Metiéndole el agua al coco

  • Victor Manuel Rengifo Escuela Normal Superior Nuestra Señora de Las Mercedes

Resumen

La melancolía de dejar atrás mi tierra me golpeaba muy hondo el alma, pero tenía que resolver este misterio. No era justo conmigo seguir viviendo este infierno. Imagínense ustedes, tener que estar envueltos todos los días en una pesadilla interminable. Soñar todos los días lo mismo. 

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Biografía del Autor

Victor Manuel Rengifo, Escuela Normal Superior Nuestra Señora de Las Mercedes

Es un amante de las letras nacido en Quibdó, capital del departamento del Chocó. Licenciado en Español y Literatura (Universidad Tecnológica del Chocó) y aspirante al título de Magister en Educación. (Universidad De Medellín) Actualmente funge como docente en la Escuela Normal Superior Nuestra Señora de Las Mercedes del municipio de Istmina en el departamento del Chocó Este joven escritor representa al territorio chocoano con sus letras. Amante de la poesía, la narrativa breve y la composición de canciones. Ha participado en las publicaciones: Pensamiento y Sentimiento Hecho Palabra, 2da edición; publicado por la fundación Chocó Joven. Además aparece como uno de los 23 narradores en el Maletín de relatos pacíficos, que es el bello resultado del diplomado pacifico en escritura creativa, que dirigió el Instituto Caro y Cuervo en compañía del Fondo Acción.

Publicado
2018-09-25
Como citar
RENGIFO, Victor Manuel. Metiéndole el agua al coco. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://poligramas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7014>. Fecha de acceso: 21 ene. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7014.
Sección
Hojarascas

Metiéndole el agua al coco

La melancolía de dejar atrás mi tierra me golpeaba muy hondo el alma, pero tenía que resolver este misterio. No era justo conmigo seguir viviendo este infierno. Imagínense ustedes, tener que estar envueltos todos los días en una pesadilla interminable. Soñar todos los días lo mismo.

Cansado de esta situación decidí viajar hasta el lugar que en mis sueños se mostraba como un bucle y que, por lo menos en ellos, conocía muy bien. Fue así como, después de ocho horas de vuelo, llegué hasta Bogotá, en América del Sur, y ahora solo me separaba una hora más o menos del mágico Chocó. Tierra que le brindó a mi familia toda la riqueza que hoy posee y en la que mi tatarabuelo conoció al amor de su vida y madre de sus hijos.

Sobrevolé la selva espesa en un pequeño avión lleno de pasajeros atemorizados por la turbulencia y al cabo de cincuenta minutos de vuelo llegamos a nuestro destino. Luego, sin vacilar, tomé una buseta hasta Andagoya. Al cabo de unas horas ya me encontraba en aquel lugar. Todo era como en mis sueños, aunque con algunas variaciones.

Había un gran parque en frente de una hermosa catedral; el lugar era quizá más bello de lo que había imaginado. Allí comenzó mi aventura.

Andagoya era un sitio histórico para los chocoanos. Según la historia que escuché contar a un señor llamado Gibson, este pueblo fue saqueado por inmigrantes gringos, quienes para extraer oro y platino cortaron gran parte de los árboles del territorio, luego cavaron profundo la tierra con máquinas que trajeron de Estados Unidos. Se llevaron el oro y dejaron preñadas a las mujeres de los negros cimarrones que se habían asentado en el pueblo. Gibson decía que todavía quedaban en el pueblo algunos restos de las maquinas que se habían usado para buscar el oro y que algunos de los viejos de su edad eran descendientes de la unión forzada entre las mujeres del Chocó y los hombres de ojos azules venidos del norte. Muchos tenían apellidos como: Smith, Williams y Adams. Escuchar eso me puso triste, así que decidí marcharme del parque y seguir el rumbo trazado en mis sueños.

Caminé por el parque, pensativo, hasta que me planté frente a la gran Virgen Negra, una enorme escultura que medía tres metros y estaba justo en el centro del lugar. En mi sueño no había tal Virgen sino una descomunal secuoya. En el centro del parque, sin embargo, tal como lo esperaba, encontré las tres monedas que había visto en mi sueño, medio escondidas al pie de la estatua: una de bronce, una de plata y la última de oro. Las recogí, aun sin saber para qué servirían, pero me limité a copiar lo que sucedía en el sueño. Luego me fui por un sendero largo y casi desértico que estaba cercado por llamativas piedras de colores, que además tenían muchas perforaciones. El paisaje se hacía más opaco a medida que avanzaba. Sin embargo, iba decidido; nada me haría abandonar mi deseo de acabar con esta pesadilla.

Tuve mucha sed durante el recorrido, pero no pude beber nada porque no llevé provisiones y el único riachuelo que encontré después de mucho caminar era de color grisáceo, blanqueado por los residuos que dejaba el trabajo que hacían los mineros de la región. Noté que allí, en ese paraje, todo era diferente, ya no había casi árboles. No después de haber sido el gran centro de explotación maderera del Chocó. Sin embargo, no me importaba el deprimente paisaje, pues estaba resuelto a continuar mi exploración. Así, después de haber avanzado sin rumbo, llegué a toparme con un letrero que decía: “NO VAYA A PASÁ, QUE AQUÍ LA BELLEZA NO SINIFICA BONDÁ” (el mismo letrero que había visto en mis sueños). Estaba escrito sobre un árbol que parecía salido de la nada porque era el único que ahí se podía ver. Se notaba que el letrero llevaba mucho tiempo ahí.

Me aventuré a seguir adelante y a los pocos pasos todo el lugar se había transformado. Ahora podía ver muchos animales saltando en un suelo muy verde, árboles frondosos en todos lados, palmeras repletas de coco y un río correntoso en el que parecía que nunca nadie había mojado una hoja.

Miré hacia atrás y noté que, extrañamente, no se veía el camino árido que había recorrido, sino un reflejo de los árboles y el paisaje exuberantes. Sorprendido, intenté devolverme, pero una barrera transparente me tenía atrapado. Era un cerco invisible que no podía ser penetrado y me impedía salir. Presa del miedo, comencé a golpear la barrera, cada vez con más fuerza y desesperación. Lo hice durante varios minutos hasta quedar casi sin aliento. Al volverme, exhausto, me sorprendí al descubrir que nuevos animales se habían sumado a los que había visto inicialmente. Un león… sí, era un imponente león lo que veían mis ojos; los suyos estaban como encendidos en fuego. Un lagarto gigantesco también apareció, además de tres osos y algo parecido a una araña descomunal. Los animales estaban concentrados mirándome: osos, felinos, ardillas, ciervos, serpientes, insectos y muchas otras criaturas. Sus rostros reflejaban maldad. Mucha maldad. Sentí pavor y corrí veloz hacia el río. Corría rápidamente, atrás venían los animales, el grupo completo. A veces hacía fintas y amagues para intentar esquivarlos pero era inútil, así que solo intentaba apurar el paso. Y cuando casi me alcanzaban, sentí que algo que volaba sobre mí. Aquello, fuese lo que fuese, me tomó de los hombros y luego: ¡chambluuuum! Al río fui a parar.

Casi inconsciente, fui arrastrado por la fuerte corriente del río y en ese estado no pude apreciar con claridad a la mujer que nadaba como un delfín. Quería agradecerle por haberme prestado socorro, pero al ver que tenía una especie de cola perdí el conocimiento.

Minutos después me desperté en la otra orilla. Un fuerte aleteo me obligó a mirar hacia arriba. Era un gran pájaro de color blanco. Bajé la mirada y en frente de mí había un letrero, esta vez en una lengua que no conocía; la inscripción estaba a la entrada de una cueva. El ave, mientras tanto, comenzó a cantar: siuuuu, siuuu. Luego se posó sobre la entrada de la cueva, encima del letrero. Pensé que el ave me estaba dando una señal, pero, ¿qué significaba? Mi intuición me llevó a pensar que en la cueva había algo esplendido y recordé entonces los diamantes que había visto en mi sueño. Lo extraño es que no había rastro alguno de aquel que me mataba, aquel cuya cabeza era dulce, fresca y cuyas manos eran ramas.

Miré otra vez en dirección a la entrada de la cueva. Dos palabras había en la inscripción: Manún gara. Pronuncié las palabras y esto bastó para que la cueva se abriera y un pequeño sendero empedrado de diamantes me indicara el camino hacia el fondo del lugar… Me apresuré a recoger las piedras preciosas, una a una, hasta llenarme las manos, pues parecían de muchísimo valor. Me encontraba ya adentro de la cueva. Afuera la gran ave blanca seguía posada sobre la entrada. Otra vez cantó: siuuuu, siuuu. Había cierta desesperación en su canto, pero yo ya me había dejado deslumbrar por las piedras preciosas y no hice caso a las advertencias del ave. Después de la piedra número diecisiete había un libro. Lo recogí. El ave volvió a cantar, el sonido era casi imperceptible.

En la cubierta del libro aparecía la imagen de una palmera de coco. Lo tomé en mis manos e intenté abrirlo, pero no me fue posible. La cubierta no se separaba. Usé toda mi fuerza y el libro seguía sin abrir. Le di la vuelta y en el revés encontré un agujero en forma de círculo y de inmediato pensé en las monedas que había recogido en el parque y que aún llevaba en mis bolsillos. El espacio en el libro no era muy grande, descarté dos de ellas e introduje la tercera, que era de bronce. Inmediatamente el libro comenzó a moverse bruscamente, como si estuviera vivo, cosa que me dejó aterrado y lo dejé caer al suelo. Entonces un colorido destello comenzó a salir de sus hojas ya abiertas. Finalmente la forma de una extraña criatura apareció: un par de largas piernas de humano que, luciendo una extrema delgadez, despuntaban en un tronco parecido al de una palmera de cocotero. Sus manos eran como ramales verdosos que movía a su antojo en cualquier dirección. Pero de lejos lo que más me sorprendió fueron sus múltiples caras. Tenía ocho y eran cocos: tenía cocos por cara y en cada coco tenía ojos, dos ojos grandes, verdes, que delataban maldad y de los que brotaba sin cesar un líquido. Su boca era la de un humano normal. Era un coco humano, era… ¡el Coco!

Frente a frente me miró con extrañeza. De repente sus palmas estaban en mi rostro y un frío sobrenatural me erizó la piel. Me tomó entre sus ramas y me levantó sin mediar una palabra. Luego sencillamente me dejó caer. Me estremecí adolorido y lo próximo que sentí fue una voz envejecida que maldecía mi presencia en el lugar mientras decía:

-Tú y los tuyos han profanado mi casa. Atrapados para siempre quedarán en el dominio de la selva. Nunca más volverán a cortar a uno de los míos.

No supe en ese momento a que se refería exactamente.

Me volvió a golpear en el rostro. Sangre brotaba de mis mejillas. Intenté decirle que no sabía de qué hablaba y otra vez me golpeó, ahora en las piernas. Caí de rodillas. Se repetía la escena de mi muerte, esa que en sueños había visto tantas veces. Parecía mi final.

El Coco me tomó otra vez entre sus ramas, me elevó a una gran altura y me dejó caer. Al suelo venía cayendo yo a toda velocidad cuando, de repente, ya estaba a lomos del gran pájaro blanco que había visto afuera de la cueva. Volamos para escapar y atrás de nosotros venía el extraño ser arrojándonos cocos.

El ave me llevó a un monte alto, a salvo del extraño Coco. Me dijo que me tranquilizara y que, igual que yo, ella también había quedado atrapada en el lugar; que antes de que lo convirtieran en ave él era un investigador que había venido a conocer la extraña historia de un espanto que mataba a los que, para hacerle daño a la naturaleza, invadían su territorio.

-Recuerdo bien el día en que llegué -dijo el ave. -Eran como las cuatro de la tarde. Una selva ruidosa me había recibido esa misma mañana, eco de múltiples voces animales que armonizaban una melodía que yo nunca había escuchado y en la que predominaba una especie de canto bellísimo de aves que no pude identificar, además de un aullido que extrañamente se parecía al de unos lobos hambrientos. Grillos y cascabeles de serpientes se mezclaban con el sonido de los truenos, que gritaban con toda potencia la voz del cielo en aquel día lluvioso. Yo nunca antes había estado en un lugar parecido. Noté que había disminuido el ruido de los animales con el paso del día; también la lluvia. Ahora se escuchaba con mayor fuerza la caída de agua que daba origen al río sobre el que me encontraba. Una leve sensación de temor me llevó a contemplar la idea de levantar el ancla del fondo del río a unos cinco metros de profundidad; allá en el fondo se veían peces de muchos colores. Me distraje y no subí el ancla por el ruido de un coco que al caer espantó de la orilla a una pequeña y colorida serpiente.

La selva espesa estaba tal como me la habían descrito: muchos árboles llenos de un verdor fascinante. Semejaba un bosque de esmeraldas colgantes que se mezclaban con centenares de palmeras de coco que parecían no caber en el paisaje. En esas veo venir una canoa con un solo ocupante. Me saluda y con un gesto de la mano le correspondo. Me sugiere que me vaya, que es peligroso estar en esa zona. Le digo que así lo haré, pero, por supuesto, no le hice caso, pues ya había visto pasar el día entero en ese lugar, a la espera de ver algo que desconocía. El hombre siguió su camino río abajo confiado en que yo también me alejaría de allí muy pronto. No obstante, mi curiosidad o quizá mi terquedad me impidió marcharme. No me iría sin saber qué era lo que había en este lugar. Las oscuras historias que escuchaba en la lejanía me habían traído a este mágico paraíso chocoano y no regresaría a mi ciudad sin antes averiguar hasta qué punto eran ciertas.

¿Por qué la gente había huido? Esa pregunta apuñalaba mi cabeza. Sin respuesta estaba y a esta altura de la tarde era inmensa mi curiosidad. ¿Cómo era posible que en casi nueve horas de vigilancia no hubiese podido ver eso que tanto atemorizara a los habitantes de este lugar? Ahí en la distancia solo se apreciaba la escuela vacía. Era evidente que el lugar estaba solo hace rato; las familias habían huido. Cualquiera habría dicho que tenían algo mejor que hacer en otra parte, pero la realidad es que este lugar no los quería. Ni a ellos, sus antiguos habitantes, y, según comprendo ahora, tampoco a mí.

La naturaleza había callado completamente, incluso me sorprendió ver el agua caer de la cascada sin hacer ni el más mínimo ruido. El silencio entumecía mis sentidos completamente. Solo mi piel reaccionó y fue para ponerse tal como la de las gallinas que han perdido en el vagar sus plumas. Caía la tarde y yo sin éxito ya estaba dando por terminada ese día mi expedición.

Luego un viento frío sopló de sur a norte y en esa misma dirección de repente en el río apareció otra canoa, esta vez con dos hombres a bordo. Por las hachas deduje que eran leñadores y pensé que iban a cortar árboles justo en ese paraje donde me había pasado todo el día esperando.

Me anticipé a saludar, ellos saludaron también y acto seguido les pregunté si iban a talar allí, señalando con un gesto de mi boca la selva que tenía en frente.

-No, compadrito, allí nadie corta ni una hoja porque Él no deja- contestó el más joven, mientras con su mano apuntaba a una palmera repleta de cocos. Estas palabras fueron suficientes para que el compañero de canoa le diera una palmada en la espalda que lo obligó a callarse.

Noté con eso que algo querían ocultar. Quise insistir así que volví a preguntar:

-Hombre, compadrito, y ¿cómo así que esa palmera no deja?

Esta vez respondió el otro, quien con voz entrecortada dijo:

Contaban los viejos antes
Pa’ asustá a los pequeñitos
Largas historias del coco
Un espanto maldito
Y si vos queré saber
De dónde viene el hechizo
Contarte quiero ahora
Cómo fue que eso se hizo
Y es que dios así lo quiso
Que de la tierra saliera
Fue sembrada una palmera
En una muerta criatura
Vea usted la desventura
Que contaban los viejos antes
Cuando la gente ignorante
Dañar la tierra quería
Emanando de la nada
El espanto aparecía
Diga usted que no sabía
Eso a él no le importaba
Si su cara usted miraba
Mejor que muerto se diera
Se encontró la calavera
Pa’ asustá a los pequeñitos
Ayayay mi dios bendito
Gritaban los abuelos
Si su nombre pronunciaban
Les sobrecogía miedo
Cree usted que yo quiero
Que él se aparezca ahora
Allá arriba una señora
pa’ matarlo tiene el truco
Dicen que con un bejuco.
Largas historias del coco
por eso es que poco a poco
le recomiendo se vaya
deje atrás el curioseo
párese por otra raya
tire lejo su atarraya
que pa’ morí sobra tiempo
váyase mejor contento
que con vida ya está gano
yo le recuerdo hermano
Es un espanto maldito.

Con esas palabras se despidieron los señores y yo me quedé pensativo: un espanto maldito, nacido de una palmera que fue sembrada donde habían enterrado a un niño. Me daba pavor pensar en el resto de cosas. Sin embargo no pude olvidar lo que había dicho sobre la señora que tenía el truco para matar la criatura, así que fui río arriba a buscarla. No fue difícil hallarla porque era la única mujer que había por los alrededores. Me deslumbró su belleza. No pensé encontrar a alguien así en aquel lugar. Sus ojos eran de un azul eléctrico y medroso; semejaban un mar profundo. El pelo tenía esa forma circular que tienen los árboles frondosos abultados por muchas hojas. Era negro además, así como su piel que estaba desnuda hasta el torso donde se podía ver la firmeza de sus senos que inevitablemente provocaron en mí un evidente deseo sexual, que reprimí cuando sentí mis ojos invadidos por los de ella.

Para disimular mi fascinación le pedí que por favor me contara la historia del que había nacido de una palmera y no dudó en relatarme una parte de ella: “eje epanto se llama El coco y mata a los que dañan la sevva. Dicen loj que saben que ante de volverse epanto, era un pequeño niño que sembraba el campo con su madre y que unos jeñores de ojos azules que cortaban madera y se llevaban el oro; violaron y mataron a su mamá, y dijque al jovencito lo enterraron vivo y pa’ que nadie sospechara, ahí donde dejaron al niño luego sembradon una parma e´ coco… Yo esta histodia la he contao un poco e’ veces y si quiere sabe ma’ me tiene que pagá con plata, porque de eso e que yo vivo, de contá esa histodia.

Como yo no tenía plata la señora no me quiso contar más sobre el espanto, así que, aunque ya estuviera muy oscuro, decidí regresar al pueblo. No había avanzado mucho por el camino cuando de repente el espanto se me apreció y me golpeó todo el cuerpo. Luego me sentenció a quedar atrapado para siempre en este lugar y me convirtió en esto que ves, un pájaro blanco. Así he vivido los últimos once años de mi vida.

Le dije al ave que me llevará donde la señora, que yo pagaría para que nos contara el resto de la historia. Volamos entonces hasta ese paraje de la montaña donde ella vivía y, por suerte, ella aún se encontraba allí.

Le di la moneda de plata y así pudimos escuchar el final de la historia. Según la señora, la única manera de matar al coco era logrando que un pájaro carpintero perforara la quinta cabeza del espanto y a continuación, por el agujero, debíamos verter el agua amarga que salía de un bejuco llamado Zaragoza. Sabiendo el secreto nos fuimos en busca del mentado bejuco amargo que crecía silvestre en la cascada que nutría el río. Preparamos el zumo con la savia extraída de uno de los sarmientos de la planta. Luego buscamos la ayuda del pájaro carpintero, quien accedió a colaborarnos con facilidad.

Estábamos listos.

En la cueva, sin embargo, no vimos al espanto; allí solo estaba el libro. Lo guardé sin abrir en la bolsa que cargaba. Dimos vueltas en el interior de la caverna y al ver que no aparecía el Coco comenzamos a mentar su nombre sin parar. Así, después de unos minutos, teníamos frente a nosotros a la criatura que, sin darnos tiempo de reaccionar, comenzó a agredirnos; primero al ave, lastimando una de sus alas, lo que le impidió volar muy alto. Yo intente distraer al espanto. Me puse justo frente a él y de nuevo el coco me tomó entre sus ramas, presionando mi garganta hasta dejarme casi sin respiración. Mientras tanto el carpintero picoteaba la cabeza del Coco, la quinta.

La horrible criatura se sacudía, una y otra vez, pero el carpintero no se le despegaba. El coco me soltó para tratar de espantar al pequeño pájaro. El carpintero fue a parar al suelo de un palmetazo. El coco comenzó a temblar y sacudió en círculos su cuerpo hasta hacer que del cielo inesperadamente llovieran cocos. Muchos cocos caían con rapidez y violencia, nosotros tratábamos de esquivarlos. Mi cabeza recibió varios impactos y el ave blanca otros tantos que la dejaron en el suelo casi muerta.

Desde el suelo, alcancé a sacar, del bolsillo de mi tula, el frasco que contenía el zumo del bejuco. El coco alcanzó a ver lo que tenía dentro. Me levanté y el espanto vino hasta mí para golpearme con su ramaje. Ya no podía incorporarme. Risas macabras salían de su boca, luego alzó su voz para decirme un secreto que yo desconocía.

-Sabía bien que volverías, la naturaleza nunca se equivoca y hoy te volvió a traer hasta mí.

No sé a qué se refería. Pero volvió a hablar para explicármelo

-Abre el libro que llevas en tu bolsa- volvió a decir mientras con uno de sus ramales castigaba la unión del carpintero a nuestro equipo.

Sin tardanza abrí el libro. Gran sorpresa me llevé cuando vi que en la primera página había una foto envejecida que parecía ser mía. Sin embargo estoy seguro de que no era yo. No podía serlo. Al pie de la foto estaba escrita una maldición y el nombre… el nombre de mi tatarabuelo: “maldito serás tú y los tuyos por dañar la tierra. Malditos los que siembran niños y se llevan el oro. Morirán como mataron. Malditos ustedes los ojos azules”.

Ahí comprendí por qué soñaba lo que soñaba. Mis familiares nunca me contaron sobre el origen de nuestra riqueza. Al aparecer querían dejar todo atrás, en el olvido.

Sin la oportunidad de defenderme de la historia escrita, el coco volvió al ataque, esta vez lastimando mis piernas. Por suerte, el ave blanca acudió en mi ayuda y a picotazos rechazaba los ramales del coco. Mientras tanto el carpintero lograba llegar hasta la quinta cabeza y martillaba ahora con más fuerza… la gran ave blanca se sumó también a esa tarea. Eran dos picos contra la quinta cabeza del Coco, abriendo en ella una cavidad. El espanto se sacudió, esta vez con mayor violencia. Un ramal logró impactar nuevamente a las dos aves que al suelo fueron a dar.

El coco también cayó al suelo, justo a mis pies, adolorido y picoteado. El agua comenzó a brotar de la cabeza del Coco, agua que mojó al ave blanca y la convirtió otra vez en un ser humano normal. Esa era mi oportunidad. Abrí el pequeño frasco y dejé correr el zumo de Zaragoza en el interior de la cabeza del Coco, que comenzó a retorcerse, hasta que se quedó inmóvil, derrotado. De repente su forma de palmera comenzó a desaparecer y, en un instante, se hizo más y más pequeño, con forma circular. Ahora ya no tenía nada de humano. Era solo un coco. Un simple coco al que le habíamos metido el agua. Lo tomé en mis manos y lo metí a la bolsa en la que cargaba el libro.

Ahora estamos aquí, escribiendo unas nuevas páginas que esperamos cambien la historia que nosotros, los ojos azules, dañamos. Páginas que sellaremos con la última moneda. La de oro, porque por oro comenzó esto y con oro terminará.