Dossier Historia y Ficción

Acceso y distanciamiento

Ficción e Historia: reflexión teórica

Entre la Historia y la Ficción. Una aproximación teórica y un caso en la literatura colombiana

Las guerras en Colombia, una representación novelística

Historia y Ficción en Los parias, novela de José María Vargas Vila

Veredas de Diadorim: Tiempo, Ficción e Historia en la obra de Guimaraes Rosa

La historia posible en la Ficción narrativa de Germán Espinosa

Identidad y escritura en Josefa Gordon de Jove

Literatura Colombiana y Latinoamericana

Mito, Historia y Ficción en la antropogénesis  del hombre hispanoamericano en Terra nostra de Carlos Fuentes

Anotaciones sobre lo fantástico en Borges

Alcides Arguedas: el dolor de ser boliviano

Jorge Isaacs: entre el Pacífico y el Caribe

Escritores Invitados

De cómo conocí a una joven escritora. Cuentos de Ángela Rengifo Harold Kremer

Entre la Literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo  PorRicardo Sánchez

Ediciòn 19

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Historia y ficciòn en Los Parias,

novela de Josè Marìa Vargas Vila

 

 

Gonzalo España

 
INGLES PORTUGUÉS

 

Resumen

El siguiente artículo plantea la relación entre ficción e historia a partir de la novela Los parias de Vargas Vila, la cual surge como una representación de aquella Colombia marcada por las guerras civiles, como una evidencia de las tensiones sociales del mundo rural colombiano a finales del siglo XIX. A través de la novela Los parias y de la experiencia del autor de esta, se accede a una mirada de este episodio de la historia nacional marcado por la prohibición, el encadenamiento y el quehacer clandestino de un escritor cuyos propósitos políticos e ideológicos cuestionaban las versiones oficiales de su tiempo.

 

Resumo

O seguinte artigo mostra a relação entre ficção e história a partir do romance Os Parias de Vargas Vila, que surge como una representação daquela Colômbia marcada pelas guerras civis, como una evidência das tensões sociais do mundo rural colombiano ao finalizar o século XIX. Através do romance Os Parias e da experiência do autor se pode aceder a una visão desse episódio da história nacional marcado pela proibição, o enclausuramento e o ofício de um escritor clandestino cujos propósitos politicos e ideológicos questionavam as versões oficiais do seu tempo.

 

Abstract

The following article explores the relationship between fiction and history in the novel Los Parias by Vargas Vila, which emerges as a representation of a Colombia marked by civil wars, as evidence of the social tensions in the world of rural Colombia at the end of the Nineteenth Century. Through the novel Los Parias and the experience of its author, one gains access to a view of this episode of national history marked by the censure, incarceration and clandestine activities of a writer whose political and ideological proposals questioned the official versions of the time.

 

La anécdota tras la importancia del autor

La anécdota tras la importancia del autor

 

Hace ya algún tiempo, recibí el encargo de escribir un prólogo para la novela

Los Parias de José María Vargas Vila, que se reeditaba al cumplirse un siglo del holocausto de los Mil Días y también un siglo de su publicación.

La Editorial empeñada en realizar una reedición de toda la obra de Vargas

Vila en un formato óptimo, debidamente acompañada de prólogos que ilustren

y orienten al lector sobre el fenómeno que representó este escritor, de tal manera que Vargas Vila pueda por fin entrar bien vestido a nuestras bibliotecas. Casi todos los colombianos leímos a este autor en esas ediciones extremadamente precarias y baratas difundidas por centenares de impresores de trastienda, que vivieron de la piratería de sus libros durante casi todo la primera mitad del siglo XX. Ningún escritor se ha difundido ni circulado tanto como Vargas Vila en Iberoamérica. Se sabe que los revolucionarios mexicanos de Zapata y Pancho Villa cargaban sus libros en las faltriqueras al lado de las provisiones y los cartuchos. Lo leyó Perón y lo leyó también Laureano Gómez y sin lugar a dudas lo leyó Gaitán, caudillos que tomaron mucho de sus frases lapidarias y de sus filípicas para encender su verbo.

 

A propósito, se dice que cuando don Federico, el dueño de la editorial,

tomó la decisión de reeditar a Vargas Vila completo, acudió al mercado del libro viejo en Barcelona buscando los libros de El Divino publicados por la Editorial Sopena, pues esta casa editorial y la de la Viuda de Ch. Bouret en París, fueron las encargadas de imprimir las ediciones europeas de Vargas Vila. Las americanas fueron casi en su totalidad piratas, pues el escritor estaba prohibido en el continente y sólo podía imprimírsele, por supuesto, difundírsele de manera ilegal, clandestina. Pues bien, se cuenta que un viejo librero de Barcelona tenía los libros completos, pero cuando don Federico acudió a comprárselos, se negó a venderlos. La razón: mantenía aquellos libros en su estantería sólo para homenajearlos y conservar un recuerdo vivo. El recuerdo era el siguiente: durante la guerra civil española había comido carne porque a la esposa del carnicero le fascinaban las novelas de Vargas Vila, así, a cambio de leer las novelas, prestadas subrepticiamente por la esposa del librero, ella le entregaba algunos trozos de tabla y tocino.

 

El encargo de la editorial me enfrentó a Los Parias, novela que sin lugar a

dudas hace parte de esa profusión de documentos que vieron la luz una vez se

silenciaron los fusiles de nuestra última guerra civil.

 

Historia y ficción en Los Parias

Junto con una hecatombe humana sin precedentes y el trauma de una

amputación irreversible –la pérdida de Panamá– la guerra de los Mil Días trajo

una inesperada profusión de papeles de todos los ordenes –artículos de prensa,

exculpaciones, denuncias, cartas abiertas– que remplazó durante muchos años

 las andanadas de los cañones. Se trataba del acerbo juicio de responsabilidades cumplido en sus propias filas por liberales y conservadores, quienes olvidados del precepto de lavar los trapos sucios en casa, ventilaban a grito herido errores y dejaciones. El suceso no parecía prestarse a evocaciones literarias por lo trágico del resultado, pero poco a poco estas evocaciones aparecieron.

 

Recordemos los veintitrés hermosos y patéticos cuentos de Enrique Otero

D’Costa que comenzaron a publicarse bajo el título de Dianas Tristes.

Muy pocos saben que aún antes de acabarse la guerra, un escritor colombiano, radicado en Europa, se retiró al sereno asilo de un apartamento colindante con la Plaza de la Signoria, en Florencia - Italia, y allí compuso, en el año de 1902, una novela encuadrada en el marco trágico de la guerra de los Mil Días. Este escritor era Vargas Vila. La novela: Los Parias.

 

Aunque se batallaba todavía en Colombia y el desenlace final de la guerra

faltaba por escribirse, Vargas Vila ya tenía clara noticia de que la guerra estaba perdida para los liberales, y en razón de ello la novela reparte sus espacios entre la acción debida al relato y la carga de los juicios históricos, que el autor arroja sobre quienes considera culpables de la tragedia.

No creo que Vargas Vila haya trabajado en esta novela más de dos o tres

meses, las escribía muy rápido. Pero es obvio que la redactó con el corazón

trepidante y henchido de santa ira, como era su estilo. Más que una novela en

su forma, puede decirse que Vargas Vila se vale en Los Parias de un argumento literario para escribir otra de sus consabidas y tremebundas catilinarias. No hay aquí ninguna consideración serena. La novela comienza y acaba en una sucesión de odios y violencias sin intermitencia. Su héroe lacerado, perseguido y derrotado, que termina pendiendo de una horca mientras los cuervos le devoran las entrañas, es un símil del partido liberal. La obra está exenta de matices y de sombras, que son los colores de la pintura humana por excelencia.

 En ella, simplemente, todo es blanco o negro. Los héroes son apolíneos, perfectos, virginales. Los malvados físicamente horribles y perversos. Los intelectuales son ángeles de luz, la aldea y el cura de la aldea representan el infierno. Los nombres de los personajes se ajustan a este mismo formato esquemático.

Mientras la novia del héroe tendrá un apelativo tan grácil como Liana, las

hermanas del terrateniente se llamarán pesadamente Hildegonda y Egmeragda.

Vargas Vila nos descubre con ello una visión algo infantil de la vida y del

conflicto humano. Los personajes hablan entre sí con frases parecidas a

proclamas, o pronuncian a cada paso rimbombantes discursos.

 Vargas Vila puso en boca de sus intelectuales aldeanos todas las consideraciones que  sobre el arte y la filosofía se hacían las vanguardias en la Europa de su tiempo.

 

Por eso estas páginas sólo pueden ser abordadas teniendo en cuenta a cada

paso que las tintas fueron excesivamente cargadas por las ideas y el ánimo

desasosegado de su autor. Muchas de las escenas vargasvilescas guardan 

una notoria proximidad con el teatro-protesta o el teatro-propaganda, que la

izquierda estudiantil latinoamericana puso en tablas hacia los años setentas.

Escuetamente, y con esto lo resumimos todo, Los parias no es otra cosa que

uno más de esos terribles papeles que circularon con profusión después de la

guerra de los Mil Días, con el único propósito de echar sal sobre la herida

abierta.

 

Casi veinte años más tarde, al realizarse bajo su vigilancia la edición definitiva de Los Parias, nuestro autor escribió un prologo con el que me clavó la banderilla del primer misterio, pues allí afirma que él había ayudado a prender la guerra con sus palabras. Afirmación que realiza con cierto aire de satisfacción.

Me pregunté de inmediato si realmente Vargas Vila contribuyó con sus

palabras a soplar los fuegos de esta contienda. Palabras que no parecen estar

referidas al natural afecto que sus libros pudieran haber causado en el público

lector, a quien por entonces todavía no llegaban en forma masiva, sino más bien a un cierto tipo de intriga directa, una carta, por ejemplo. Vargas Vila nos dice muchas veces que la conspiración no era su oficio, y que sólo combatía a pecho descubierto, como un guerrero, pero es difícil creer que sus odios inflamados contra las tiranías se limitaran a zaherirlas desde lejos, sin caer nunca en la tentación de impulsar aventuras bélicas. En algunos de sus escritos nos ha confesado, con pormenorizado detalle, que mantuvo correspondencia y alertó a sus mejores amigos, el presidente Crespo de Venezuela y el ecuatoriano Eloy Alfaro, instándoles a abstenerse de realizar determinadas acciones que habrían de costarles la vida.

¿Por qué, mis dos únicos amigos políticos: Alfaro y Crespo, que tuvieron

siempre una confianza ciega en la extraña lucidez de mi Visión y de mi Pre-

Visión, me oyeron en todas ocasiones, menos en aquellas en que les anuncié la

catástrofe definitiva, y los conjuré para evitarla...?

Yo, conjuré desde Nueva York a Crespo, a no salir a la campaña, donde sería

ultimado por los asesinos a sueldo de Zoilo Bello Rodríguez, e Ignacio Andrade,

que querían eliminarlo...

José Ramón Núñez, Secretario General de Crespo, celoso de una influencia

que yo no estimaba en nada, interceptó mi correspondencia; y, Crespo salió a la guerra; el asesino oficial, lo esperaba en lo alto de un árbol... ¿qué conjuro

maléfico, indujo a Alfaro, a proteger la candidatura de Leónidas Plaza, y a

escoger a ese soldado obscuro, sin nombre y sin prestigio, para sentarlo en el

Sillón Presidencial, confiándole el cuidado de mantener intactas las gloriosas

conquistas de su espada? Yo, no lo sé. Ello es, que Alfaro no me oyó, y Leonidas Plaza fue hecho Presidente. 1

 

¿Cruzó Vargas Vila a algunos de sus amigos en Colombia instigaciones de

este tipo en vísperas de la guerra de los Mil Días, pero no ya para tratar de

impedir un choque o una tragedia, sino para incitarlos al combate? Si ello fue

así, es probable que uno de los destinatarios de estas misivas subversivas

fuera su primo abuelo el general Gabriel Vargas Santos, quien lo había acogido

en su hato ganadero de Arauca después de la guerra de 1885, y quien tras

permanecer marginado del inicial alzamiento de fin de siglo, acabó por presentarse de súbito en la ciudad de Pamplona, para asumir el mando del ejército liberal luego de la batalla de Peralonso, en los primeros días de 1900. ¿Fueron las cartas de Vargas Vila las que lo decidieron a dar el paso?

El suceso permanece trunco por falta de pruebas, pero una sugestiva, aunque

bastante desconocida novela, La verdadera historia de los tumbatiranos, del

escritor araucano Eduardo Mantilla Trejos, viene a descorrer una esquina del

velo que lo encubre. Esta novela, basada evidentemente en hechos históricos,

saca a flote una pieza de historia regional que concatena de manera perfecta

con la historia nacional tanto de Colombia como de Venezuela.

Sabemos que en su huida de 1885 por el llano, Vargas Vila fue acogido en

primera instancia por su perilustre pariente. Este episodio y lo siguiente que

paso a referir, nos lo confirma la citada novela de Mantilla Trejos. Cuando un

grupo de hombres desconocidos se acercó al hato, se dio por descontado que

acudían por el rebelde exmaestro, y entonces un baquiano experto y valiente

llamado Libardo Zambra, que viene a ser más o menos el héroe popular de esta

novela tumultuosa, lo condujo a través de sendas sólo por él conocidas, hasta

el poblado fronterizo de Arauca. Allí Vargas Vila fue recibido con todos los

honores por tratarse de un pariente del general Gabriel Vargas Santos, pero él a su vez no tardó en ganarlos a todos para la más radical de las causas. Arauca estaba poblada en aquella época por emigrantes provenientes de todas las latitudes del mundo, que traficaban con ganado, cueros y productos nativos como las plumas de garza, emigrantes italianos, libaneses, vascongados, colombianos y venezolanos raizales. Un grupo de ellos se congregó de inmediato en torno al intelectual fugitivo para formar una célula revolucionaria que presidió Héctor Mursi, importaron una imprenta desde Ciudad Bolívar y editaron un periódico: Pangloss. La novela viene acompañada de la foto de Mursi y de otros protagonistas de los hechos. Vargas Vila, que no se sentía seguro en territorio colombiano, no demoró en cruzar la frontera y radicarse en Rubio, Venezuela, pero desde su exilio, cada vez más lejano, continúa sosteniendo una correspondencia metódica que alienta a los complotados araucanos.

Estos incursionan una y otra vez en las contiendas civiles, hasta que se convencen de que les será imposible echar al suelo el gobierno conservador entronizado en Colombia, y entonces orientan sus esfuerzos a socavar el dominio del dictador venezolano Juan Vicente Gómez. Las incitaciones del escritor proscrito seguirán llegando desde Europa en forma de misivas, y terminarán por cimentar una tradición de rebeldía en el cajón araucano, prolongada hasta muy entrado el siglo.

 

¿Ficción histórica? En buena parte, por supuesto, pero una investigación

especializada sobre las fuentes de inspiración que sirvieron al autor de La

verdadera historia de los tumbatiranos es casi seguro que podría revelarnos

muchas cosas acerca de la forma como Vargas Vila, a cubierto y desde la

distancia, “soplaba” para avivar “con sus palabras”, la hoguera de una que

otra guerra, como lo hacía con aquellos ilustres y legendarios pobladores de la

lejana localidad de Arauca.

***

Los parias es un documento que va mucho más allá que cualquier otra obra

literaria colombiana del XIX o comienzos del XX en la exploración del asunto

social, superando incluso en intensidad la reseña que el mismo Vargas Vila

había iniciado al respecto con Flor de fango, publicada en 1895. Aunque escrita a distancia del escenario, el escritor parece haber tenido al frente un cuadro muy exacto de la situación social que se vivía en vísperas de la guerra, y por esta razón la novela viene a ser una especie de retrato sociológico del conflictivo momento entre siglos. Y aquí surge la segunda pregunta: ¿Es fidedigno el espantoso cuadro de la miseria campesina que nos pinta el autor?

Para Vargas Vila, la connotación de “parias” recae esencialmente sobre los

intelectuales. Los intelectuales aplastados, coartados, vencidos y humillados

por la dictadura de La Regeneración, y en particular por la hegemonía ideológica de Caro, cuyos preceptos parecen corresponderse con los de la inquisición española. Caro es el ultraje de la razón, la derrota de la luz, el oprobio del intelecto. A su vez la aldea colombiana, en particular la aldea del altiplano, que le sirve de escenario a la novela, es ilimitadamente hostil al forastero y al intelectual liberal y revolucionario. “Y pensar que somos los únicos intelectuales”, se dicen los pocos letrados del pueblo reunidos en un

conciliábulo para lamentar su triste estado y conspirar. “Por eso somos los

vencidos, los oprimidos, los perseguidos”, se responden: “Somos los parias”.

Vargas Vila rompe el discurso narrativo de su novela para endilgarle a Caro

una de sus pavorosas filípicas. Gramático pedante y nulo, ebrio de latín... con

su impudicia de mono coronado de adverbios, pulga Nabucodonosor del

diccionario, roedor escolástico, cerdo épico de la literatura, evangelista del

clasicismo arcaico, Merodac de las catedrales góticas del ultramontanismo

medioeval, fanático del absolutismo, etc., etc.

Sin embargo, un buen día Claudio Franco y su hermana Georgina, los héroes

de la novela, contemplan el desalojo de una familia campesina por cuenta del mayordomo de la hacienda y sus secuaces. “Ellos también son parias”, le dice

el hermano a la hermana lleno de tristeza. Otro cuadro nos muestra la violación de la hija de esos mismos labriegos desalojados a manos del terrateniente, que siempre va armado con un gran perrero de guayacán para azotar peones y bestias, y apartar las serpientes y los niños que encuentra a su paso. La hacienda cuenta con su propia guerrilla conservadora, los búhos, formada por arrendatarios, peones, bandidos y descastados de la capital y pueblos circunvecinos. La escena de la gleba resulta dura y lacerante. Según Pepe Cifuentes, uno de los intelectuales del pueblo, los campesinos pagan un día de trabajo subsidiario para el municipio, otro para la iglesia y uno más en el servicio doméstico del patrón. El fruto del resto de la semana se divide con el dueño de la tierra. “El feudalismo rural conserva entre nosotros la esclavitud en todo su horror; una hacienda nuestra no tiene nada que criticar a un ingenio cubano”.

 

Los campesinos exhiben una semblanza conmovedora:

...mal comidos, privados de carne, alimentados de legumbres, cuasi desnudos, trabajando a la intemperie bajo soles implacables y lluvias torrenciales, durmiendo en un amontonamiento de cerdos, en ranchos escuetos, en una promiscuidad inmoral y malsana, madre del vicio y la epidemia, procreando sin amor proles esclavas, enriqueciendo amos egoístas y crueles.

Labriegos que nacen y viven devorados por el Estado, por la Iglesia y por

los ricos, y mueren casi todos por falta de socorros, abandonados como bestias...2

Ninguna pieza literaria anterior nos había referido en Colombia el asunto de

manera tan descarnada. El cuadro es nuevo e impactante. ¿Pero es auténtico, o se trata sólo de un recurso enojoso del autor, que ha cargado las tintas para

acentuar su crítica? Este punto sólo es posible absolverlo a la luz de los

testimonios históricos.

Aquí nos vemos obligados a admitir que las tensiones del mundo rural

colombiano de finales del XIX a las que alude Vargas Vila, resultan palmariamente confirmadas por las crónicas de la época. No se trataba del normal discurrir de un estado de acentuada feudalización de la mano de obra, cumplido a todo lo largo del siglo, sino de un fenómeno mucho más profundo e impactante, causa de que toda la crisis de la sociedad, en su conjunto, había acabado por descargarse sobre las espaldas de la masa campesina. Y durante casi veinte años, esta crisis no había tenido otro generador más nocivo que las continuas emisiones de moneda sin respaldo, llevadas a cabo por los gobiernos de la Regeneración, emisiones, que se calcula, pudieron haber drenado de los bolsillos particulares, y del trabajo honrado de la nación, la suma de mil millones de pesos oro.

 

Tras la creación del Banco Nacional y la imposición del billete de curso

forzoso, llevadas a cabo por Núñez, comenzó a darse por seguro que la moneda oficial carecía de respaldo. La depreciación se hizo consustancial al curso del numerario. Si en un comienzo el billete oficial fue admitido a la par, en los años subsiguientes lo fue sólo al 75, al 60, al 40, al 20, al 10 y por último al 0.5 y hasta el 0.1 por ciento. La tesorería del Estado se convirtió en un odioso monedero falso.

Para mayor ironía, el latrocinio oficial llevado a cabo con la emisión de

moneda fraudulenta, había tenido un enconado defensor de oficio: el doctor

Miguel Antonio Caro, quien desde antes de subir a la presidencia de la República argumentaba que:

Hay otro medio de arbitrar recursos en tiempos calamitosos; medio que ya

se conoció en otros siglos con el nombre apasionado de alteración de la moneda; arbitrio que consiste en dotar la moneda con un valor nominal que representa el crédito del Estado... 3

Para el ilustre Caro, en efecto, otorgarle un valor nominal a la moneda,

imprimirla y echarla a circular entre los ciudadanos, no era otra cosa que abrir

un crédito a favor del Estado. Como este recurso había sido utilizado por Don

Alfonso El Sabio, se valió de las doctrinas expuestas por él en Las Siete

Partidas para defender su obra económica. He aquí sus palabras:

Críticos e historiadores superficiales hablando de Don Alfonso X, Rey de

León y Castilla, que fue el príncipe más ilustrado del siglo XIII, y émulo de

Teodosio y Justiniano como legislador, repiten, como papagayos, que a pesar

de todo, Don Alfonso, por ignorancia, manchó su reinado con la alteración de la moneda.... Fue Don Alfonso el Sabio un príncipe desgraciado. Destronóle su

mismo hijo, y murió de amargura, refugiado en Sevilla. Su gran crimen no fue la “alteración de la moneda” sino haberse anticipado a sus tiempos. La moneda feble fue precursora del recurso gratuito del papel moneda... 4

Moneda feble terminó siendo el término acuñado por el eximio Caro. La Real

Academia de la Lengua nos dice que, hablando de monedas y en general de

aleaciones de metales, feble quiere decir falto, en peso o en ley. En suma, la

economía colombiana estuvo regida durante el último tramo del siglo XIX por

los preceptos de un sabio del siglo XIII, y ni siquiera por sus máximas acertadas, que las tuvo en cantidad, sino por sus equivocaciones. Por esta razón, el señor Caro se convirtió en el blanco de la crítica más implacable:

 

Debemos reconocer que la economía política no se escribió en latín, y que el

señor Caro la ignora por completo. Y no sólo ignora la ciencia, sino que desconoce los hechos de otros pueblos, hechos que son contemporáneos y que están al alcance de cualquiera que siquiera lea los periódicos. Esa ignorancia en un hombre que ha sido Presidente y se cree hombre de Estado, no tiene justificación. El país no necesita latinajos, sino moneda sana y buen gobierno 5 El continuo desfalco de los ingresos de comerciantes, exportadores,

empresarios y público en general a través de la moneda sin respaldo, durante

casi dos décadas, llevó a los liberales a exigir el derecho de que los particulares pudieran efectuar sus transacciones comerciales en la moneda que tuvieran a bien, y a consignarlo en el programa de la revolución de 1899. Pero si la gente medianamente instruida se desprendía de los billetes oficiales como quien se desprende de una peste contagiosa, no ocurría lo mismo con los labriegos.

 

Los billetes rodaban en la escala social y terminaban en sus manos, así como la moneda desvalorizada termina en las faltriqueras de los mendigos.

El billete ha ido a manos de los campesinos en cantidades muy considerables.

En mucha parte el estancamiento que se siente, proviene de la retención de

fuertes sumas en poder de las masas de agricultores de Cundinamarca y

Boyacá... Los jornaleros vendieron al principio su trabajo o los víveres que

producían a precios que no cubrían ni el costo de producción. Muchos han

guardado el papel esperando la baja de la ropa (así lo dicen), y han estado casi

desnudos; por los campos se perciben hoy los efectos del alto cambio en la

desnudez de la gente.6

 

De modo que no está desorientado Vargas Vila en el cuadro de la miseria

campesina que nos pinta en Los Parias. Labriegos desnudos, andrajosos,

semejantes a mendigos, eran el idílico escenario rural de finales del siglo XIX en Colombia, que su novela refleja a profundidad. Es un hecho que está

manipulando a propósito nuevos elementos de agitación social, odiosos en la

época tanto a conservadores como a liberales, pero que no por eso su descripción deja de ser profundamente cierta.

De esta manera, Los parias resulta una obra de enorme valor para conocer

las tensiones sociales de la aldea y el mundo rural colombiano a finales del siglo XIX. La ficción asume en Vargas Vila la dantesca representación de una realidad soslayada a propósito por todos los escritores oficiales de su tiempo, lo cual se ajusta al eterno propósito político e ideológico de El Divino: socavar, enrostrar, vociferar, escupir y maldecir las bestias que encadenan el mundo del que huyó para siempre.

 

 

1 VARGAS, Vila. La muerte del cóndor. Barcelona: Ediciones Sopena, 1921, pág. 86-88.

2 VARGAS, Vila. Los Parias. Barcelona: Ediciones Sopena, 1920, pág. 209.

3 La verdad de la moneda, artículo en: El Nuevo Tiempo, Junio 17 de 1903.

4 Ibid.

5 Impresiones parlamentarias, El Nuevo Tiempo, Octubre 26 de 1903.

6 El Nuevo Tiempo, Noviembre 2 de 1903.

 

Gonzalo España

Escritor y periodista colombiano. Lista de honor IBBY por su libro Galería

de Piratas y bandidos de América. Finalista en el concurso COLCULTURA de

1996 con su novela Señorita. Miembro de la Academia de Historia de Santander.

Su últimas publicaciones son Pierre Bouguer: el maestro del sabio, La canción

de la Flor.

 

 

 

Universidad del Valle, Facultad de Humanidasdes, Escuela de Estudios Literarios. Tel. 3212161. Cali, Colombia.