3. Cali: Reinventar la ciudad


Cali: Reinvent the city

 

William Ospina

 

 

Recibido: 30 de julio 2012. Aprobado: 20 de Agosto de 2012

 

Resumen

Este ensayo con matices autobiográficos recoge el periplo del viajero por Cali, ciudad narrada con la afectuosa poética de quien se maravilla por lo observado y que al mismo tiempo asoma la cabeza entre los escombros de una ciudad que ha cambiado, para ver el enclave con lo histórico, con lo soñado, con lo que debe ser una ciudad acogedora, amable, hermosa.

Palabras clave: Cali; ciudad; culturas.

 

Abstract

This essay reflects the nuances autobiographical journey the traveler by Cali, city told with affectionate poetic wonder who is observed and at the same time pokes his head in the rubble of a city that has changed the location to see what historical, with the dream, which should be a cozy, friendly, beautiful city.

 

Keywords: Cali; City; cultures.

 

 

Cali fue en otro tiempo no sé si la ciudad más hermosa, pero la ciudad más amable de Colombia, y todavía estaría en condiciones de serlo.

Yo tuve el privilegio de llegar a Cali, huyendo con mi familia de la violencia del  centro del país, a comienzos de los años sesenta. En ese entonces no nos llamaban desplazados, pero lo éramos. Veníamos de otras bellezas geográficas, más melancólicas, de los abismos de Letras y sus paisajes  desdibujados  por  la bruma, de las campanas entre los pinos de tierra  fría  y  la música campesina llenando unos cafés a donde entraban los hombres a caballo.

Fue para mí desembarcar en la otra cara de la Luna llegar a una ciudad de ceibas y samanes, de palmeras y sol incansable, de atardeceres largos y rojos en los que a cierta hora

la brisa empezaba a cerrar sonoramente las puertas, donde había muchachos negros de grandes sonrisas vendiendo mangos  y  chontaduros  en  las  esquinas,  donde  abundaba  una  belleza complacida  consigo  misma,  que  no  ocultaba su cuerpo, donde todos los
seres  tenían ritmo y donde el baile ponía en acción el cuerpo desde bien
temprano.

Cali era un mundo lleno de colores, donde se sentía la diversidad de las razas y de las tradiciones. Para mí fue también pasar de la vida casi rural a la vida urbana, donde la radio efundía fabulosos terrores, llegar a la espaciosa y golosa penumbra de los cines matinales, ver desde las  terrazas  de  Guayaquil, cerca de mi colegio de franciscanos, la progresión de los barrios hacia el horizonte de la llanura, sentir los desmesurados basurales de la galería, vivir los largos recorridos en bus por los barrios que nunca terminan y los paseos de domingo que congregaban a centenares de personas a orillas de los ríos más frescos del mundo, bajo árboles enormes, oyendo en la lejanía casetas llenas de mambos y pachangas, de los merengues traviesos de Pacho Galán y de los porros contagiosos de Lucho Bermúdez.

Desde los humildes negocios de barrio donde mi hermano Jorge y yo devoramos toda la mitología de las historietas de los años sesenta, hasta los largos campos de fútbol a donde iban en excursión los colegios a celebrar  sus campeonatos, desde las piscinas de baldosas ardientes hasta las ventas de hojuelas y de algodón rosado en las ferias de diciembre, Cali estaba infinitamente viva, y un laberinto de ruedas de Chicago, circos pobres y túneles del terror nos marcaron la vida para siempre.

Por eso en cuanto pude volví a Cali, a acabar de educar el corazón en las fiestas de la amistad y en los banquetes de la inteligencia de los años setenta.

Una ciudad puede ser asunto de leyes y de presupuestos, de planeación y de fiscalización, pero es en primer lugar un asunto de vida y de convivencia, de felicidad y de belleza. Lo primero que quiero decir es que nunca he conocido una ciudad tan propicia para la vida y para la amistad, para la creación y para la celebración, y que tiene que haber sido un gran extravío lo que hizo que Cali perdiera por un tiempo su norte y su espíritu, y se convirtiera en una ciudad peligrosa y sórdida, maltratada y desesperanzada. Los dos momentos magníficos de la ciudad que me fue dado vivir correspondieron a dos esfuerzos conscientes y enormes de la dirigencia y de la ciudadanía.

La Cali de 1962 acababa de salir de la catástrofe de los años cincuenta, que arrasó con una parte considerable de su estructura urbana. Yo llegué a vivir sin saberlo precisamente cerca de la zona que había sido destruida por la explosión seis años atrás.  En  la  calle  26  con  18,  en el barrio Saavedra Galindo, nació mi vida caleña,  cerca de las paralelas  del  ferrocarril,  y no recuerdo haber
sentido  la huella de aquella calamidad tan reciente. Había pobreza, pero
la  única  violencia  que  me  fue  dado  vivir fue la vaga leyenda del
“monstruo  de  los  mangones”,  que  por entonces era no solo un rastro de
cadáveres exangües de niños abandonados en los pastizales sino también un
recurso de los padres para controlar mejor a sus hijos.

Mi segunda llegada a Cali fue diez años después, en 1972, y la ciudad
acababa  de  vivir su rediseño con motivo de los Juegos Panamericanos del 71.

Las mejores ciudades del mundo son aquellas por las que se puede caminar.
Las ciudades pierden su rumbo cuando se convierten en tierra de nadie, cuando  se  diseñan  más  para  los carros que para la gente, más para el
poder que para el disfrute, más para la competencia que para la
convivencia.

Era posible recorrer sin sobresaltos las orillas del río desde la Clínica de los Remedios hasta Santa Rita, caminar por la avenida Sexta desde el Paseo Bolívar hasta el Drive-in de la Campiña, caminar por el parque del Acueducto y por el Cerro de los Cristales.

Era balsámico recorrer Juanambú y Santa Mónica, entre el aroma de las camias, San Antonio y San Fernando, Alameda y la calle Quinta, Junín y
Santa  Helena.  Después,  una  visión  absurda cambió la prioridad de los
peatones  por  la de los vehículos, y el paseo por las orillas del río, y
muchos otros recorridos posibles, se convirtieron casi en pesadillas.

Si  algo  hizo a Cali tan grata en otros tiempos fue la conciencia de sus
dirigentes  del  escenario privilegiado que la ciudad ocupaba. Ello exige
de  los  urbanistas  conocimiento  de  la ciudad, de su topografía, de su
clima,  de  sus  especies  vegetales,  de  su historia, de su composición
humana y de sus tradiciones.

Cali siempre tuvo capacidad de brindarse, de no hacer sentir ajenos a los
paseantes.

Cuando  llegué,  a los 17 años, solía recorrer la ciudad con avidez y con
deleite,  y nunca nada ni nadie le obstaculizó a ese muchacho provinciano
el  disfrute  de  las  calles  ardientes  del  centro,  de las lluvias de
guayacanes  de la avenida Sexta, del bullicio de las chicharras por Santa
Mónica,  de  la  fresca  sombra de las ramas del caucho junto al Museo la
Tertulia,  de  los prados sombreados de bambúes por la orilla del río, de
las  frescuras del río en Santa Rita, de las cáscaras de cigarras todavía
adheridas  a  los  árboles  en  el parque del Acueducto, de la gran ceiba
deshojada  subiendo a los Cristales (que ciertos días del año se llena de
pomos  de  miel que muerden los murciélagos y arroja en algodón al viento
sus  semillas),  de  la  torre  Mudéjar,  de  la  colina pensativa de San
Antonio, de la Ceiba madre de la 44, de las piedras y los espejos de agua
de Pance.

Estoy seguro de que eso no correspondía a la política de nadie, a las
intenciones de nadie, sino al espíritu espontáneo de la ciudad, y yo pude
apropiarme  de  esos  espacios  y  amarlos  como una posesión que me daba
alegría y sosiego.

De  esa  hospitalidad  nacen todos los bienes, la paz y las canciones, la
convivencia y la prosperidad, y en cambio cuando los espacios públicos se
entorpecen  o se privatizan, empezamos a vivir la ciudad como sin derecho
a  ella,  empezamos,  los visitantes y también los habitantes, a sentirla
como  algo ajeno, como algo hostil, y de allí solo faltan unos pasos para
llegar al peligro y a la amenaza.

Qué  bueno  sería  que la gente pobre accediera al umbral de la dignidad,
desde  donde  es  ya  posible  emprender  la lucha por la superación; que
escapara del estadio paralizador donde nada es posible; y qué bueno sería
que  también la gente rica accediera a ese otro umbral de la dignidad que
es el sentido de responsabilidad social, sentirse parte del mundo del que
derivan su riqueza y su bienestar.

Depende  de  todos  nosotros,  pero  en  primer  lugar  de quienes más se
benefician  del  esplendor  de nuestro mundo, y de quienes han asumido la
responsabilidad   política   de  administrarlo,  superar  este  dramático
contraste  entre  el  todo y la nada, entre la opulencia y la postración,
entre el hartazgo de los satisfechos y la penuria de los que ven amanecer
con angustia y con miedo.

Colombia  lleva  demasiado  tiempo  comprobando  que  de este crecimiento
caótico,  no  dirigido por ninguna intención civilizatoria, solo brota un
mundo primitivo y violento, donde todo tiene que resolverse por la vía de
la  arbitrariedad o del resentimiento. La construcción de un mundo humano
no  se  puede  dejar  a  la  inercia  de los egoísmos particulares: exige
voluntad, disciplina, generosidad, ética, sana filosofía y sana política.

Así aprenderemos a hablar no solo del derecho a la vida, del derecho a la
salud,  de  la  dignidad de cada quien, sino del derecho a la ciudad, del
derecho a la recreación, del derecho a la belleza.

Las administraciones deben tener  proyectos a corto y a largo plazos,
compartirlos  con  la comunidad, convertirlos en procesos y en dinámicas.
Sin  descuidar  las responsabilidades del presente, hay que tener sueños,
sueños  arquitectónicos, sueños urbanísticos, sueños comunitarios, sueños
culturales.  Cuando los sueños son pertinentes, tarde o temprano aparecen
los recursos.

Hoy,  cuando  se  habla tanto de seguridad, hay que recordar que la mayor
seguridad  es  poder  confiar  en  los  vecinos, es sentirnos rodeados de
personas que tienen lo indispensable, de personas que han sido tenidas en
cuenta  en el diseño de la ciudad: nada es más peligroso que lo que dejan
por fuera los mil torpes mecanismos de la exclusión.

Y  es  apenas  justo  que todo lo que excluimos se vuelva peligroso: bien
dicen  los sabios que el destino castiga más duramente la negligencia que
la maldad.

La  ciudad  no  solo  está en la ciudad: vivir en el espacio urbano exige
conciencia  del  mundo.  Y ahora más que nunca. ¿Cuántas personas en Cali
saben  que  la  provisión  y  la  pureza  del agua que sale de sus grifos
depende,  por  ejemplo, de la protección de los Farallones, del control a
la  tala  de bosques y a la contaminación en la cuenca del río Pichindé y
en  Felidia,  de  darles  una  correcta  solución a los invasores de esas
cuencas, arrojados allí por la necesidad o por otras razones?

No  puede  haber  una  mejor  ciudadanía  sin  una  adecuada  información
ambiental  y  sin  una educación que vaya más allá de la información, que
sensibilice, que nos haga sentir parte de la región, parte del planeta.

Más  allá  de su tejido urbano, de su sistema de fábricas y comercios, de
su  tejido  residencial  y recreativo, de sus sistemas de transporte y de
comunicación,  la  ciudad  es  también  un  organismo invisible, hecho de
memoria y leyendas, de mitos y de imaginaciones, de símbolos y de música.

Y  esa  mitología  de  la  ciudad a veces llega a ser más visible para el
mundo que la ciudad física sobre la que esos símbolos reposan.

Cali  es una ciudad donde se fusionan muchas realidades: hay que permitir
que  dialoguen  a  través  de  todos los lenguajes. Cali es un diálogo de
negros  y  blancos,  de  inmigrantes  de  todo  el país, un diálogo de la
llanura  con  la  montaña, de los Andes con la cuenca del Pacífico, de la
agricultura con la industria.

Y  Cali solo puede ser un diálogo de culturas. Hay que dejar florecer los
mitos,  hay  que  escuchar  la voz profunda de las comunidades, y hay que
desatar  procesos,  porque  las comunidades están llenas de iniciativas a
las que no se les puede trazar todo su derrotero, que deben evolucionar
por sí mismas, guiadas, como siempre en el arte, más por la intuición que
por la razón.

Las políticas pueden equivocarse, pero las costumbres civilizadas, los
sitios de encuentro, los relatos, la gastronomía, las canciones, las
músicas, las artes verdaderas, solo nacen cuando son necesarias, y tal
vez por eso nunca se equivocan.

 

 

 

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