío, me guiaron
con sus brazos, me guiaron con sus voces, me
dieron gracias, me llamaron
dador de vida, gracias, me dijeron, gracias. [...] Sentí
que poderosos brazos me tomaron
y acariciantes manos me tocaron, y que mi
Transmutaciones de los elementos
cósmicos y antropogénesis
Al Nuevo Mundo, y
particularmente a las tierras mesoamericanas, llega
procedente de la Península
Ibérica, un joven peregrino quien, en una etapa de
su travesía, se encuentra con un
volcán al que desciende:
En el camino del inframundo,
[...] las congeladas cavernas y el gélido río de
este subterráneo del volcán.
[...] Viento de dagas: su desgarrante fuerza, al cabo,
desnudó ante mi mirada a dos
figuras inmóviles, tomadas de las manos, erguidas,
pura forma blanca, más forma de
hombre y de mujer, una figura más baja que la
otra, una con las piernas de
hielo separadas en desplante, la otra con las piernas
cubiertas por una nevada falda:
pareja de animada albura. [...] A los pies de la
inmóvil pareja distinguí la
blancura de un montón de huesos. Quedé indefenso
ante la blanca pareja, y oí la
cavernosa carcajada del hombre inmóvil como una
estatua de hielo; [...] y dijo:
- Has regresado... [...] Ya
viniste una vez. Ya nos robaste los granos rojos,
y los diste en regalo a los
hombres, y gracias a ellos los hombres pudieron
sembrar, cosechar y comer.
Aplazaste el triunfo de nuestro reinado. Sin los
granos rojos del pan, todos los
hombres serían hoy nuestros súbditos; la tierra
sería una vasta blancura sin
vida y nosotros, mi marido y yo, habríamos salido
de esta honda región para reinar
sobre el mundo entero. ¿Qué buscas ahora? ¿A
qué has regresado? Esta vez no
nos puedes engañar. Estamos advertidos de tus
tretas. Pero además, ahora nada
podrías robarnos: mira esta yerma comarca:
¿podrías robarte el viento de la
muerte, los huesos de la muerte, nuestra helada
blancura? Hazlo. Sólo regalarás
más muerte a los hombres, y así apresurarás
nuestro triunfo. [...]
Miré a la pareja, miréme. Y
lloré. Más he aquí, Señor, que al llorar mis
lágrimas corrieron por mis
mejillas y de mi inclinada cabeza cayeron sobre los
montones de huesos blancos que
yacían a los pies de los monarcas de este
infierno helado. Y al caer mis
lágrimas sobre los huesos, estos se incendiaron:
levantóse al acto una alta
llamarada entre los señores del hielo y yo, e incendiáronse
los nevados ropajes de esta
pareja, que gimió y gritó y retrocedió como ante
plaga viviente o bestia asesina,
mientras el incendio se encrespaba y en rojas
ramadas se extendía por este
blanco claustro. [...] Obedecí a mi más cierto
impulso: recogí esos huesos
ardientes y los apreté contra mi pecho. [...] Corrí
lejos del aposento del hielo en
llamas, [...] y el propio río de los infiernos
corriente de fuego era, y sobre
ella corrí, pues a mí el fuego no me tocaba
mientras a mi pecho apretaba los
huesos robados a los señores de la muerte, y
el fuego era sólida tierra, aún
donde corría como agua, y los huesos se retorcían
en mi abrazo, y revestíanse de
sangre, y se reunían en nuevas constelaciones de
forma y al fin los huesos
hablaron, y yo los miré incrédulo: mis brazos cargaban
huesos que dejaban de serlo, se
cubrían de carne, alcanzaban tamaño y forma
humana: se desprendieron de mi
abrazo, se incorporaron, corrieron delante,
detrás y al lado mío, me guiaron
con sus brazos, me guiaron con sus voces, me
dieron gracias, me llamaron
dador de vida, gracias, me dijeron, gracias. [...] Sentí
que poderosos brazos me tomaron
y acariciantes manos me tocaron, y que mi
Quattuor aeternus genitalia
corpora mundus
continet. Ex illis duo sunt
onerosa suoque
pondere in inferius, tellus
atque unda, feruntur,
et totidem, grauitate carent
nulloque premente
alta petunt, aër atque aëre
purior ignis.
Quae quamquam spatio distant,
tamen omnia fiunt
ex ipsis et in ipsa cadunt,
resolutaque tellus
in liquidas rarescit aquas,
tenuatus in auras
aëraque umor abit, dempto
quoque pondere rursus
in superos aër tenuissimus
emicat ignes.
Inde retro redeunt, idemque
retexitur ordo:
ignis enim densum spissatus in
aëra transit,
hic in aquas, tellus glomerata
cogitur unda. 3
Tanto Ovidio como Fuentes
integran los elementos cósmicos en un proceso
de metamorfosis y como factor
del mismo. En el primero como engendradores
del cosmos, y en el escritor
mexicano enfatizando en su decisiva intervención
como modeladores del hombre
mismo. Estos elementos cósmicos y sus
transformaciones, encontraron en
el contexto europeo su reflexión filosófica y
científica en diversas teorías.
Bajo esta perspectiva, se ha llegado a interpretar,
en términos generales, que
aquello que produce algo, la fuerza generadora
donde todo nace y se nutre, no
se establece a partir de un único fundamento de
todas las cosas.
No se trata de qué es lo Uno que
genera todo –que era la inquietud básica
en el pensamiento de Tales de
Mileto, Anaxímenes y Heráclito-, sino de un
conjunto de elementos de la
naturaleza que confluyen en la teoría de Empédocles,
y que ponen en marcha la vida
misma. Es lo Múltiple y hasta lo opuesto, la
cuaternidad de esos elementos,
lo que permite el movimiento, lo que da acceso
a que los contrarios no se
estanquen, no se fijen disyuntivamente en su propia
polaridad, sino que puedan
devenir el uno del otro y suscitar justamente la
multiplicidad de formas o bien
la reconstitución de éstas, como en el caso de los
veinte jóvenes en la imagen que
acabamos de citar en la obra de Fuentes.4
Los elementos cósmicos no se
conciben en este contexto de mediación
entre contrarios, muerte-vida,
como un agregado el uno del otro; no son materias
autónomas entre sí, sino que
tienen la potencialidad de ser transitivas
químicamente en sus cualidades.
Y esa transformación entre los elementos
cósmicos, ya en el ámbito de la
filosofía de la Naturaleza, fué precisamente un
aspecto valorado por Platón (cfr.Timeo),
así como por Aristóteles (cfr. Acerca
de la Generación y de la
Corrupción, lo mismo que en su obra, Física), como
principios generadores en virtud
de su mezcla conjuntiva. A partir de ellos, los
alquimistas nos hablaron también
de ese matrimonio de los elementos y de que
todo puede transformarse en
todo. Después de su momento culminante, entre
los siglos XV al XVII, la
alquimia decae en la época comprendida entre Boyle y
Lavoisier, con lo que se
precipitaría también el derrumbe de la teoría de los
elementos en el contexto europeo
(cfr. Böhme, 1998, 23-24).
Tanto a la luz de una tradición
teórica al respecto, como en el pasaje de la
obra de Fuentes, el agua, el
fuego, la tierra y el aire son apreciados por brindar
la posibilidad de comprender el
mundo y la corporeidad del hombre, bajo un
dinamismo de opuestos en medio
de una discors concordia, una concordia
discorde. A través de ellos, se
concibe que hay un intercambio entre el mundo
(macrocosmos) y el cuerpo
(microcosmos). Tal como se ha establecido, el cuerpo
es interpretado, pensado, a
partir de estos elementos cósmicos.
Pero esta imagen de metamorfosis
de Fuentes en su recurso a las materias
esenciales que aseguran la
conversión de la muerte a la vida, no evoca solamente
una teoría de estos
elementos cósmicos. La imagen en cuestión se remonta
más atrás de la historia de las
teorías, y ese más atrás es el mito.5 Se trata en este
pasaje literario, de una
elaboración mítica de los elementos cósmicos. La teoría
de éstos surgió en sus fuentes
europeas cuando la filosofía sustituyó las
explicaciones suprarracionales y
fabulosas del mito, por interpretaciones
racionales: el lógos,
como lo llamaba Platón en su diálogo Protágoras, que da
los primeros pasos hacia la
cientificidad en la comprensión del mundo, a través
de esa oposición, precisamente,
entre mythos y lógos.
Los elementos cósmicos en el
escritor mexicano representan y explican de
manera mítica, la
antropogénesis del hombre hispanoamericano. Y es, en general,
toda la imagen una evocación
mítica que funde precisamente la historia de
España en el Viejo continente
con la de América como Nuevo Mundo. La función
básica de la metamorfosis que se
presenta aquí, a partir de estos elementos
cósmicos como mediadores y de
los personajes que allí se representan, es la de
mitificar la historia.
¿En qué sentido se mitifica la
historia en esta imagen de metamorfosis?
Tengamos en cuenta ahora los
personajes que están allí presentados. Para ello,
es oportuna inicialmente una
cita a pie de página de Javier Ordiz, en su edición
crítica de Terra Nostra,
en torno a esta circunstancia del joven peregrino:
El viajero se topa con los
señores del inframundo (Mictlan), de nombre
Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl.
Ellos le confunden de nuevo con Quetzalcóatl,
quien, según uno de los mitos de
la creación del Hombre, le había robado los
huesos que más tarde fecundaría
con su sangre, y el grano de maíz que utilizaría
para alimentar a la nueva
Humanidad (Ordiz en, Fuentes, 1991, 546).6
En efecto, en la cosmovisión
desarrollada en la antigua civilización de México,
existía un dios dual llamado
Ometéotl, tanto masculino (Ometechtli o
Tonacatecuhtli) como femenino (Omecihuatl
o Tonacacihuatl), centro del
universo y del equilibrio
universal.7 Pasados seiscientos años de la creación de
los demás dioses sucedáneos o
hijos de él, cuatro de ellos, desde luego
hermanos, se reunieron y
comisionaron a dos, a Quetzalcóatl y a Uchilobi
(Huitzi-lopochtli) para que
crearan el universo conocido. Estos últimos hicieron
medio sol, el fuego, el agua, la
tierra; concibieron los días y el calendario, y
crearon la primera pareja
humana, un hombre (Uxumuco) y una mujer
(Cipastonal); les dieron los
granos de maíz para su sustento, a base también de
su propio trabajo. Crearon
además otra pareja, pero en este caso de dioses de la
muerte que presiden el
inframundo.
El Universo generado por
Quetzalcóatl y Uchilobi, quedó establecido en
tres niveles: Uno celeste
(conformado por trece cielos, aunque a veces se hace
referencia a nueve o doce de
ellos);8 otro nivel es el terrestre (donde habitan los
hombres); y, finalmente, un
nivel inferior, de la tierra hacia abajo, el inframundo,
a través del cual había que
pasar por ocho lugares diferentes antes de llegar al
noveno, llamado Mictlan o
Chiconamictlan, donde habitaba Mictlantecuhtli
y Mictlancihuatl,
Señores, precisamente, de la región de los muertos.9
En todos estos niveles se
concebía periódicamente el paso de la vida a la
muerte y viceversa.
Particularmente en los niveles celeste y terrestre, este último,
donde habitan los hombres en
vida, se discernía una alternancia entre creacióndestrucción-
creación, y que Francisco del
Paso y Troncoso como estudioso de
la respectiva mitología, llamó
la Leyenda de los Soles, escrita en lengua náhuatl
hacia 1558, en la cual se
describen diversos “Soles” o edades por las que ha
transcurrido la humanidad. León
Portilla (1974,100) nos dice que existen
aproximadamente diez versiones
de esta narración mítica, con diversas variantes
en lo que al número y orden de
los Soles se refiere, de las cuales nos acogemos
a la que él trascribe traducida
del náhuatl y que juzga como la más completa y de
mayor interés: la contenida en
el manuscrito de 1558, presentándola por nuestra
parte de manera sucinta:
Existieron cuatro edades con sus
respectivos soles. La primera de las cuales
se llamó 4 Tigre, que duró 676
años; en este período los hombres fueron
finalmente devorados en un solo
día por ocelotes (tigres) y se destruyó también
el sol. La segunda edad, 4
viento (segundo sol), tuvo una duración de 364 años,
en la que los hombres fueron
finalmente arrebatados por el viento en un solo
día, junto con el sol, y se
volvieron monos. Un tercer período, 4 lluvia, terminó
justamente con una lluvia
durante un día entero; pero, se trataba de una lluvia
de fuego, en la que todos
ardieron junto con el sol mismo; la humanidad vivió
312 años, al término de los
cuales los hombres se volvieron guajolotes (aves).
Y, finalmente, 4 agua, donde los
hombres vivieron 676 años –igual que al iniciohasta
que hubo inundaciones, esta vez
sí de pura agua, por 52 años, y los
habitantes se volvieron peces.
Después de estos cuatro Soles se
dio el actual, un quinto Sol, 4 movimiento.
Al respecto, el estudio de León
Portilla (1974, 110), nos dice que
Nos refieren también los
informantes de Sahagún (Códice Matritense del
Real Palacio, ed. facs., vol. VI,
fol. 187), que al principio el quinto Sol no se
movía: “entonces, dijeron los
dioses, ¿cómo viviremos? ¡No se mueve el Sol!”
Para darle fuerzas se
sacrificaron los dioses y le ofrecieron su sangre. Por fin
sopló el viento y “moviéndose,
siguió el Sol su camino”.
La Era del movimiento, se
predice que también tendrá su fin, en este caso
mediante un terremoto.10 Ese Sol
o edad, presente para los mexicanos
conquistados al mando del
capitán Hernán Cortés, fue presidida por Quetzalcóatl
mismo, ante la preocupación de
los dioses por una tierra de nuevo deshabitada
de hombres.
El mito al respecto lo
trascribimos al encontrarlo rescatado del manuscrito
náhuatl de 1558, tanto en la
investigación sobre La filosofía náhuatl estudiada
en sus fuentes, de León
Portilla (1974, 98-110), así como en un ensayo del
historiador Matos Moctezuma
(1992, 285), y constituye el centro asociativo
con el pasaje de la novela de
Fuentes que estamos analizando:
Se consultaron los dioses y
dijeron: “¿Quién habitará, pues que se estancó
el cielo y se paró el Señor de
la tierra? ¿Quién habitará, o dioses?” Se ocuparon
en el negocio Citlalinicue,
Citlallatónac, Apanteuctli, Tepanquizqui, Tallamanqui,
Huictlolingui, Quetzalcóhuatl y
Titlacahuan. Luego fue Quetzalcóhuatl al infierno
(Mictlan, entre los muertos); se
llegó a Mictlanteuctli y a Mictlancíhuatl y dijo:
“He venido por los huesos
preciosos que tú guardas”. Y dijo aquél: “¿Qué harás
tú Quetzalcóhuatl?”. Otra vez
dijo éste: “Tratan los dioses de hacer con ellos
quien habite sobre la tierra”.
De nuevo dijo Mictlanteuctli: “Sea en buena hora.
Toca mi caracol y tráele cuatro
veces alrededor de mi asiento de piedras preciosas”.
Pero su caracol no tiene
agujeros de mano. Llamó a los gusanos, que le hicieron
agujeros, e inmediatamente
entraron allí las abejas grandes y las montesas, que
lo tocaron; y lo oyó
Mictlanteuctli. Otra vez dice Mictlanteuctli: “Está bien,
tómalos”. Y dijo Mictlanteuctli
a sus mensajeros los mixtecas: “Id a decirle,
dioses, que ha de venir a
dejarlos”. Pero Quetzalcóhuatl dijo hacia acá: “No, me
los llevo para siempre”. Y dijo
a su nahual: “Anda a decirles que vendré a
dejarlos”. Y éste vino a decir a
gritos: “Vendré a dejaros”. Subió pronto, luego
que recogió los huesos
preciosos: estaban juntos de un lado los huesos de varón
y también juntos de otro lado
los huesos de mujer. Así que los tomó,
Quetzalcóhuatl hizo de ellos un
lío, que se trajo.
Otra vez les dijo Mictlanteuctli
a sus mensajeros: ¡Dioses! De veras se llevó
Quetzalcóhuatl los huesos
preciosos. ¡Dioses! “Id a hacer un hoyo”. Fueron a
hacerlo; y por eso se cayó
muerto y esparció por el suelo los huesos preciosos,
que luego mordieron y royeron
las codornices. A poco resucitó Quetzalcóhuatl,
lloró y dijo a su nahual: “¿Cómo
será esto, nahual mío?” El cual dijo: “¡Cómo ha
de ser! Que se echó a perder el
negocio; puesto que llovió”. Luego los juntó, los
recogió e hizo un lío, que
inmediatamente llevó a Tomoanchan. Después que los
hizo llegar, los molió la
llamada Quilaztli: ésta es Cihuacóhuatl, que a continuación
los echó en un lebrillo
precioso.11 Sobre él se sangró Quetzalcóhuatl su miembro;
y en seguida hicieron penitencia
todos los dioses que se han mencionado:
Apanteuchtli, Huctlolinqui,
Tepanquizqui, Tlallamánac, Tzontémoc, y el sexto
de ellos, Quetzalcóhuatl. Luego
dijeron: “Han nacido los vasallos de los dioses”.
Por cuanto hicieron penitencia
sobre nosotros.
Con este pasaje de trascripción
del mito antropogénico, tenemos la
posibilidad de confrontar la
imagen literaria pertinente en la obra de Fuentes.
Podemos apreciar que ésta pasa,
en efecto, por ciertas variaciones en el escritor
mexicano, pero conserva también
aspectos esenciales que permiten apreciar el
proceso recreativo y
reinterpretativo, a la luz de la historia de la cual ha sido
objeto.
Un aspecto esencial que conserva
Fuentes, es la concepción espacial de
inframundo. Esta región que se
concebía como helada y llena de lagos y ríos en
los que fluían las aguas
primordiales, era por excelencia el lugar privilegiado
desde donde era factible la
conversión o metamorfosis de la muerte a la vida, de
la destrucción y el caos, hacia
el resurgimiento de un nuevo orden tanto cósmico,
divino y humano.12 La obra de
Fuentes conserva esta concepción primigenia a
su cultura, y bajo la
mitificación de la historia que se efectúa con el arribo de los
Conquistadores españoles, se
localiza precisamente en esta región del
inframundo, la gestación de una
nueva era o historia a partir de una nueva raza:
la mestiza hispanoamericana.
En cuanto a los personajes,
efectivamente, Quetzalcóatl en la mitología, ha
arrebatado a los Señores o
dioses de la muerte los “huesos preciosos”, tanto
de hombres como de mujeres;
huesos a los que se los llama también en un
calificativo de alto valor,
“piedras preciosas”, que constituyen y representan la
misma naturaleza humana.13 Como
piedras evocan el carácter fecundante de
tierra, elemento asociado al
poder reproductor de lo femenino. Y para ello, en
los obstáculos que los dioses de
la muerte le plantean a Quetzalcóatl, éste
como intermediario muere y
resucita hasta que finalmente logra hurtar para sus
fines esos huesos.
En el pasaje literario de
Fuentes, el joven peregrino llegado de la Península
Ibérica, recoge y hurta
igualmente los huesos, aunque sin conciencia de lo que
puede suceder con este hecho;
sin un cometido claro de su parte. Muerte y
resurrección, atributo de solo
las divinidades, no le son dados, sólo su
intervención frente a ese
conjunto de huesos.
Resucitado, después de caer en
el hoyo o trampa que se le ha tendido,
Quetzalcóatl llora al ver que su
intento se está tornando fallido. Sin embargo,
sigue insistiendo, reúne de
nuevo los huesos esparcidos en su caída y los da a
una diosa madre, Cihuacóhuatl,
quien los muele, los vuelve tierra y los asegura
en un lebrillo o vasija,
interpretado ya por los antropólogos y mitólogos como
su matriz (Matos, 1992, 285).
Sobre ese lebrillo-matriz, Quetzalcóatl sangra su
miembro, asimilándose la sangre
divina como la generadora de vida, líquido
seminal.
Después viene la penitencia de
algunos dioses, conjuntamente con la de
Quetzalcóatl; lo que permite
incidir en la concepción de que la raza humana
surgió del sacrificio de los
dioses. “Por esto los hombres fueron llamados
macehuales, palabra que
significa los merecidos por la penitencia” (León-
Portilla, 1974, 186).14
Particularmente Quetzalcóatl es un mediador en el cometido
de utilizar los huesos, ya que
“tratan los dioses de hacer con ellos quien habite
sobre la tierra”. Es una
intencionalidad conjunta de los dioses, frente a la cual
este último dios es decisivo en
su intervención corporal.
De este pasaje se conserva
además en la imagen de Fuentes, el llanto de
Quetzalcóatl, que es también el
llanto desolador del joven peregrino proveniente
del Viejo Mundo. Llanto que en
él pasa a ser seminal, no la sangre como en
Quetzalcóatl en la versión
mítica que acabamos de ver. En la variante recreativa
de Fuentes, es precisamente ese
llanto el que genera una reacción en cadena al
suscitar, a partir del líquido
acuoso, fuego (agua quemada) y tierra. Opuestos
complementarios donde la
transición de la muerte a la vida coincide con la de
los elementos cósmicos, tal como
tuvimos en cuenta anteriormente, desde otro
punto de vista teórico en torno
a éstos.
Ahora bien, retomando de nuevo
precisamente los elementos cósmicos en
esta otra cara de la moneda, y
desde su perspectiva ya más plenamente mítica
en el contexto mesoamericano, en
la cosmovisión de los nahuas estos elementos
están asociados tanto con la
noción temporal cíclica del Universo, como con la
orientación espacial, teniendo
en cuenta sus rumbos o cuadrantes.
una diosa madre, Cihuacóhuatl,
quien los muele, los vuelve tierra y los asegura
en un lebrillo o vasija,
interpretado ya por los antropólogos y mitólogos como
su matriz (Matos, 1992, 285).
Sobre ese lebrillo-matriz, Quetzalcóatl sangra su
miembro, asimilándose la sangre
divina como la generadora de vida, líquido
seminal.
Después viene la penitencia de
algunos dioses, conjuntamente con la de
Quetzalcóatl; lo que permite
incidir en la concepción de que la raza humana
surgió del sacrificio de los
dioses. “Por esto los hombres fueron llamados
macehuales, palabra que
significa los merecidos por la penitencia” (León-
Portilla, 1974, 186).14
Particularmente Quetzalcóatl es un mediador en el cometido
de utilizar los huesos, ya que
“tratan los dioses de hacer con ellos quien habite
sobre la tierra”. Es una
intencionalidad conjunta de los dioses, frente a la cual
este último dios es decisivo en
su intervención corporal.
De este pasaje se conserva
además en la imagen de Fuentes, el llanto de
Quetzalcóatl, que es también el
llanto desolador del joven peregrino proveniente
del Viejo Mundo. Llanto que en
él pasa a ser seminal, no la sangre como en
Quetzalcóatl en la versión
mítica que acabamos de ver. En la variante recreativa
de Fuentes, es precisamente ese
llanto el que genera una reacción en cadena al
suscitar, a partir del líquido
acuoso, fuego (agua quemada) y tierra. Opuestos
complementarios donde la
transición de la muerte a la vida coincide con la de
los elementos cósmicos, tal como
tuvimos en cuenta anteriormente, desde otro
punto de vista teórico en torno
a éstos.
Ahora bien, retomando de nuevo
precisamente los elementos cósmicos en
esta otra cara de la moneda, y
desde su perspectiva ya más plenamente mítica
en el contexto mesoamericano, en
la cosmovisión de los nahuas estos elementos
están asociados tanto con la
noción temporal cíclica del Universo, como con la
una diosa madre, Cihuacóhuatl,
quien los muele, los vuelve tierra y los asegura
en un lebrillo o vasija,
interpretado ya por los antropólogos y mitólogos como
su matriz (Matos, 1992, 285).
Sobre ese lebrillo-matriz, Quetzalcóatl sangra su
miembro, asimilándose la sangre
divina como la generadora de vida, líquido
seminal.
Después viene la penitencia de
algunos dioses, conjuntamente con la de
Quetzalcóatl; lo que permite
incidir en la concepción de que la raza humana
surgió del sacrificio de los
dioses. “Por esto los hombres fueron llamados
macehuales, palabra que
significa los merecidos por la penitencia” (León-
Portilla, 1974, 186).