|
|
|
Entre la literatura y la Historia: Manuel Mejía Vallejo, vivo
Ricardo Sánchez
El recuerdo humano y literario
de Manuel Mejía Vallejo, es un imaginario colectivo grato en centenares de
amigos, colegas, lectores y discípulos, por la fuerza vital, la cordialidad
de sus maneras, el gesto de sencillez y al mismo tiempo el porte de varón
bien plantado y altivo, hecho a la antigua, como el pan.
Fue un animal literario y un
vividor intenso del amor, la amistad, la bohemia creativa, lo popular y lo
social. Su personalidad se destacaba por doquier, por el don de la palabra,
era un “culebrero” culto y seductor, que imponía como asunto natural sus
deliquios, en que vida y literatura se dan unidos de manera inseparable.
Tenía ángel y carisma, una vanidad contenida y ejercida. De Manuel Mejía
Vallejo, puede afirmarse, como un aserto, que su vida fue la literatura y
la literatura fue su vida. Sus libros están marcados, como novelas, cuentos,
poemas y crónicas por sus vivencias propias o inmediatas, las experiencias
conocidas, como notario, chismoso, testigo, recuperador y como protagonista.
El título de su obra prima, La tierra éramos nosotros, se constituyó
desde siempre en horizonte y código de conducta estética, en una evolución
que integró los espacios, las geografías de su periplo biográfico: campo,
pueblo, ciudad, con la permanencia de lo rural-campesino, aún en sus novelas
urbanas, Aire de Tango para nombrar la más conocida. Hay una vida en
Manuel Mejía Vallejo que pensada como biografía, constituye una novela, la
de su propia existencia, cargada de intensidad, realizaciones y claro está,
debilidades propias de lo humano. Con la publicación de los catorce
volúmenes de las Obras Completas del escritor en pulcra edición,
tarea realizada por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para
América Latina, con el patrocinio del Concejo de Medellín estamos ante
el incentivo de promover la lectura crítica del gran escritor nacional.
Cada volumen cuenta con un
prólogo de distintos autores, que le dan ubicación y valoración a la
respectiva obra. Los libros son: 1) La tierra éramos nosotros.
Prólogo de Luis Marino Troncoso. 2) Al pie de la ciudad. Prólogo de
Juan Diego Mejía. 3) El día señalado. Prólogo de Óscar Collazos. 4)
Aire de Tango. Prólogo de Alfonso Aristizábal. 5) Las muertes
ajenas. Prólogo de Juan José Hoyos. 6) Tarde de verano. Prólogo
de Fernando Cruz K. 7) El mundo sigue andando. Prólogo de Fernando
Cruz K. 8) La sombra de tu paso. Prólogo de Claire Lew . 9) La
casa de las dos palmas. Prólogo de Otto Morales Benitez. 10) Los
abuelos de Casa Blanca. Prólogo de Jaime Jaramillo Escobar. 11) Los
invocados. Prólogo de Alberto Aguirre. 12) Cuento de zona tórrida.
Prólogo de Luis Fernando Macías. 13) Otras historias. Prólogo de Luis
Fernando Macías. 14) Poesía. Prólogo de José Manuel Arango.
Algunas características de la
literatura de Mejía Vallejo son: telúrica, vitalista, poética, cósmica,
dialogal, intensa, evocativa, popular. Su estética es romántica y
telúrico-popular, una tradición nacional indoamericana, que viene de José
Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Miguel Ángel Asturias, entre otros. Es un
escritor de la geografía y del mundo andino, de la región antioqueña, de un
castellano culto y popular. Viene a ser figura emblemática en la
representación social-artística de la transición hacia la modernización y
modernidad incompletas y deformadas de nuestros países y de la formación de
las individualidades. El mundo psicológico y de valores de la narrativa de
este escritor expresan estas tensiones intensamente. El profesor de la
Universidad de Antioquia, Augusto Escobar Mesa ha realizado una notable
investigación de lo que yo denomino, un Manuel Mejía oral. Es un libro
denso, de una organización temática y elaboración pedagógica acertada y amable. Una obra de
tejedor de recuerdos, reflexiones, evocaciones, información. Un diálogo
profundo del investigador con el escritor, en que se hizo posible una
recuperación organizada y amplia de los saberes intelectuales, de la
inteligencia emocional, de las múltiples sensibilidades, de las huellas,
errancias y procesos de formación sentimental. También, el rescate de
procesos generacionales del mundo literario, político y artístico en que se
desarrolló la vida y la actividad creativa de Manuel Mejía Vallejo. Augusto
Escobar, decidió titular esta obra, como Memoria compartida con Manuel
Mejía Vallejo. Por la dimensión de la obra y la faena realizada, que el
autor informa en la Introducción, lo compartido es justo y loable
recalcarlo. Pero, este es un investigador que además de afirmativo en sus
realizaciones es cuidadoso y eficaz en su trabajo, es fino en el respeto.
Por ello deja claro: “para esto se tuvo sumo cuidado de no modificar las
ideas, el estilo y el tono del escritor” (p.18).
Se tuvo en la realización del
trabajo el acierto de reforzar o ampliar temas, con textos del escritor de
su obra o de entrevistas. Manuel Mejía Vallejo leyó el original de estas
Memorias, pero no pudo ocuparse de hacer sugerencias o eventuales
desarrollos, la enfermedad lo demolió. Pero de seguro que estaba complacido
con lo realizado. Hay unas impresiones y un retrato de Escobar Mesa en su
Introducción que revelan –si ello fuese necesario- su lealtad, amor y poesía
por esta obra literaria y por este hombre.
Es además de una obra racional, de investigación, un testimonio sentimental
de admiración y amistad. Enhorabuena, tales complementos en las actividades
intelectuales y de la vida profesional.
El asunto, es que la apuesta de
Mejía Vallejo por la escritura la pudo realizar como una apuesta en la vida.
Sin renunciar a ella, con generosidad y gallardía. Con afirmación e
inmiscuyéndose en el trato humano de manera intensa con sus atrevimientos y
dolores. En la valoración de Manuel Mejía Vallejo el hombre y su obra
literaria, habrá que meditar mucho, sobre ese final de Mi Retrato de
Rousseau: “Nunca fueron llamados grandes poetas. Algunos autores se mueren
por llamar al poeta Rousseau el gran Rousseau durante mi vida. Cuando yo
haya muerto, el poeta Rousseau será un gran poeta. Pero ya no será el gran
Rousseau. Porque si no es imposible que un autor sea un gran hombre, no será
haciendo libros ni en verso ni en prosa como se convertirá en tal”
Es el asunto tremendo de la
contradicción de la vida como paradigma ético y la literatura como creación
perenne. Que no es posible pensarlo como un “matrimonio feliz”, sino como
una convivencia con dramas, rupturas y satisfacciones. Como algo humano,
demasiado humano. Manuel Mejía Vallejo oral era una maravilla. Una memoria
prodigiosa, un pico de oro, una sabiduría que iba del sentido común, las
experiencias vividas, hasta reflexiones cultas sobre asuntos candentes como
la violencia, la política, la literatura y el papel del escritor. Un verbo
poético entrañable y endemoniado, en competencia leal, con su tarea
disciplinada e intensa como escritor consagrado.
De todo esto resulta un
torrente, una explosión volcánica de ideas, imágenes y sentimientos sobre
diversos aspectos que preocuparon al escritor como hombre y como artista.
Pero, no hay que equivocarse, no se trata de un dilettante, a la manera de
un picaflor, sino de unas arraigadas reflexiones y vivencias, contadas de
manera espléndida en este libro de 482 páginas. El autor organizó en doce
capítulos los grandes universos temáticos y cada uno fue subdividido con
oportunos subtítulos que hacen comprensible y organizada la narración. El
contenido está enunciado así: I. Introducción. El hombre sigue siendo un
pequeño alquimista invocando poderes diabólicos. II. Una y múltiples
violencias. III. Tiempos de una generación elemental y trágica. IV. Por los
caminos del pasado y la tradición oral. V. Las voces de la literatura que se
hicieron propias. VI. De la infancia, el arte y la naturaleza. VII. Diversas
maneras de oficiar el rito de la literatura. VIII. Héroes y personajes que
avivan la imaginación. IX. De la cultura y las responsabilidades del
escritor. X. El oficio de pensar y la razón de ser del escritor. XI.
Variaciones alrededor de la vida y la muerte, el amor y la eternidad. XII.
Bibliografía.
Son temáticas tratadas con
amplitud y un sentido crítico y reflexivo que trasciende lugares comunes y
verdades evidentes. Sin ironizar, sin ataques, así sencillamente este
escritor antioqueño hasta la médula, podrá afirmar dolorosamente: “El
ambiente antioqueño ha sido siempre hostil. Muchos de los hombres
importantes que hicieron literatura murieron en el destierro, fueron
perseguidos y señalados acusadoramente y tuvieron que vivir a la enemiga.
Pedro Nel Gómez y Fernando
González podrían ser ejemplos, sin contar con “El Indio Uribe”, Antonio José
Restrepo. O morían necesariamente de hambre, como los casos de Ricardo
Rendón y Luis Tejada” (p.65).
El propio Manuel Mejía Vallejo
después del 9 de abril, tuvo que exiliarse en Venezuela y luego en
Guatemala. Las páginas destinadas a desentrañar las contradicciones de la
sociedad antioqueña, sus luces y sombras son para repasar y reflexionar
porque son además extensibles a otras partes de Colombia, en especial al
mundo andino. El contrapunteo que él traza para señalar las diferencias,
entre el modo de ser costeño y el antioqueño son inquietantes.
Este escritor era apegado al
terruño, a su patria chica, pero no era un provinciano de horizonte estrecho
y cerrado. Porque amaba entrañablemente Antioquia la criticó al mismo tiempo
que exaltó los valores populares, el empuje de la colonización, sus
artistas, escritores, la maravilla del paisaje y el lenguaje. De los
escritores antioqueños dice cosas entrañables y lúcidas. El Tomás
Carrasquilla de Mejía Vallejo
es único en su aproximación y en su balance frente a las influencias que se
le señalan. Para Mejía Vallejo el viejo y gran Carrasco, no es su influencia
primordial, apartándose de un lugar común que viene desde la afirmación de
Fernando González en ese sentido, hasta nuestros días. ¡Leer para
rectificar! Ya que nuestro autor lo explica con suficiencia y convicción. La
reflexión sobre la literatura nacional y latinoamericana es variada y llena
de matices y sugerencias. Muestra de cuerpo entero una relación profunda con
ella, a un Manuel Mejía Vallejo lector intenso, comprometido con su
escrutinio, diálogo e incorporación al torrente de nuestra poderosa cultura
a escala continental. Y lo hace desde los mitos indígenas antiguos y
actuales que estudió en profundidad, pasando por autores como Carrasquilla y
González, Miguel Ángel Asturias, Jorge Icaza, Porfirio Barba Jacob (su
entrañable poeta) Pablo Neruda, Castro Saavedra, hasta García Márquez. La
investigación de Escobar Mesa contempla reflexiones breves, precisas sobre
las distintas obras del autor, en que éste nos da clases y pistas, en todo
caso su propio punto de vista, sobre su creación literaria; un referente
obligado para el estudio de la obra manuelina. Manuel Mejía Vallejo era un
hombre profundamente político, no porque fuese activista o tuviese
ambiciones de poder, sino porque se preocupó siempre por la suerte del
pueblo colombiano, de sus desgracias y afanes, con un compromiso ético a
toda prueba: contra las injusticias, las desigualdades, las persecuciones.
Sabía bien que el escritor, el artista, el científico tienen deberes cívicos
con su sociedad.
Ante esta pregunta de Augusto
Escobar: “¿Mucho se ha hablado de la entrega exclusiva al ejercicio
literario, ¿crees que este es un requerimiento sine qua non del
escritor?” Responde: “Escribir es un acto cotidiano de aprendizaje, la
dedicación exclusiva a un oficio crea un desquiciamiento de la realidad. Si
el escritor se abstrae de otras tareas, falsea la vida. El artista como el
escritor debe vivir plenamente inmerso en su época”. Defendía su profesión
de escritor y negaba su condición de
político, pero no para maquillarse de “sacerdote de nuevo tipo”, el del
intelectual prevalido de privilegios éticos sino para enfatizar en la
responsabilidad de escribir bien, que no es como lo explica muy bien sólo
asunto de estilos, técnicas, manejo del lenguaje sino vivencias,
experiencias, reflexiones, todo esto en un entramado, una constelación cuyo
sentido y significado se lo da el escritor. Son muchas las páginas dedicadas
a estos aspectos, además de asuntos como los estilos y géneros –poesía,
cuento, novela- el lenguaje de América, la disciplina en el trabajo creador,
las enajenaciones y servidumbres culturales... en fin...
Políticamente, este escritor
era de izquierda, gaitanista y demócrata. Sus ideas eran populares en un
horizonte internacional amplio. Sus intelectuales, críticos nacionales
preferidos, vienen por ello a ser gente como Baldomero Sanín Cano y Jorge
Zalamea. Las reflexiones sobre la violencia en singular y en plural son de
gran calado. Van más allá de los lugares comunes, de lo inmediato y
periodístico. Constituyen reflexiones de tipo histórico, cultural y político
muy elaboradas. Por ser contemporáneo de procesos decisivos: el gaitanismo y
el 9 de abril, por ejemplo.
El legendario José Alvear
Restrepo es héroe sentimental de su juventud, es apenas normal, también lo
fue para el poeta Carlos Castro Saavedra. La violencia es igualmente pensada
como gran tema literario y artístico, una constante que perturba la
conciencia, la existencia humana e incita a la creación y a la imaginación.
Su juicio no es el del
moralista, es el de un artista de arraigadas convicciones. Pregunta, Augusto
Escobar: “Si no hay seres osados que lo arriesgan todo en virtud de sus
principios, difícilmente podrá cambiar la conciencia de una sociedad ¿Por
qué la imagen del héroe sigue siendo una idea recurrente en tu creación?”.
Y responde crudamente:
“Realmente a mí me atrae mucho el tema del heroísmo, me atrae la violencia,
pese a que la detesto y me duelen profundamente todas las cosas violentas
que ocurren; me emputa la violencia... pero el hombre es eso y
desgraciadamente necesita alimentarse con sangre para nutrir su impulso, su
verraquera. No sé. Es imposible conseguir las cosas por las buenas.
Con consejitos no se cambia el
país ni se tumba una ley injusta; tiene que ser con la violencia. Y la
historia de la humanidad es la historia de los violentos y de los héroes”
(p.251).
El libro contiene reflexiones
variadas sobre el arte al igual sobre la infancia, la vida, el amor, la
amistad, la muerte. Donde se revela el escritor y al hombre dueño de una
filosofía popular frente a los grandes asuntos del universo y de la
condición humana. Sí, esta obra al igual que sus 14 libros nos pone en
relación con un Manuel vivo.
Bibliografía
Escobar Mesa, Augusto.
Memoria compartida con Manuel Mejía Vallejo. Medellín: Fondo Editorial.
Biblioteca Piloto de Medellín para América Latina. Vol. 80, 1997. Rousseau,
Jean Jacques Mi retrato (figura como apéndice) en: Las ensoñaciones de un
paseante solitario pág. 168-176. Madrid: Alianza Editorial 1988.
Ricardo Sánchez Ángel
El autor es profesor asociado
de la Universidad Nacional. Doctor en Derecho y Ciencias Políticas,
Universidad Santiago de Cali. Asesor Presidencial en la Política de Paz en
calidad de miembro de la Comisión de Verificación Nacional, durante
1983-1985. Miembro del Comité Permanente de Derechos Humanos en Colombia,
durante 1979-1985, entre otros cargos de importancia para organizaciones
como la UNESCO, la OEA. Algunos de sus libros son: Lecturas Colombianas
(1996), Política y Constitución. Colección 30 Años, Universidad
Central, Bogotá, (1998), Crítica y Alternativa. Las Izquierdas en
Colombia, editorial la Rosa Roja. Dos ediciones, Bogotá, (2001), El
demonio del ensayo en la obra de Otto Morales Benítez, editorial del
Instituto de cultura, Manizales, (2001) De la memoria a la acción.
Crítica Histórica (2003), estos últimos editados por el Fondo de
publicaciones de la Universidad del Valle.
|