Renacimientos

  • Yaír André Cuenú Mosquera Universidad del Valle

Resumen

La primera vez nací muerta en el vientre muerto de una negra recién muerta. A mi madre se la llevaron a mar abierto, atravesando la bocana y esperando a que la marea estuviera alta y sus aguas enervadas para que no quedara rastro, como si las espumosas huellas del mar se pudieran borrar. Allá, en una tarde que en principio fue soleada, le dijeron que era una bruja maldita y que por ella, por su culpa, los peces se estaban muriendo y las familias estaban pasando hambre. Aunque el mar estuviera lleno de aceite, mi madre era la adivinadora del pueblo y pasó de ser la señora a quien se consultaba para saber con quién se acostaban los maridos de las señoras, a convertirse en la que se acostaba con todos, según aquellas. Quedó sentenciada por el rumor, el más efectivo de los verdugos. Una madrugada, poco tiempo después de aislarnos por completo y prácticamente condenarnos a morir de hambre, se metieron a nuestra casa y llenaron de sal el altar donde mi madre honraba a Obbatalá, mi Padre, los vecinos empezaron un incendio que dejó a mi madre con los pies enterrados en el barro frente a la casa, viendo cómo las llamas lo consumían todo mientras la gente murmuraba cuán merecido se lo tenía. Mi madre cargaba entonces conmigo en su hinchado vientre.

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Biografía del Autor

Yaír André Cuenú Mosquera, Universidad del Valle

Nacido en Manuela Beltrán Cali, 1988. Formado en Licenciatura en Literatura - Universidad del Valle. Ha publicado Renacimientos – Maletín de relatos pacíficos 2017; Guillermina y candelario, símbolos de resistencia cultural – Yenyeré 2012; Petronio y mainstream formalizaron su casamiento – Revista Pasá la voz. 2011.

Publicado
2018-09-25
Como citar
CUENÚ MOSQUERA, Yaír André. Renacimientos. Poligramas, [S.l.], n. 46, sep. 2018. ISSN 2590-9207. Disponible en: <http://poligramas.univalle.edu.co/index.php/poligramas/article/view/7022>. Fecha de acceso: 21 mar. 2019 doi: https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i46.7022.
Sección
Hojarascas

Renacimientos

I

La primera vez nací muerta en el vientre muerto de una negra recién muerta. A mi madre se la llevaron a mar abierto, atravesando la bocana y esperando a que la marea estuviera alta y sus aguas enervadas para que no quedara rastro, como si las espumosas huellas del mar se pudieran borrar. Allá, en una tarde que en principio fue soleada, le dijeron que era una bruja maldita y que por ella, por su culpa, los peces se estaban muriendo y las familias estaban pasando hambre. Aunque el mar estuviera lleno de aceite, mi madre era la adivinadora del pueblo y pasó de ser la señora a quien se consultaba para saber con quién se acostaban los maridos de las señoras, a convertirse en la que se acostaba con todos, según aquellas. Quedó sentenciada por el rumor, el más efectivo de los verdugos. Una madrugada, poco tiempo después de aislarnos por completo y prácticamente condenarnos a morir de hambre, se metieron a nuestra casa y llenaron de sal el altar donde mi madre honraba a Obbatalá, mi Padre, los vecinos empezaron un incendio que dejó a mi madre con los pies enterrados en el barro frente a la casa, viendo cómo las llamas lo consumían todo mientras la gente murmuraba cuán merecido se lo tenía. Mi madre cargaba entonces conmigo en su hinchado vientre.

La amarraron y entre escupitajos y cientos de insultos la condenaron al destierro, a morir en altamar. Dos tipejos la arrojaron a una lancha. Los curiosos ojos de los niños del lugar eran reprimidos con regaños. Mientras nos arrastraban hacia el muelle, se oían los portazos y las ventanas que se cerraban. En mar abierto los “muy justos” le ofrecieron a mi madre un último deseo; ella pidió que la dejaran verme nacer. Creyeron que sería brujería y, antes de que musitara palabra alguna, le cortaron la cabeza con un machete mogoso que habían tomado de nuestra casa, más machetazos, “¡Dale impares que así se mata una bruja!”, gritaban. Antes de tirar el cuerpo al mar, me sacaron de una patada de su vientre; yo ya estaba muerta. La tarde se oscureció. El cielo lluvioso parecía caerse sobre las aguas indómitas, la lancha se partió en pedazos y todo en ella se hundió. Era mi padre, Él había destinado para mí una vida. El mar pacífico repartió los pedazos de mi nonato cuerpo hasta donde sus olas llegan. Parte de mis bracitos se los tragaron los peces, mis pequeños pies quedaron dispersos en los corales y mi cabeza fue a dar a una playa cerca de la isla de la diosa de Siete Cabezas; en la orilla se la repartieron los cangrejos, las hormigas y hasta un enorme pelicano que vino a llevarse un ojo. Todos los pelos que tenía mi cuerpo se lo tragó la tierra y se abrazaron a las raíces de los árboles que crecían. Ahora soy todo, mi espíritu es naturaleza y cada día nazco, viva.

II

Vivían al borde de la orilla del mar en casuchas construidas con madera y amarras visibles en cada esquina. No tenían demasiado, sí lo suficiente. Corrió el rumor de que vendrían unos hombres en barcos a arrojar aceite, lo habían hecho en otras partes y el peligro era inminente. Ante esto, la gente había decidido consultar a la bruja sobre el destino. Tiempo atrás, cuando todo el que llegaba se acomodaba por ahí, amaneció en el montecito camino a la selva una casucha que nadie había visto antes. Era bastante alejado de la mayoría de las casas y solo pasaban por ahí los hombres cuando iban a cazar a la selva. Una misteriosa mezcla de atracción y temor rodeaba aquella casa y una pequeña cruz de madera enterrada al frente, con muñeca negra en la mitad, terminaba por ahuyentar a la gente de ahí. Aunque unos viejos decían que había salido del mar una madrugada, nadie lo sabía con certeza.

A los pocos días, mientras jugaban todos en la playa se abrió ante la gente la puerta de aquella casucha por primera vez. Era una bella mujer negra con viejas ropas visiblemente humedecidas y un abultado cabello prieto cargado de agua. Se acercó a la mitad de la playa, en tanto la veían se quedaba petrificados, las mujeres tapaban los ojos de los niños y de los hombres las bocas. Ella avisó a gritos: “¡Éntrense, que viene una ola que va tapar todo!”. Dicho esto, se regresó a la casucha. Miedo y creencias los llevaron a encerrarse en sus casas. Horas después las casuchas eran nidos de oraciones que recibían el embiste de una gigantesca ola. Desde entonces empezaron a consultarla.

Cuando pudieron salir nuevamente le llevaron pescados y frutas pero el miedo no les permitió pasar de la puerta de la casa en el montecito, dejaban los obsequios en la entrada cual ofrendas en altar y se marchaban. Entonces un viejo quien tenía fama de no temer a nadie, se atrevió a preguntarle cómo sabía que vendría esa gigantesca ola, ella, como una inocente niña, le contó que era hija de un dios y que su madre había sido despedazada en el mar abierto. Eso bastó para que se esparciera el rumor de que era una bruja y que más valía guardar cierta distancia. Sintió tristeza. No podía mentir y su verdad atemorizaba a las personas. Pese a ello sus advertencias no cesaron. Las personas querían cada vez más de lo que les rodeaba y lo cuidaban menos. No bastaba con pescar lo suficiente sino que era necesario que sobrara un poco, no servían un par de butacos sino que había que tener madera en casa así se pudriera. Un día bajó de nuevo a la playa cuando estaban todos reunidos y les gritó: “¡Están abusando de todo, no corten más de lo que necesitan, no pesquen de más, hasta cazan solo por cazar!” Las mujeres, en vez de hacer caso como la primera vez, la abuchearon y se fueron a increparla pues estaban convencidas de que ella correspondía al deseo de sus maridos. Sin tener qué arrojarle, agarraban a los pequeños cangrejos y los lazaban a su puerta, una lluvia de crustáceos cayó sobre su casa.

En eso estaban cuando una gigantesca embarcación se asomó en el horizonte. Cuando la nave llegó a la orilla, unos hombres desembarcaron y con sus armas empezaron a asesinar a todos los que tuvieron a su alcance. Los invasores no tuvieron piedad y, tras saquear las viviendas, las quemaron, y con éstas al poco bosque que quedaba. De los manglares salía una humareda y los invasores cortaban los árboles que aún se mantenían. Solo les quedaba por asaltar la casa en el montecito. Cuando llegaron algunos retrocedieron visiblemente asustados, pero uno que tenía una cicatriz en la frente derribó la puerta de una patada. La mujer salió, totalmente desnuda y con los ojos en blanco. Varios hombres se abalanzaron sobre ella, deseosos de saciar sus apetitos. Sin embargo, en ese instante los cangrejos que estaban tirados en la puerta se dieron vuelta y crecieron hasta alcanzar el tamaño de un hombre. Ella levantaba las manos apuntando al cielo, mientras las cabezas de los invasores rodaban por el suelo despedazadas por la presión de las tenazas de esas criaturas, al tiempo llegó un ejército de perros cangrejeros que rodeó a los hombres. Todos los que intentaron huir sucumbieron en las fauces de estos animales fabulosos.

El aceite que traía la embarcación se derramó en las aguas ennegreciéndolas. Los pocos vecinos que habían escapado veían desde sus escondites cómo la mujer atravesaba el montón de cabezas junto a cangrejos de proporciones humanas y un grupo de perros furiosos. La vieron llegar al mar y convertirse en un pez de su propio tamaño de mujer en el instante en que tocó las aguas negras. Entonces se sumergió y empezó a tragar la negrura de la orilla. La mujerpez veía los peces muertos flotar y tragaba con mayor velocidad, casi con desespero. Su estómago se inflaba y ennegrecía. En tanto tragaba la negrura de las aguas, mayor era el tamaño de su panza. A punto de estallar terminó de tragar todo el aceite del mar y las aguas quedaron cristalinas. Arrastró su hinchado cuerpo de pez hacia la orilla nuevamente y, en el instante en que salió del agua, empezó a retomar la figura humana. La mancha de negra de su hinchada panza se repartía por todo su cuerpo al tiempo que se desinflaba. Ella quedó negrísima y su piel brillante. Los escondidos abandonaron sus refugios lentamente y, lejos de agradecer por lo que había hecho, la culparon de todos los males y estaban prestos a iniciar una violenta arremetida cuando ella emprendió la huida hacia el que fuera un frondoso bosque. Aunque sedientos de sangre destruyeron lo poco que había, la perdieron de vista. Dicen a quienes cortan o pescan de más pesca, se les aparece esta mujer multiforme.

A Chico Pérez llegó una mujer negra alquitrán que acaba de salir del Océano Pacífico. Fueron los niños, encabezados por la pequeña Julia, una niña que era como la hija de todos pues la conocieron cuando oyeron su llanto a la orilla del mar y la recogieron, creció entre todos y era voz del grupo de niños quienes dijeron haber visto salir a la mujer negra alquitrán del mar. Venía desnuda y con el pelo chamuscado. La mujer les preguntó por el hombre más viejo de Chico Pérez. Los niños, sin temor alguno, la llevaron a la casa de éste, quien sí se asustó mucho al verla y gritó: “¡La tunda! ¡eja é la tunda!”. Ante sus gritos ahora sí que los niños salieron despavoridos, el hombre más viejo se desmayó. La mujer se metió rápidamente a la casa de éste y se encerró. Como pudieron recogieron al viejo y lo llevaron a una casa vecina. Allá el hombre despertó muy asustado, diciendo que no esperaba ver a ese espanto a la edad que tenía. Que la había visto cuando estaba pequeño, que debía de ser el espanto de la mujer que los viejos habían matado en el mar, que era igualita. Contó lo que había vivido, nunca había conseguido olvidar ese rostro. El Riviel, la Tunda, la mismísima Madredeagua, la Madremonte. El viejo tomaba agua temblando. “¡Ay, bendito!”

- “Yo ni creía que fuera a contá ejto pero ej cierto, ¡ay mi dioj! ¡Mi agüelo siempre dijo la purita verdá! ¡Yo vi pasá la mamá é la tunda con ella, yo ejtaba chiquito! Y me arrecuerdo que la llevaban pa’l mar, yo cerré loj ojoj y no vi má”.

Todos estaban muy atemorizados y le preguntaron qué podían hacer. Él recordaba que su abuelo le había contado que si algún día aparecía una mujer como ella, tenían que traer al primer niño que la hubiera visto para que le pidiera que se fuera, que a ella le gustaba jugar con los niños y les hacía caso. Entonces preguntaron quién había sido el primero en verla y los niños dijeron que había sido Julia. El viejo le pidió a la niña que se acercara. “Mija, ujté tiene que í a hablá”, le dijo. Julia, sin miedo, fue y se plantó frente a la entrada de la casa donde estaba la mujer. Apenas se abrió la puerta la niña entró. Todo Chico Pérez estaba expectante. Luego de unos minutos salieron las dos de la casa y Julia la traía del brazo.

Fue un día inolvidable en Chico Pérez. Hicieron un partido con un balón de trapos una contra una. En un lado Julia y en el otro la mujer. Cuando empezó el juego los únicos espectadores eran los niños, que ya no tenían miedo. Gritaban y aplaudían las jugadas de ambas. Julia gambeteaba a la bruja, quien sonreía por primera vez. Poco a poco, los mayores se fueron acercando. La niña era un prodigio, gambeteaba y marcaba goles. La bruja no se quedaba atrás, aprovechaba su estatura para proteger el balón. Y jugaron así durante todo el día hasta que oscureció. Las gentes encendieron velas para iluminar un poco el lodazal y, sin darse cuenta, llegó un momento en que la penumbra fue tan profunda que parecía que Julia tan solo jugaba con su propia sombra. No se veía nada pero se oía el balón correr y los pies que lo golpeaban. Tras un grito de gol que se elevó cerca de la medianoche, cayó un torrencial aguacero, el cielo lluvioso parecía caerse sobre las aguas indómitas como hace mucho no pasaba allí. Todos corrieron a refugiarse en sus casas.

A la mañana siguiente, el brillo del sol dejaba ver un verde césped en la cancha y los otrora secos árboles estaban llenos de flores y sus hojas rebosantes de vitalidad. Cantaban pájaros que tan solo el más viejo del lugar había oído en su niñez y el mar estaba tan limpio como recién lo acabara de hacer el dios. Pero lo que más llamó la atención de todos, fue una bella muñeca negra que estaba atada a una cruz de madera que había sido enterrada en mitad de la cancha. El más viejo se acercó y, antes de tomarla, murmuró algunas palabras en una lengua desconocida para todos. Luego pidió que llamaran a Julia, la niña aún dormía en su casa. Cuando la trajeron traía su cabello prieto alborotado y las marcas de la cobija en su rostro, lo que provocó algunas risitas de los niños. El más viejo se arrodilló ante ella y pidió a todos que hicieran silencio. Julia contó que cuando empezó a llover tan duro aquella mujer le había dicho: “terminó mi tiempo, niña”. Y mientras todos corrían hacia sus casas, la mujer en cambio se había dirigió hacia el mar. Todos miraron al viejo, quien dijo: “ejte ej ju destino, Julia. No puedo pasá laj páginaj de una vira que no ha viviro”. Y dicho esto, le entregó la muñeca diciendo: “tome, ejo ej pa’ usté. Argún día usted va’ntendé qué hacé con ella”. Luego se puso de pie y gritó: “¡Ashé pa ti, ashé pa mí, ashé pa todos!” y ´desató un llanto.

El más viejo del lugar les dijo que habían sido perdonados por los dioses, que ya los habían liberado de la condena por lo que habían hecho y que ahora debían cuidar de todo como si fuera tarea divina. La gente se puso tan contenta que todos decidieron pintar las casas, recoger las basuras, volver a sembrar en sus patios; Julia se llevó la muñeca a casa y regresó con el balón. Chicos y grandes invadieron la cancha y la algarabía no se hizo esperar, se pasaron la hermandad untados de barro y la dicha arribó vestida de uno y otro gol.

III

- ¡Quedé, quedé en la Univalle!

-Estoy muy orguiosa de usté mija. Eje e’l sueño que toro nojótro siempre tuvimo’ pa’ usté que e’ taan inteligente. Que Obbatalá me la bendiga y la guarde ¿oyó?

-Bendición, mamita.

-Ashé, mami, que me ra proteja er dueño e ra vira.

Llegó a Cali. De esta ciudad siempre escuchó que era la capital del Pacífico colombiano. Que encontraría una mezcolanza entre las distintas costas de la región, pero que, curiosamente, era una ciudad sin costa. Eligió estudiar Ingeniería Ambiental. Desde el principio se interesó por comprender los procesos comunitarios negros, como el suyo. Una joven delgada, con atlético cuerpo y una anécdota que le encantaba contar: “Cuando yo estaba pequeña jugué fútbol con una bruja”. A algunos les parecía una graciosa anécdota de “la negrita” y a otros pura imaginación campesina. Como quien vienen de adentro del litoral Pacífico, en Cali fue a templar al Distrito de Aguablanca, en una habitación que le alquiló una amable familia que tristemente había perdido a su hija en un accidente. “Te pareces tanto a mi Maga”, le dijo la señora dueña de aquella casa cuando aceptó arrendarle.

Y así fue como aprendió a conocer Marroquín, Manuela Beltrán, Bonilla, los Mangos, toda la Comuna 14, la 13, la 15, la 21… después con los compañeros de la universidad se metió a Siloé, a la Estrella, la Nave. Combinaba sus estudios en ingeniería ambiental con un fuerte activismo social. Era una mujer muy impetuosa y segura de sí misma y, aunque le dolían tantos males como veía, nunca agachaba la cabeza. Al llegar a casa, en su habitación le contaba a su diario que se había visto obligada a enfrentarse con un grupo de negros en la Universidad, quienes la habían tildado de negra falsa solo porque estaba enseñándoles a unas chicas blancas a cultivar unas plantas que se daban en su tierra.

A veces, cuando se quedaba dormida, sentía que alguien se sentaba a su lado en la cama y acariciaba su rostro. Al principio sentía mucho miedo y luego empezaba a imaginar si podía ser la bruja con la que había jugado fútbol o si era la chica que vivía en la habitación, de quien había visto algunas fotografías en las que aparecía sonriente. Decidió escribir otra de sus cartas que eran leídas en la mitad de la cancha a la luz de las velas, con todo el pueblo reunido para escuchar a su hija que ahora estaba en la ciudad.

Empezó por contarle que Cali era calurosa y la gente caliente. Que eran amables y racistas; le decía que era una ciudad mojigata; que un día podía abrirte las manos y darte un abrazo y, al siguiente, con esas manos querer asfixiarte. Le contaría que la muchacha de la habitación se le había aparecido en un sueño, que al principio pensó que era una pesadilla pero en un momento ella le agradeció por hacer lo que hacía, y al despertar se sintió tranquila, en paz; que no había querido decirle a la dueña de la casa porque sentía que podría ponerse triste. Que había hecho campañas de limpieza en la comuna y estaba confeccionando muñecas negras como la suya junto a algunas mujeres del barrio; le contó que las estaba dejando ancladas a crucecitas en los parques como sorpresa y las niñas las encontraban cuando retiraban la maleza de las canchas. Que era feliz al ver el barrio lleno de muñecas negras. Claro, también le dijo que algunas señoras habían dicho que eso era cosa del diablo, y que había visto algunas muñecas tiradas en la basura, y que quemaron una frente a su propia casa; diría en su carta que además varios tipos se habían enojado y le habían enviado panfletos amenazantes. Que ella no tenía miedo de los pandilleros y que lo que le fueran a hacer que lo hicieran. Que algunos muchachos la cortejaban y ninguno había logrado ganar su corazón, pero que le gustaría salir con alguien. Que nadie le creía que hubiera jugado fútbol con una bruja, nadie menos un muchacho que gustaba de oír sus historias y le dijo un día que escribiría sobre ella.

También esperaba que la abuela de todos, mujer del hombre más viejo, y la única que sabía leer y escribir, le contara cómo estaban. Le dijera si finalmente los niños habían seguido cuidando el bosque. Que ella había aprendido mucho y pronto les enseñaría. Que les dijera a todos que los extrañaba mucho; no había podido ir porque le había hecho una promesa al hombre más viejo, que le daban ganas y quería salir de inmediato pero tenía que cumplir su palabra; que estaba contenta en Cali, sobretodo porque sabía que algún día podría regresar a su tierra y enseñarles. A la vuelta de su carta recibió una que contaba de la reciente muerte del hombre más viejo. Decía la carta además, que él siempre hablaba de lo feliz que la hacía saber que estaba cumpliendo su sueño, que había fallecido con la paz de los años.

Se rumoraba con la promesa que le había hecho más viejo del pueblo antes de irse a Cali pero nadie sabía qué era exactamente, pues ese día ella y él se encerraron. “Lo que te rijo la Tunda e’ que te va’ morí viniendo ‘e Cali, polque muerte llama muerte. Julia, usté nació con la luna d’ella, la muerte e’ la dueña e’ su vida. No le cuente a narie porque viene ma’ rápiro. ¡Ella va’ llamá, Julia, no vengá a Chico Pére’! ¡No vayá vení, Julia!”, le había dicho el más viejo. Pero su sentimiento pudo más que su propio deseo de ser fiel a su palabra, a sabiendas del riesgo que representaba no cumplir la promesa. El fin de semana después de recibir la carta empacó maletas y, desoyendo las advertencias de la dueña de la casa, que decía tener malos presentimientos, se enfiló para su pueblo con la clara intención de ver a los suyos y acompañarlos al sepelio.

Llegó a la terminal de transportes y tras esperar por largo rato emprendió un viaje en el que nunca se sintió tranquila. Al descender del vehículo, cerca al muelle, se acercaron dos tipejos por la espalda y le apuntaron con un arma diciéndole que siguiera como iba, que qué creía esta perra ¿que nunca la atraparíamos o qué? Que de cualquier manera ya le había llegado su hora y que el que se mete con nosotros ya sabe cómo es la vuelta, y que te dijimos pero te hiciste la maricona. Que al patrón no le gustaban las brujas, y que la hijueputa maricadita con las muñecas y las cruces se le había acabado. Que si por ellos fuera, hace rato le habrían pegado un tiro y suerte, pero que el patrón había dicho que a las brujas había que darles machete y tirarlas a mar abierto, y que ya no se hiciera la marica que sabes que te vamos a cortar esa puta cabeza. Que siguiera tranquila, mami, sin hacer ruido. Ella no tuvo miedo, sentía una fuerza que se apodera de su cuerpo y lo hacía arder.

La montaron en una lancha y se fueron con ella. La perversión inundó su cabeza. Vos estás muy rica pa’ pelarte así como así, caminá te mostramos lo que rico de la vida pa’ que no te vayás sin probar. Desviaron el camino y llegaron a una playa sucia horas después. La ataron a un árbol y la violaron tantas veces como pudieron. La sangre que brotaba de su cuerpo fue absorbida rápidamente por la arena. Sin poder sentir su propio cuerpo ya, vio aparecer a la bruja con la que jugara alguna vez frente a ella, ésta le puso la muñeca en su vientre y éste empezó a hincharse. Los tipejos se asustaron con ese vientre que se ennegrecía e inflaba, y la montaron a la lancha. Seguía hinchándose. Aceleraron para llegar a mar abierto. Sintieron que no alcanzaban y decidieron cortarle la cabeza con tres machetazos mogosos. Entonces el mar se hizo remolinos y se tragó la lancha y con ella a los tipejos. El vientre negro se reventó y ennegreció las aguas. Yo estaba muerta, como la primera vez, nacida en el vientre muerto de una negra recién muerta