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La anécdota tras la importancia del autor
La anécdota tras la importancia del autor
Hace ya algún tiempo, recibí
el encargo de escribir un prólogo para la novela
Los Parias
de José María Vargas Vila, que se reeditaba al cumplirse un siglo del holocausto de los Mil Días y
también un siglo de su publicación.
La Editorial empeñada en
realizar una reedición de toda la obra de Vargas
Vila en un formato óptimo,
debidamente acompañada de prólogos que ilustren
y orienten al lector sobre el
fenómeno que representó este escritor, de tal manera que Vargas Vila
pueda por fin entrar bien vestido a nuestras bibliotecas. Casi todos los
colombianos leímos a este autor en esas ediciones extremadamente
precarias y baratas difundidas por centenares de impresores de
trastienda, que vivieron de la piratería de sus libros durante casi todo
la primera mitad del siglo XX. Ningún escritor se ha difundido ni
circulado tanto como Vargas Vila en Iberoamérica. Se sabe que los
revolucionarios mexicanos de Zapata y Pancho Villa cargaban sus libros
en las faltriqueras al lado de las provisiones y los cartuchos. Lo leyó
Perón y lo leyó también Laureano Gómez y sin lugar a dudas lo leyó
Gaitán, caudillos que tomaron mucho de sus frases lapidarias y de sus
filípicas para encender su verbo.
A propósito, se dice que
cuando don Federico, el dueño de la editorial,
tomó la decisión de reeditar a
Vargas Vila completo, acudió al mercado del libro viejo en Barcelona
buscando los libros de El Divino publicados por la Editorial
Sopena, pues esta casa editorial y la de la Viuda de Ch. Bouret en
París, fueron las encargadas de imprimir las ediciones europeas de
Vargas Vila. Las americanas fueron casi en su totalidad piratas, pues el
escritor estaba prohibido en el continente y sólo podía imprimírsele,
por supuesto, difundírsele de manera ilegal, clandestina. Pues bien, se
cuenta que un viejo librero de Barcelona tenía los libros completos,
pero cuando don Federico acudió a comprárselos, se negó a venderlos. La
razón: mantenía aquellos libros en su estantería sólo para homenajearlos
y conservar un recuerdo vivo. El recuerdo era el siguiente: durante la
guerra civil española había comido carne porque a la esposa del
carnicero le fascinaban las novelas de Vargas Vila, así, a cambio de
leer las novelas, prestadas subrepticiamente por la esposa del librero,
ella le entregaba algunos trozos de
tabla y tocino.
El encargo de la editorial me
enfrentó a Los Parias, novela que sin lugar a
dudas hace parte de esa profusión de documentos que vieron la luz una
vez se
silenciaron los fusiles de nuestra última guerra civil.
Historia y ficción en Los Parias
Junto con una hecatombe humana
sin precedentes y el trauma de una
amputación irreversible –la
pérdida de Panamá– la guerra de los Mil Días trajo
una inesperada profusión de
papeles de todos los ordenes –artículos de prensa,
exculpaciones, denuncias, cartas abiertas– que remplazó durante muchos
años
las andanadas de los cañones.
Se trataba del acerbo juicio de responsabilidades cumplido en sus
propias filas por liberales y conservadores, quienes olvidados del
precepto de lavar los trapos sucios en casa, ventilaban a grito herido
errores y dejaciones. El suceso no parecía prestarse a evocaciones
literarias por lo trágico del resultado, pero poco a poco estas
evocaciones aparecieron.
Recordemos los veintitrés
hermosos y patéticos cuentos de Enrique Otero
D’Costa que comenzaron a
publicarse bajo el título de Dianas Tristes.
Muy pocos saben que aún antes
de acabarse la guerra, un escritor colombiano, radicado en Europa, se
retiró al sereno asilo de un apartamento colindante con la Plaza de la
Signoria, en Florencia - Italia, y allí compuso, en el año de 1902, una
novela encuadrada en el marco trágico de la guerra de los Mil Días. Este
escritor era Vargas Vila. La novela: Los Parias.
Aunque se batallaba todavía en
Colombia y el desenlace final de la guerra
faltaba por escribirse, Vargas
Vila ya tenía clara noticia de que la guerra estaba perdida para los
liberales, y en razón de ello la novela reparte sus espacios entre la
acción debida al relato y la carga de los juicios históricos, que el
autor arroja sobre quienes considera culpables de la tragedia.
No creo que Vargas Vila haya
trabajado en esta novela más de dos o tres
meses, las escribía muy
rápido. Pero es obvio que la redactó con el corazón
trepidante y henchido de santa
ira, como era su estilo. Más que una novela en
su forma, puede decirse que
Vargas Vila se vale en Los Parias de un argumento literario para
escribir otra de sus consabidas y tremebundas catilinarias. No hay aquí
ninguna consideración serena. La novela comienza y acaba en una sucesión
de odios y violencias sin intermitencia. Su héroe lacerado, perseguido y
derrotado, que termina pendiendo de una horca mientras los cuervos le
devoran las entrañas, es un símil del partido liberal. La obra está
exenta de matices y de sombras, que son los colores de la pintura humana
por excelencia.
En ella, simplemente,
todo es blanco o negro. Los héroes son apolíneos, perfectos, virginales.
Los malvados físicamente horribles y perversos. Los intelectuales son
ángeles de luz, la aldea y el cura de la aldea representan el infierno.
Los nombres de los personajes se ajustan a este mismo formato
esquemático.
Mientras la novia del héroe
tendrá un apelativo tan grácil como Liana, las
hermanas del terrateniente se
llamarán pesadamente Hildegonda y Egmeragda.
Vargas Vila nos descubre con
ello una visión algo infantil de la vida y del
conflicto humano. Los
personajes hablan entre sí con frases parecidas a
proclamas, o pronuncian a cada
paso rimbombantes discursos.
Vargas Vila puso en boca de sus intelectuales aldeanos todas las
consideraciones que sobre el arte y la
filosofía se hacían las vanguardias en la Europa de su tiempo.
Por eso estas páginas sólo
pueden ser abordadas teniendo en cuenta a cada
paso que las tintas fueron
excesivamente cargadas por las ideas y el ánimo
desasosegado de su autor.
Muchas de las escenas vargasvilescas guardan
una notoria proximidad con el
teatro-protesta o el teatro-propaganda, que la
izquierda estudiantil
latinoamericana puso en tablas hacia los años setentas.
Escuetamente, y con esto lo
resumimos todo, Los parias no es otra cosa que
uno más de esos terribles
papeles que circularon con profusión después de la
guerra de los Mil Días, con el
único propósito de echar sal sobre la herida
abierta.
Casi veinte años más tarde, al
realizarse bajo su vigilancia la edición definitiva de Los Parias,
nuestro autor escribió un prologo con el que me clavó la banderilla del
primer misterio, pues allí afirma que él había ayudado a prender la
guerra con sus palabras. Afirmación que realiza con cierto aire de
satisfacción.
Me pregunté de inmediato si
realmente Vargas Vila contribuyó con sus
palabras a soplar los fuegos
de esta contienda. Palabras que no parecen estar
referidas al natural afecto
que sus libros pudieran haber causado en el público
lector, a quien por entonces
todavía no llegaban en forma masiva, sino más bien a un cierto tipo de
intriga directa, una carta, por ejemplo. Vargas Vila nos dice muchas
veces que la conspiración no era su oficio, y que sólo combatía a pecho
descubierto, como un guerrero, pero es difícil creer que sus odios
inflamados contra las tiranías se limitaran a zaherirlas desde lejos,
sin caer nunca en la tentación de impulsar aventuras bélicas. En algunos
de sus escritos nos ha confesado, con pormenorizado detalle, que mantuvo
correspondencia y alertó a sus mejores amigos, el presidente Crespo de
Venezuela y el ecuatoriano
Eloy Alfaro, instándoles a abstenerse de realizar determinadas acciones
que habrían de costarles la vida.
¿Por qué, mis dos únicos
amigos políticos: Alfaro y Crespo, que tuvieron
siempre una confianza ciega en
la extraña lucidez de mi Visión y de mi Pre-
Visión, me oyeron en todas
ocasiones, menos en aquellas en que les anuncié la
catástrofe definitiva, y los conjuré para evitarla...?
Yo, conjuré desde Nueva York a
Crespo, a no salir a la campaña, donde sería
ultimado por los asesinos a
sueldo de Zoilo Bello Rodríguez, e Ignacio Andrade,
que querían eliminarlo...
José Ramón Núñez, Secretario
General de Crespo, celoso de una influencia
que yo no estimaba en nada,
interceptó mi correspondencia; y, Crespo salió a la guerra; el
asesino oficial, lo esperaba en lo alto de un árbol... ¿qué conjuro
maléfico, indujo a Alfaro, a
proteger la candidatura de Leónidas Plaza, y a
escoger a ese soldado obscuro,
sin nombre y sin prestigio, para sentarlo en el
Sillón Presidencial,
confiándole el cuidado de mantener intactas las gloriosas
conquistas de su espada? Yo,
no lo sé. Ello es, que Alfaro no me oyó, y Leonidas
Plaza fue hecho Presidente. 1
¿Cruzó Vargas Vila a algunos
de sus amigos en Colombia instigaciones de
este tipo en vísperas de la
guerra de los Mil Días, pero no ya para tratar de
impedir un choque o una
tragedia, sino para incitarlos al combate? Si ello fue
así, es probable que uno de
los destinatarios de estas misivas subversivas
fuera su primo abuelo el
general Gabriel Vargas Santos, quien lo había acogido
en su hato ganadero de Arauca
después de la guerra de 1885, y quien tras
permanecer marginado del
inicial alzamiento de fin de siglo, acabó por presentarse de súbito en
la ciudad de Pamplona, para asumir el mando del ejército liberal luego
de la batalla de Peralonso, en los primeros días de 1900. ¿Fueron las
cartas de Vargas Vila las que lo decidieron a dar el paso?
El suceso permanece trunco por
falta de pruebas, pero una sugestiva, aunque
bastante desconocida novela,
La verdadera historia de los tumbatiranos, del
escritor araucano Eduardo
Mantilla Trejos, viene a descorrer una esquina del
velo que lo encubre. Esta
novela, basada evidentemente en hechos históricos,
saca a flote una pieza de
historia regional que concatena de manera perfecta
con la historia nacional tanto
de Colombia como de Venezuela.
Sabemos que en su huida de
1885 por el llano, Vargas Vila fue acogido en
primera instancia por su
perilustre pariente. Este episodio y lo siguiente que
paso a referir, nos lo
confirma la citada novela de Mantilla Trejos. Cuando un
grupo de hombres desconocidos
se acercó al hato, se dio por descontado que
acudían por el rebelde
exmaestro, y entonces un baquiano experto y valiente
llamado Libardo Zambra, que
viene a ser más o menos el héroe popular de esta
novela tumultuosa, lo condujo
a través de sendas sólo por él conocidas, hasta
el poblado fronterizo de
Arauca. Allí Vargas Vila fue recibido con todos los
honores por tratarse de un
pariente del general Gabriel Vargas Santos, pero él a su vez no tardó en
ganarlos a todos para la más radical de las causas. Arauca estaba
poblada en aquella época por emigrantes provenientes de todas las
latitudes del mundo, que traficaban con ganado, cueros y productos
nativos como las plumas de garza, emigrantes italianos, libaneses,
vascongados, colombianos y venezolanos raizales. Un grupo de ellos se
congregó de inmediato en torno al intelectual fugitivo para formar una
célula revolucionaria que presidió Héctor Mursi, importaron una imprenta
desde Ciudad Bolívar y editaron un periódico: Pangloss. La novela
viene acompañada de la foto de Mursi y de otros protagonistas de los
hechos. Vargas Vila, que no se sentía seguro en territorio colombiano,
no demoró en cruzar la frontera y radicarse en Rubio, Venezuela, pero
desde su exilio, cada vez más lejano, continúa sosteniendo una
correspondencia metódica que alienta a los complotados araucanos.
Estos incursionan una y otra
vez en las contiendas civiles, hasta que se convencen de que les será
imposible echar al suelo el gobierno conservador entronizado en
Colombia, y entonces orientan sus esfuerzos a socavar el dominio del
dictador venezolano Juan Vicente Gómez. Las incitaciones del escritor
proscrito seguirán llegando desde Europa en forma de misivas, y
terminarán por cimentar
una tradición de rebeldía en el cajón araucano, prolongada hasta muy
entrado el siglo.
¿Ficción histórica? En buena
parte, por supuesto, pero una investigación
especializada sobre las
fuentes de inspiración que sirvieron al autor de La
verdadera historia de los
tumbatiranos
es casi seguro que podría revelarnos
muchas cosas acerca de la
forma como Vargas Vila, a cubierto y desde la
distancia, “soplaba” para
avivar “con sus palabras”, la hoguera de una que
otra guerra, como lo hacía con
aquellos ilustres y legendarios pobladores de la
lejana localidad de Arauca.
***
Los parias
es un documento que va mucho más allá que cualquier otra obra
literaria colombiana del XIX o
comienzos del XX en la exploración del asunto
social, superando incluso en
intensidad la reseña que el mismo Vargas Vila
había iniciado al respecto con
Flor de fango, publicada en 1895. Aunque escrita a distancia del
escenario, el escritor parece haber tenido al frente un cuadro muy
exacto de la situación social que se vivía en vísperas de la guerra, y
por esta razón la novela viene a ser una especie de retrato sociológico
del conflictivo momento entre siglos. Y aquí surge la segunda pregunta:
¿Es fidedigno el espantoso cuadro de la miseria campesina que nos pinta
el autor?
Para Vargas Vila, la
connotación de “parias” recae esencialmente sobre los
intelectuales. Los
intelectuales aplastados, coartados, vencidos y humillados
por la dictadura de La
Regeneración, y en particular por la hegemonía ideológica de Caro, cuyos
preceptos parecen corresponderse con los de la inquisición española.
Caro es el ultraje de la razón, la derrota de la luz, el oprobio del
intelecto. A su vez la aldea colombiana, en particular la aldea del
altiplano, que le sirve de escenario a la novela, es ilimitadamente
hostil al forastero y al intelectual liberal y revolucionario. “Y pensar
que somos los únicos intelectuales”, se dicen los pocos letrados del
pueblo reunidos en un
conciliábulo para lamentar su
triste estado y conspirar. “Por eso somos los
vencidos, los oprimidos, los
perseguidos”, se responden: “Somos los parias”.
Vargas Vila rompe el discurso
narrativo de su novela para endilgarle a Caro
una de sus pavorosas
filípicas. Gramático pedante y nulo, ebrio de latín... con
su impudicia de mono coronado
de adverbios, pulga Nabucodonosor del
diccionario, roedor
escolástico, cerdo épico de la literatura, evangelista del
clasicismo arcaico, Merodac de
las catedrales góticas del ultramontanismo
medioeval, fanático del
absolutismo,
etc., etc.
Sin embargo, un buen día
Claudio Franco y su hermana Georgina, los héroes
de la novela, contemplan el
desalojo de una familia campesina por cuenta del mayordomo de la
hacienda y sus secuaces. “Ellos también son parias”, le dice
el hermano a la hermana lleno
de tristeza. Otro cuadro nos muestra la violación de la hija de esos
mismos labriegos desalojados a manos del terrateniente, que siempre va
armado con un gran perrero de guayacán para azotar peones y bestias, y
apartar las serpientes y los niños que encuentra a su paso. La hacienda
cuenta con su propia guerrilla conservadora, los búhos, formada
por arrendatarios, peones, bandidos y descastados de la capital y
pueblos circunvecinos. La escena de la gleba resulta dura y lacerante.
Según Pepe Cifuentes, uno de los intelectuales del pueblo, los
campesinos pagan un día de trabajo subsidiario para el municipio, otro
para la iglesia y uno más en el servicio doméstico del patrón. El fruto
del resto de la semana se divide con el dueño de la tierra. “El
feudalismo rural conserva entre nosotros la esclavitud en todo su
horror; una hacienda nuestra no tiene nada que criticar a un ingenio
cubano”.
Los campesinos exhiben una
semblanza conmovedora:
...mal comidos, privados de
carne, alimentados de legumbres, cuasi desnudos, trabajando a la
intemperie bajo soles implacables y lluvias torrenciales, durmiendo en
un amontonamiento de cerdos, en ranchos escuetos, en una promiscuidad
inmoral y malsana, madre del vicio y la epidemia, procreando sin amor
proles esclavas, enriqueciendo amos egoístas y crueles.
Labriegos que nacen y viven
devorados por el Estado, por la Iglesia y por
los ricos, y mueren casi todos
por falta de socorros, abandonados como bestias...2
Ninguna pieza literaria
anterior nos había referido en Colombia el asunto de
manera tan descarnada. El
cuadro es nuevo e impactante. ¿Pero es auténtico, o se trata sólo de un
recurso enojoso del autor, que ha cargado las tintas para
acentuar su crítica? Este
punto sólo es posible absolverlo a la luz de los
testimonios históricos.
Aquí nos vemos obligados a
admitir que las tensiones del mundo rural
colombiano de finales del XIX
a las que alude Vargas Vila, resultan palmariamente confirmadas por las
crónicas de la época. No se trataba del normal discurrir de un estado de
acentuada feudalización de la mano de obra, cumplido a todo lo largo del
siglo, sino de un fenómeno mucho más profundo e impactante, causa de que
toda la crisis de la sociedad, en su conjunto, había acabado por
descargarse sobre las espaldas de la masa campesina. Y durante casi
veinte años, esta crisis no había tenido otro generador más nocivo que
las continuas emisiones de moneda sin respaldo, llevadas a cabo por los
gobiernos de la Regeneración, emisiones, que se calcula, pudieron haber
drenado de los bolsillos particulares, y del trabajo honrado de la
nación, la suma de mil millones de
pesos oro.
Tras la creación del Banco
Nacional y la imposición del billete de curso
forzoso, llevadas a cabo por
Núñez, comenzó a darse por seguro que la moneda oficial carecía de
respaldo. La depreciación se hizo consustancial al curso del numerario.
Si en un comienzo el billete oficial fue admitido a la par, en los años
subsiguientes lo fue sólo al 75, al 60, al 40, al 20, al 10 y por último
al 0.5 y hasta el 0.1 por ciento. La tesorería del Estado se convirtió
en un odioso monedero
falso.
Para mayor ironía, el
latrocinio oficial llevado a cabo con la emisión de
moneda fraudulenta, había
tenido un enconado defensor de oficio: el doctor
Miguel Antonio Caro, quien
desde antes de subir a la presidencia de la República
argumentaba que:
Hay otro medio de arbitrar
recursos en tiempos calamitosos; medio que ya
se conoció en otros siglos con
el nombre apasionado de alteración de la moneda; arbitrio que
consiste en dotar la moneda con un valor nominal que representa
el
crédito del Estado... 3
Para el ilustre Caro, en
efecto, otorgarle un valor nominal a la moneda,
imprimirla y echarla a
circular entre los ciudadanos, no era otra cosa que abrir
un crédito a favor del Estado.
Como este recurso había sido utilizado por Don
Alfonso El Sabio, se
valió de las doctrinas expuestas por él en Las Siete
Partidas
para defender su obra económica. He aquí sus palabras:
Críticos e historiadores
superficiales hablando de Don Alfonso X, Rey de
León y Castilla, que fue el
príncipe más ilustrado del siglo XIII, y émulo de
Teodosio y Justiniano como
legislador, repiten, como papagayos, que a pesar
de todo, Don Alfonso, por
ignorancia, manchó su reinado con la alteración de la moneda.... Fue
Don Alfonso el Sabio un príncipe desgraciado. Destronóle su
mismo hijo, y murió de
amargura, refugiado en Sevilla. Su gran crimen no fue la “alteración de
la moneda” sino haberse anticipado a sus tiempos. La moneda feble fue
precursora del recurso gratuito del papel moneda... 4
Moneda feble terminó siendo el
término acuñado por el eximio Caro. La Real
Academia de la Lengua nos dice
que, hablando de monedas y en general de
aleaciones de metales, feble
quiere decir falto, en peso o en ley. En suma, la
economía colombiana estuvo
regida durante el último tramo del siglo XIX por
los preceptos de un sabio del
siglo XIII, y ni siquiera por sus máximas acertadas, que las tuvo en
cantidad, sino por sus equivocaciones. Por esta razón, el señor Caro se
convirtió en el blanco de la crítica más implacable:
Debemos reconocer que la
economía política no se escribió en latín, y que el
señor Caro la ignora por
completo. Y no sólo ignora la ciencia, sino que desconoce los hechos de
otros pueblos, hechos que son contemporáneos y que están al alcance de
cualquiera que siquiera lea los periódicos. Esa ignorancia en un hombre
que ha sido Presidente y se cree hombre de Estado, no tiene
justificación. El país no necesita latinajos, sino moneda sana y buen
gobierno 5 El continuo desfalco de los ingresos de comerciantes,
exportadores,
empresarios y público en
general a través de la moneda sin respaldo, durante
casi dos décadas, llevó a los
liberales a exigir el derecho de que los particulares pudieran efectuar
sus transacciones comerciales en la moneda que tuvieran a bien, y a
consignarlo en el programa de la revolución de 1899. Pero si la gente
medianamente instruida se desprendía de los billetes oficiales como
quien se desprende de una peste contagiosa, no ocurría lo mismo con los
labriegos.
Los billetes rodaban en la
escala social y terminaban en sus manos, así como la moneda
desvalorizada termina en las faltriqueras de los mendigos.
El billete ha ido a manos de
los campesinos en cantidades muy considerables.
En mucha parte el
estancamiento que se siente, proviene de la retención de
fuertes sumas en poder de las
masas de agricultores de Cundinamarca y
Boyacá... Los jornaleros
vendieron al principio su trabajo o los víveres que
producían a precios que no
cubrían ni el costo de producción. Muchos han
guardado el papel esperando la
baja de la ropa (así lo dicen), y han estado casi
desnudos; por los campos se
perciben hoy los efectos del alto cambio en la
desnudez de la gente.6
De modo que no está
desorientado Vargas Vila en el cuadro de la miseria
campesina que nos pinta en
Los Parias. Labriegos desnudos, andrajosos,
semejantes a mendigos, eran el
idílico escenario rural de finales del siglo XIX en Colombia, que su
novela refleja a profundidad. Es un hecho que está
manipulando a propósito nuevos
elementos de agitación social, odiosos en la
época tanto a conservadores como a liberales, pero que no por eso su
descripción deja de ser profundamente cierta.
De esta manera, Los parias
resulta una obra de enorme valor para conocer
las tensiones sociales de la
aldea y el mundo rural colombiano a finales del siglo XIX. La ficción
asume en Vargas Vila la dantesca representación de una realidad
soslayada a propósito por todos los escritores oficiales de su tiempo,
lo cual se ajusta al eterno propósito político e ideológico de El
Divino: socavar, enrostrar, vociferar, escupir y maldecir las
bestias que encadenan el mundo del que huyó
para siempre.
1 VARGAS, Vila. La muerte del cóndor. Barcelona: Ediciones Sopena,
1921, pág. 86-88.
2 VARGAS, Vila. Los Parias. Barcelona: Ediciones Sopena, 1920,
pág. 209.
3 La verdad de la moneda,
artículo en: El Nuevo Tiempo, Junio 17 de 1903.
4 Ibid.
5 Impresiones parlamentarias, El Nuevo Tiempo, Octubre 26 de
1903.
6 El Nuevo Tiempo, Noviembre 2 de 1903.
Gonzalo España
Escritor y periodista colombiano. Lista de
honor IBBY por su libro Galería
de Piratas y bandidos de América.
Finalista en el concurso COLCULTURA de
1996
con su novela Señorita. Miembro de la Academia de Historia de
Santander.
Su
últimas publicaciones son Pierre Bouguer: el maestro del sabio,
La canción
de
la Flor.
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