Selecciòn de textos disponibles en esta pagina:

Veredas de Diadorim: Tiempo, Ficción e Historia en la obra de Guimaraes Rosa. Simone Accorsi

Anotaciones sobre lo fantástico en Borges. Alejandro Josè Lòpez Càceres

De cómo conocí a una joven escritora. Cuentos de Ángela Rengifo. Por Harold Kremer

Entre la Literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo.  PorRicardo Sánchez

 

Contenido de la ediciòn 20


Dossier Historia y Ficción

Acceso y distanciamiento

Ficción e Historia: reflexión teórica

Entre la Historia y la Ficción. Una aproximación teórica y un caso en la literatura colombiana

Las guerras en Colombia, una representación novelística

Historia y Ficción en Los parias, novela de José María Vargas Vila

Veredas de Diadorim: Tiempo, Ficción e Historia en la obra de Guimaraes Rosa

La historia posible en la Ficción narrativa de Germán Espinosa

Identidad y escritura en Josefa Gordon de Jove

Literatura Colombiana y Latinoamericana

Mito, Historia y Ficción en la antropogénesis  del hombre hispanoamericano en Terra nostra de Carlos Fuentes

Anotaciones sobre lo fantástico en Borges

Alcides Arguedas: el dolor de ser boliviano

Jorge Isaacs: entre el Pacífico y el Caribe

Escritores Invitados

De cómo conocí a una joven escritora. Cuentos de Ángela Rengifo Harold Kremer

Entre la Literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo  PorRicardo Sánchez

Ediciòn 19

Ver ìndice de contenido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre la literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo

Ricardo Sánchez

 

El recuerdo humano y literario de Manuel Mejía Vallejo, es un imaginario colectivo grato en centenares de amigos, colegas, lectores y discípulos, por la fuerza vital, la cordialidad de sus maneras, el gesto de sencillez y al mismo tiempo el porte de varón bien plantado y altivo, hecho a la antigua, como el pan.

Fue un animal literario y un vividor intenso del amor, la amistad, la bohemia creativa, lo popular y lo social. Su personalidad se destacaba por doquier, por el don de la palabra, era un “culebrero” culto y seductor, que imponía como asunto natural sus deliquios, en que vida y literatura se dan unidos de manera inseparable. Tenía ángel y carisma, una vanidad contenida y ejercida. De Manuel Mejía Vallejo, puede afirmarse, como un aserto, que su vida fue  la literatura y la literatura fue su vida. Sus libros están marcados, como novelas, cuentos, poemas y crónicas por sus vivencias propias o inmediatas, las experiencias conocidas, como notario, chismoso, testigo, recuperador y como protagonista. El título de su obra prima, La tierra éramos nosotros, se constituyó desde siempre en horizonte y código de conducta estética, en una evolución que integró los espacios, las geografías de su periplo biográfico: campo, pueblo, ciudad, con la permanencia de lo rural-campesino, aún en sus novelas urbanas, Aire de Tango para nombrar la más conocida. Hay una vida en Manuel Mejía Vallejo que pensada como biografía, constituye una novela, la de su propia existencia, cargada de intensidad, realizaciones y claro está, debilidades propias de lo humano. Con la publicación de los catorce volúmenes de las Obras Completas del escritor en pulcra edición, tarea realizada por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina, con el patrocinio del Concejo de Medellín estamos ante el incentivo de promover la lectura crítica del gran escritor nacional.

Cada volumen cuenta con un prólogo de distintos autores, que le dan ubicación y valoración a la respectiva obra. Los libros son: 1) La tierra éramos nosotros. Prólogo de Luis Marino Troncoso. 2) Al pie de la ciudad. Prólogo de Juan Diego Mejía. 3) El día señalado. Prólogo de Óscar Collazos. 4) Aire de Tango. Prólogo de Alfonso Aristizábal. 5) Las muertes ajenas. Prólogo de Juan José Hoyos. 6) Tarde de verano. Prólogo de Fernando Cruz K. 7) El mundo sigue andando. Prólogo de Fernando Cruz K. 8) La sombra de tu paso. Prólogo de Claire Lew . 9) La casa de las dos palmas. Prólogo de Otto Morales Benitez. 10) Los abuelos de Casa Blanca. Prólogo de Jaime Jaramillo Escobar. 11) Los invocados. Prólogo de Alberto Aguirre. 12) Cuento de zona tórrida. Prólogo de Luis Fernando Macías. 13) Otras historias. Prólogo de Luis Fernando Macías. 14) Poesía. Prólogo de José Manuel Arango.

 Algunas características de la literatura de Mejía Vallejo son: telúrica, vitalista, poética, cósmica, dialogal, intensa, evocativa, popular. Su estética es romántica y telúrico-popular, una tradición nacional indoamericana, que viene de José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Miguel Ángel Asturias, entre otros. Es un escritor de la geografía y del mundo andino, de la región antioqueña, de un castellano culto y popular. Viene a ser figura emblemática en la representación social-artística de la transición hacia la modernización y modernidad incompletas y deformadas de nuestros países y de la formación de las individualidades. El mundo psicológico y de valores de la narrativa de este escritor expresan estas tensiones intensamente. El profesor de la Universidad de Antioquia, Augusto Escobar Mesa ha realizado una notable investigación de lo que yo denomino, un Manuel Mejía oral. Es un libro denso, de una organización temática y elaboración pedagógica acertada y amable. Una obra de tejedor de recuerdos, reflexiones, evocaciones, información. Un diálogo profundo del investigador con el escritor, en que se hizo posible una recuperación organizada y amplia de los saberes intelectuales, de la inteligencia emocional, de las múltiples sensibilidades, de las huellas, errancias y procesos de formación sentimental. También, el rescate de procesos generacionales del mundo literario, político y artístico en que se desarrolló la vida y la actividad creativa de Manuel Mejía Vallejo. Augusto Escobar, decidió titular esta obra, como Memoria compartida con Manuel Mejía Vallejo. Por la dimensión de la obra y la faena realizada, que el autor informa en la Introducción, lo compartido es justo y loable recalcarlo. Pero, este es un investigador que además de afirmativo en sus realizaciones es cuidadoso y eficaz en su trabajo, es fino en el respeto. Por ello deja claro: “para esto se tuvo sumo cuidado de no modificar las ideas, el estilo y el tono del escritor” (p.18).

Se tuvo en la realización del trabajo el acierto de reforzar o ampliar temas, con textos del escritor de su obra o de entrevistas. Manuel Mejía Vallejo leyó el original de estas Memorias, pero no pudo ocuparse de hacer sugerencias o eventuales desarrollos, la enfermedad lo demolió. Pero de seguro que estaba complacido con lo realizado. Hay unas impresiones y un retrato de Escobar Mesa en su Introducción que revelan –si ello fuese necesario- su lealtad, amor y poesía por esta obra  literaria y por este hombre. Es además de una obra racional, de investigación, un testimonio sentimental de admiración y amistad. Enhorabuena, tales complementos en las actividades intelectuales y de la vida profesional.

El asunto, es que la apuesta de Mejía Vallejo por la escritura la pudo realizar como una apuesta en la vida. Sin renunciar a ella, con generosidad y gallardía. Con afirmación e inmiscuyéndose en el trato humano de manera intensa con sus atrevimientos y dolores. En la valoración de Manuel Mejía Vallejo el hombre y su obra literaria, habrá que meditar mucho, sobre ese final de Mi Retrato de Rousseau: “Nunca fueron llamados grandes poetas. Algunos autores se mueren por llamar al poeta Rousseau el gran Rousseau durante mi vida. Cuando yo haya muerto, el poeta Rousseau será un gran poeta. Pero ya no será el gran Rousseau. Porque si no es imposible que un autor sea un gran hombre, no será haciendo libros ni en  verso ni en prosa como se convertirá en tal”

 Es el asunto tremendo de la contradicción de la vida como paradigma ético y la literatura como creación perenne. Que no es posible pensarlo como un “matrimonio feliz”, sino como una convivencia con dramas, rupturas y satisfacciones. Como algo humano, demasiado humano. Manuel Mejía Vallejo oral era una maravilla. Una memoria prodigiosa, un pico de oro, una sabiduría que iba del sentido común, las experiencias vividas, hasta reflexiones cultas sobre asuntos candentes como la violencia, la política, la literatura y el papel del escritor. Un verbo poético entrañable y endemoniado, en competencia leal, con su tarea disciplinada e intensa como escritor consagrado.

De todo esto resulta un torrente, una explosión volcánica de ideas, imágenes y sentimientos sobre diversos aspectos que preocuparon al escritor como hombre y como artista. Pero, no hay que equivocarse, no se trata de un dilettante, a la manera de un picaflor, sino de unas arraigadas reflexiones y vivencias, contadas de manera espléndida en este libro de 482 páginas. El autor organizó en doce capítulos los grandes universos temáticos y cada uno fue subdividido con oportunos subtítulos que hacen comprensible y organizada la narración. El contenido está enunciado así: I. Introducción. El hombre sigue siendo un pequeño alquimista invocando poderes diabólicos. II. Una y múltiples violencias. III. Tiempos de una generación elemental y trágica. IV. Por los caminos del pasado y la tradición oral. V. Las voces de la literatura que se hicieron propias. VI. De la infancia, el arte y la naturaleza. VII. Diversas maneras de oficiar el rito de la literatura. VIII. Héroes y personajes que avivan la imaginación. IX. De la cultura y las responsabilidades del escritor. X. El oficio de pensar y la razón de ser del escritor. XI. Variaciones alrededor de la vida y la muerte, el amor y la eternidad. XII. Bibliografía.

  Son temáticas tratadas con amplitud y un sentido crítico y reflexivo que trasciende lugares comunes y verdades evidentes. Sin ironizar, sin ataques, así sencillamente este escritor antioqueño hasta la médula, podrá afirmar dolorosamente: “El ambiente antioqueño ha sido siempre hostil. Muchos de los hombres importantes que hicieron literatura murieron en el destierro, fueron perseguidos y señalados acusadoramente y tuvieron que vivir a la enemiga.

Pedro Nel Gómez y Fernando González podrían ser ejemplos, sin contar con “El Indio Uribe”, Antonio José Restrepo. O morían necesariamente de hambre, como los casos de Ricardo Rendón y Luis Tejada” (p.65).

El propio Manuel Mejía Vallejo después del 9 de abril, tuvo que exiliarse en Venezuela y luego en Guatemala. Las páginas destinadas a desentrañar las contradicciones de la sociedad antioqueña, sus luces y sombras son para repasar y reflexionar porque son además extensibles a otras partes de Colombia, en especial al mundo andino. El contrapunteo que él traza para señalar las diferencias, entre el modo de ser costeño y el antioqueño son inquietantes.

Este escritor era apegado al terruño, a su patria chica, pero no era un provinciano de horizonte estrecho y cerrado. Porque amaba entrañablemente Antioquia la criticó al mismo tiempo que exaltó los valores populares, el empuje de la colonización, sus artistas, escritores, la maravilla del paisaje y el lenguaje. De los escritores antioqueños dice cosas entrañables y lúcidas. El Tomás

Carrasquilla de Mejía Vallejo es único en su aproximación y en su balance frente a las influencias que se le señalan. Para Mejía Vallejo el viejo y gran Carrasco, no es su influencia primordial, apartándose de un lugar común que viene desde la afirmación de Fernando González en ese sentido, hasta nuestros días. ¡Leer para rectificar! Ya que nuestro autor lo explica con suficiencia y convicción. La reflexión sobre la literatura nacional y latinoamericana es variada y llena de matices y sugerencias. Muestra de cuerpo entero una relación profunda con ella, a un Manuel Mejía Vallejo lector intenso, comprometido con su escrutinio, diálogo e incorporación al torrente de nuestra poderosa cultura a escala continental. Y lo hace desde los mitos indígenas antiguos y actuales que estudió en profundidad, pasando por autores como Carrasquilla y González, Miguel Ángel Asturias, Jorge Icaza, Porfirio Barba Jacob (su entrañable poeta) Pablo Neruda, Castro Saavedra, hasta García Márquez. La investigación de Escobar Mesa contempla reflexiones breves, precisas sobre las distintas obras del autor, en que éste nos da clases y pistas, en todo caso su propio punto de vista, sobre su creación literaria; un referente obligado para el estudio de la obra manuelina. Manuel Mejía Vallejo era un hombre profundamente político, no porque fuese activista o tuviese ambiciones de poder, sino porque se preocupó siempre por la suerte del pueblo colombiano, de sus desgracias y afanes, con un compromiso ético a toda prueba: contra las injusticias, las desigualdades, las persecuciones. Sabía bien que el escritor, el artista, el científico tienen deberes cívicos con su sociedad.

Ante esta pregunta de Augusto Escobar: “¿Mucho se ha hablado de la entrega exclusiva al ejercicio literario, ¿crees que este es un requerimiento sine qua non del escritor?” Responde: “Escribir es un acto cotidiano de aprendizaje, la dedicación exclusiva a un oficio crea un desquiciamiento de la realidad. Si el escritor se abstrae de otras tareas, falsea la vida. El artista como el escritor debe vivir plenamente inmerso en su época”. Defendía su profesión de escritor y negaba su condición de político, pero no para maquillarse de “sacerdote de nuevo tipo”, el del intelectual prevalido de privilegios éticos sino para enfatizar en la responsabilidad de escribir bien, que no es como lo explica muy bien sólo asunto de estilos, técnicas, manejo del lenguaje sino vivencias, experiencias, reflexiones, todo esto en un entramado, una constelación cuyo sentido y significado se lo da el escritor. Son muchas las páginas dedicadas a estos aspectos, además de asuntos como los estilos y géneros –poesía, cuento, novela- el lenguaje de América, la disciplina en el trabajo creador, las enajenaciones y servidumbres culturales... en fin...

 Políticamente, este escritor era de izquierda, gaitanista y demócrata. Sus ideas eran populares en un horizonte internacional amplio. Sus intelectuales, críticos nacionales preferidos, vienen por ello a ser gente como Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea. Las reflexiones sobre la violencia en singular y en plural son de gran calado. Van más allá de los lugares comunes, de lo inmediato y periodístico. Constituyen reflexiones de tipo histórico, cultural y político muy elaboradas. Por ser contemporáneo de procesos decisivos: el gaitanismo y el 9 de abril, por ejemplo.

El legendario José Alvear Restrepo es héroe sentimental de su juventud, es apenas normal, también lo fue para el poeta Carlos Castro Saavedra. La violencia es igualmente pensada como gran tema literario y artístico, una constante que perturba la conciencia, la existencia humana e incita a la creación y a la imaginación.

Su juicio no es el del moralista, es el de un artista de arraigadas convicciones. Pregunta, Augusto Escobar: “Si no hay seres osados que lo arriesgan todo en virtud de sus principios, difícilmente podrá cambiar la conciencia de una sociedad ¿Por qué la imagen del héroe sigue siendo una idea recurrente en tu creación?”.

Y responde crudamente: “Realmente a mí me atrae mucho el tema del heroísmo, me atrae la violencia, pese a que la detesto y me duelen profundamente todas las cosas violentas que ocurren; me emputa la violencia... pero el hombre es eso y desgraciadamente necesita alimentarse con sangre para nutrir su impulso, su verraquera. No sé. Es imposible conseguir las cosas por las buenas.

Con consejitos no se cambia el país ni se tumba una ley injusta; tiene que ser con la violencia. Y la historia de la humanidad es la historia de los violentos y de los héroes” (p.251).

El libro contiene reflexiones variadas sobre el arte al igual sobre la infancia, la vida, el amor, la amistad, la muerte. Donde se revela el escritor y al hombre dueño de una filosofía popular frente a los grandes asuntos del universo y de la condición humana. Sí, esta obra al igual que sus 14 libros nos pone en relación con un Manuel vivo.

 

Bibliografía

Escobar Mesa, Augusto. Memoria compartida con Manuel Mejía Vallejo. Medellín: Fondo Editorial. Biblioteca Piloto de Medellín para América Latina. Vol. 80, 1997. Rousseau, Jean Jacques Mi retrato (figura como apéndice) en: Las ensoñaciones de un paseante solitario pág. 168-176. Madrid: Alianza Editorial 1988.

 Ricardo Sánchez Ángel

El autor es profesor asociado de la Universidad Nacional. Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, Universidad Santiago de Cali. Asesor Presidencial en la Política de Paz en calidad de miembro de la Comisión de Verificación Nacional, durante 1983-1985. Miembro del Comité Permanente de Derechos Humanos en Colombia, durante 1979-1985, entre otros cargos de importancia para organizaciones como la UNESCO, la OEA. Algunos de sus libros son: Lecturas Colombianas (1996), Política y Constitución. Colección 30 Años, Universidad Central, Bogotá, (1998), Crítica y Alternativa. Las Izquierdas en Colombia, editorial la Rosa Roja. Dos ediciones, Bogotá, (2001), El demonio del ensayo en la obra de Otto Morales Benítez, editorial del Instituto de cultura, Manizales, (2001) De la memoria a la acción. Crítica Histórica (2003), estos últimos editados por el Fondo de publicaciones de la Universidad del Valle.

 

Universidad del Valle, Facultad de Humanidasdes, Escuela de Estudios Literarios. Tel. 3212161. Cali, Colombia.